Entre las obras que permiten asomarse a la vida política venezolana de fines del siglo XIX, Perfiles Parlamentarios del Congreso de 1890 de Andrés J. Vigas, salida de la casa editorial de la Opinión Nacional en 1891, ocupa un lugar relevante. No estamos ante un repertorio biográfico convencional ni ante una relación de méritos y servicios públicos, Vigas escribe con la libertad del periodista de combate, dispuesto a mezclar observación política, semblanza física, anécdota, ironía y, cuando la ocasión se lo permite, una buena dosis de sarcasmo. Él mismo explica que comenzó a publicar aquellos perfiles en El Partido Democrático, al que calificó como «diario político de combate», incorporando luego otros aparecidos en La Opinión Nacional. Por ello, su galería parlamentaria debe leerse con precaución, pero también con enorme interés. Su mirada es descarnada y frecuentemente satírica; parece buscar detrás de la investidura al hombre con sus virtudes, debilidades, manías, apariencia y contradicciones; nada de los acostumbrados elogios al viejo tribuno. El prólogo de Andrés A. Mata aseguraba que allí quedaba dibujado el retrato físico, moral y político de los representantes de la nación. Los parlamentarios vinculados a Carabobo ofrecen un magnífico ejemplo de ese peculiar ejercicio de retratismo político.
Uno de ellos era Víctor Alvarado, diputado por Carabobo, aunque nacido en Guanare y avecindado en Valencia luego de casarse allí hacia 1852 o 1853. Vigas lo presenta como un hombre ajeno a los enredos partidistas, más interesado en sus libros que en la política. Guzmán Blanco habría querido hacerlo ministro y él declinó; elegido diputado, ni siquiera concurría al Congreso. De allí la frase mordaz: políticamente era una «desteñida abstracción». Pero detrás de la burla aparece una valoración extraordinariamente positiva. Alvarado era excelente abogado, erudito en historia y derecho, latinista consumado, numismático y propietario de una de las mejores bibliotecas de Venezuela. Agricultor con hacienda en Bárbula, era además, según Vigas, reposado, reflexivo y probo a carta cabal.
Otro diputado fue el médico Francisco Codecido Otálora. En este caso la sátira comienza precisamente porque Vigas confiesa saber poco de él y reproduce la semblanza enviada por un amigo. De allí surge un hombre bondadoso, médico prestigioso, benéfico con los pobres, liberal sin afición por la lucha política y popular por su benevolencia. Su elección, sin embargo, no habría sido propiamente resultado del sufragio sino de una transacción destinada a evitar una contienda electoral. Vigas resume con cierta malicia el personaje que Carabobo enviaba al Congreso: «un hombre de bien», pero «no un orador ni un gladiador», cuya mansedumbre probablemente lo llevaría a seguir la corriente.
Mucho más severo es el retrato del general R. Fonseca. Vigas sostiene que una personalidad política antes vigorosa se había vuelto «incolora, insabora e inodora». Reconoce, sin embargo, que Fonseca había comprendido tempranamente el movimiento liberal contra el sistema autocrático y se había presentado como audaz reformador. Después, según la metáfora del autor, cometió errores en el juego de la política y terminó dedicado al cacao y al cultivo de sus relaciones personales. De él destaca su honradez mercantil, laboriosidad, perspicacia y hasta ciertos rasgos caballerosos, aunque lo llama, sin contemplaciones, «el político más tacaño de Venezuela». Era hombre de enorme energía, figura atlética y carcajada tan poderosa que, exagera Vigas, desde la plaza Bolívar podía escucharse en San Fernando de Apure.
