Quien contempla a Puerto Cabello desde el mar suele dirigir la mirada hacia su bahía, el castillo, el puerto y el conjunto urbano que durante siglos concentró buena parte de su vida comercial. Pero detrás de esa ciudad portuaria, ascendiendo hacia la montaña, existe otro paisaje que también forma parte esencial de su historia: nos referimos al de San Esteban, hermoso y pintoresco valle hoy comprendido dentro del parque nacional que lleva su nombre, uno que ha sido mucho más que un lugar de recreo o una agradable escapada de la vida porteña. Su historia se remonta a tiempos anteriores a la presencia europea, pues fue paso obligado de los aborígenes que se movilizaban entre la costa y el lago de Tacarigua, circunstancia de la cual dan testimonio los vestigios precolombinos encontrados en la zona. De manera que su condición de corredor natural entre el litoral y el interior de Carabobo antecede por siglos al camino colonial que posteriormente atravesaría sus montañas.
Con la llegada del hombre europeo comenzó otra etapa. El valle perteneció a Tomás Ochoa de Gresela, en una encomienda posterior a la formación de Valencia, durante la segunda mitad del siglo XVI. Los valles vecinos y la costa quedaron entonces sujetos a la jurisdicción valenciana, contándose entre los primeros propietarios de haciendas los nombres de Francisco de Piña Ludueña, Juan Carrillo de los Reyes, Alonso Serrano, Benito Domínguez, Rodrigo Alonso Cabañas, Baltasar de Suniaga, Manuel de Herrera, Esteban Mateos de Barrio, Gabriel Ortiz Sandoval, María Matute, Juan Machado y Juan Tomás de la Gala. Muy pronto la fertilidad de sus tierras hizo del valle un espacio agrícola de consideración. La documentación consultada permite imaginar la dimensión de aquella economía: 123.000 árboles de cacao, trabajados por 123 esclavos, con una producción de 1.230 fanegas anuales. Tras la serenidad del paisaje existía, por tanto, una estructura productiva propia de la sociedad colonial venezolana, sustentada también sobre la esclavitud.
San Esteban contó asimismo con temprana presencia religiosa. En 1636 fue autorizada la construcción de una capilla al capitán Juan de Ascanio y a Francisco López de Prado. Su primer capellán fue el padre Diego Suárez Maldonado y los terrenos fueron cedidos por el capitán Andrés Marín Granizo. Aquella iglesia precedió por aproximadamente un siglo a la construcción de la iglesia porteña, iniciada en 1737, proceso tras el cual la del pintoresco valle desaparecería pocos años después.
Este desplazamiento del protagonismo hacia la costa coincidió con una transformación decisiva, como lo fue la llegada de la Compañía Guipuzcoana en 1730, con la cual comenzó el desarrollo urbano de Puerto Cabello en el espacio que hoy reconocemos como su centro histórico. Es razonable suponer que algunas de las familias pudientes que habitaban el valle se trasladaron entonces hacia la plaza fuerte, atraídas por las posibilidades económicas de un puerto que adquiría creciente importancia.
Pero San Esteban conservaría otra función fundamental, esto es, la de puerta entre Puerto Cabello y el interior del territorio. El llamado Camino de Carabobo o de los Españoles constituye una de las huellas históricas más importantes de aquel paisaje, camino por el que circularon mercancías y personas, pero también viajeros que dejaron testimonios sobre la región. Josef Antonio Espelius lo recorrió en 1772; el conde de Ségur, en 1783; Joseph Parreño, en 1808; Robert Semple, en 1811; Francisco Preysler, en 1815; Karl Ferdinand Appun, en 1849; Christian Antón Goering, en 1867, y Jenny de Tallenay, en 1881.
El valle ejerció además una particular fascinación sobre los naturalistas europeos del siglo XIX. En cierto modo, todos seguían las huellas abiertas por Alejandro de Humboldt, quien visitó Puerto Cabello en 1800 aunque no tuvo la oportunidad de conocer aquel paraje. Ferdinand Bellermann llegó en 1842; Hermann Karsten, en 1848; Appun, en 1849; y también estuvieron vinculados a estos recorridos Karl Moritz y Nicolaus Funk. Christian Antón Goering realizó distintas visitas entre 1867 y 1874, mientras Wilhelm Sievers lo hizo en 1885 y nuevamente entre 1892 y 1893. La presencia de Ferdinand Bellermann merece especial recuerdo. Sus imágenes de 1842 constituyen hoy extraordinarios documentos visuales para acercarnos tanto al Puerto Cabello de mediados del siglo XIX como al paisaje de San Esteban. No son únicamente obras de arte, son también ventanas abiertas hacia un territorio desaparecido o profundamente transformado.
Durante la segunda mitad del siglo XIX se produjo otra transformación interesante. San Esteban comenzó a convertirse en asiento de importantes casas de habitación y de campo pertenecientes a comerciantes europeos establecidos en el puerto, principalmente alemanes. El valle adquirió así esa fisonomía que durante generaciones permanecería asociada en la memoria porteña con grandes casas, jardines, caminos sombreados y temporadas de descanso. No resulta difícil comprender aquella preferencia, ya que a poca distancia del intenso movimiento comercial del puerto, el bucólico valle ofrecía un ambiente completamente distinto con montañas, vegetación, agua y temperaturas más agradables. El comerciante podía abandonar temporalmente el bullicio de los almacenes, muelles y oficinas para encontrar, apenas tierra adentro, un espacio de sosiego. Por ello su historia aparece vinculada también a personajes que dejaron huella en la vida regional y nacional. Entre ellos figuran Bartolomé Salom (1780-1863), Miguel Alejandro Römer Wys (1826-1907), Juan Federico Brandt Eggers (1792-1882), Manuel Antonio Matos (1847-1929) y Juan Antonio Segrestáa (1830-1902).
San Esteban puede ser leído, entonces, como una suerte de síntesis de varios siglos de historia carabobeña. Un corredor indígena entre la costa y el lago de Tacarigua, asiento de encomiendas y haciendas, territorio cacaotero, paso imprescindible entre Puerto Cabello y el interior y, finalmente, lugar de residencia y recreo de comerciantes y familias estrechamente vinculadas a la actividad económica porteña.
Pero existe algo que subyace en todas esas épocas: el paisaje. Es precisamente esa combinación entre naturaleza e historia la que otorga a San Esteban su singularidad. Los caminos, las antiguas haciendas, las imágenes de los viajeros, los testimonios de los naturalistas y las viejas fotografías familiares permiten reconstruir un mundo en el cual la montaña y el puerto nunca estuvieron verdaderamente separados. Puerto Cabello miraba al mar, ciertamente, pero a sus espaldas tenía un hermoso valle que le proporcionaba caminos, cultivos, agua, descanso y belleza. Quizás por ello, cuando evocamos al viejo puerto, no deberíamos limitar nuestra mirada a sus fortificaciones, calles y muelles. También debemos volverla hacia el sur, hacia aquella montaña que durante siglos acompañó la existencia de la ciudad, el mismo valle que una vez describimos como «casa de naturaleza y ensueños, coronada con montañas y campaneros».
@PepeSabatino
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