Fernando Burguillos, barcelonés de nacimiento pero «carabobeño por arraigo», recibe un tratamiento más favorable. Abogado notable y orador fácil, Vigas resalta su cordialidad y afabilidad, pero sobre todo su combatividad política. Como diputado a la Legislatura de Carabobo había combatido en 1882 el decreto que pretendía levantar una estatua a Guzmán Blanco y, años después, su oposición al guzmancismo le costó varios meses de cárcel. Su actividad y temperamento parecían exceder las posibilidades del escaño parlamentario. Vigas cierra el perfil con una imagen espléndida, preguntándose quién había visto un «corcel de guerra en jaula de oro».
Si alguien despierta plenamente la vena caricaturesca del autor es Manuel Pimentel Coronel, joven poeta y periodista. Vigas reconoce su talento y los méritos adquiridos en la prensa carabobeña, pero al describirlo físicamente no tiene piedad: ante semejante apellido, dice, esperaba encontrarse con un coronel y termina comparándolo con «un cabo de rancho». Delgado, peculiar en el vestir y de aspecto extravagante, era, no obstante, amable, risueño y hombre de talento frecuentado por las musas. En 1890 hacía apenas su debut como orador parlamentario.
Entre los senadores aparece Laurencio Silva, liberal de principios, agricultor, escritor y apasionado de la economía política. Conocía minuciosamente el comercio mundial del café y comunicaba sus observaciones incluso a los presidentes de los estados. Vigas reconoce su instrucción y capacidad, pero nuevamente introduce la caricatura: retraído, excéntrico en el vestir y aficionado a imponer a sus amigos la lectura de numerosos estudios económicos inéditos.
Más compleja resulta la figura del senador Domingo A. Olavarría, nacido en Curazao pero vinculado estrechamente con Puerto Cabello y Valencia. Vigas lo muestra como un personaje de impresionante presencia física, casi un lord inglés, conversador incansable, comerciante, industrial, escritor y estudioso de economía e historia. Le atribuye iniciativas urbanas en Puerto Cabello, empresas de molienda y telares en Valencia y participación en el Banco de Carabobo. Políticamente, en cambio, el retrato es mucho menos indulgente al describirlo como liberal conciliador para sí mismo, conservador para sus adversarios y hombre asociado a complejas combinaciones constitucionales y continuistas. Vigas recuerda que fue escogido por el llamado círculo incondicional de Carabobo.
El senador Luis Sagarzazu recibe posiblemente la apreciación política más elogiosa. Vigas comienza burlándose del título de «general» que se le atribuía sin serlo, pero enseguida lo compara físicamente con Antonio José de Sucre. Detrás de aquella severa apariencia encuentra a un hombre jovial y epigramático, liberal independiente, de ideas avanzadas y probado valor cívico. Había enfrentado al guzmancismo, sufrido prisión y conservado una reputación tan elevada que el propio perfilador confiesa lamentar no haber encontrado defectos suficientes para «salpicar el boceto» con alguna flaqueza.
Finalmente, Vigas incluye al doctor J. P. Rojas Paúl como senador por Bolívar, Carabobo y Zamora, además de diputado por Falcón. Aquí la sátira adquiere abierta dureza. Al expresidente lo pinta talentoso e instruido, pero vacilante, temeroso y fácilmente conducido por las circunstancias; un excelente instrumento que sonaba bien cuando encontraba quien supiera tocarlo. Aun así, le reconoce un mérito histórico considerable que es la reivindicación de la libertad de imprenta durante su gobierno.
Así aparecía Carabobo en aquella peculiar fotografía parlamentaria que reunía abogados, médicos, agricultores, escritores, comerciantes, viejos liberales y jóvenes poetas; hombres doctos y políticos prácticos, independientes unos y acomodaticios otros. Vigas no escribió un álbum de próceres sino una galería de seres humanos. Precisamente en esa mirada irreverente —a veces injusta, muchas veces divertida y casi siempre penetrante— reside hoy buena parte del valor histórico de sus Perfiles Parlamentarios permitiéndonos contemplar al Congreso de 1890 no desde la solemnidad de las actas, sino desde los pasillos, corrillos y rumores de la política venezolana de su tiempo.
@PepeSabatino
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