Los relatos de viaje tienen un valor particular para la historia local. No siempre aportan grandes revelaciones, pero suelen preservar aquello que los documentos oficiales rara vez registran: el paisaje, las costumbres, el estado de los caminos, las impresiones de una ciudad y, sobre todo, pequeños detalles de la vida cotidiana. Tal es el caso de un relato de viaje a Venezuela, mecanografiado en alemán y recientemente puesto en nuestras manos por Hannes Hugo Baasch, testimonio de su antepasado Ernst Adolf Baasch Römer, nacido en San Esteban a finales del siglo XIX, quien regresó al país en 1937 desde Alemania para asistir a las bodas de oro de sus abuelos. Se trata de un texto que refleja, con extraordinaria sencillez, lo que representaba para la familia y para el propio viajero la vuelta al terruño.

Luego de una larga travesía atlántica, el viajero y su familia desembarcaron en La Guaira para continuar por carretera hacia Caracas, Maracay, Valencia y, finalmente, Puerto Cabello. La aproximación al puerto estuvo marcada por la geografía. Después de atravesar Valencia, el viajero describe el paso de la cordillera y el brusco descenso hacia la costa por una carretera que serpentea abruptamente en curvas cerradas, siguiendo la pared de una profunda garganta. A medida que descienden, observa cómo aumenta la vegetación hasta que la cordillera costera aparece invadida por la selva.

Antes de entrar a Puerto Cabello comenzó una recepción que debió convertir la llegada en una verdadera fiesta familiar. Automóviles cargados de parientes salían sucesivamente al encuentro de los viajeros. Ernst Baasch recuerda aquella escena con simpatía: “Las puertas vuelan abiertas y, cada cual según su temperamento, los ocupantes se precipitan unos hacia otros”. La comitiva llegó a reunir doce automóviles antes de entrar a la ciudad, donde todos se congregaron en casa de un tío abuelo. La impresión que transmite no es la de una llegada formal, sino la de un reencuentro multitudinario y afectuoso, en el que se mezclaban venezolanos, alemanes y norteamericanos y se hablaba español, alemán e inglés. La parada final no era, sin embargo, el centro urbano, sino San Esteban, el bucólico valle donde residían las familias Baasch y Römer. El camino, según señala el viajero, estaba en malas condiciones y consistía casi únicamente en baches, de manera que recorrer aquella corta distancia tomaba unos veinte minutos. Ya de noche, el automóvil entró al valle y apareció, iluminado por los faros, un muro blanco con la inscripción “Hacienda San Esteban”.

La descripción del valle constituye uno de los pasajes más hermosos del texto. El joven viajero quedó impresionado por el río, la vegetación y el ambiente de naturaleza tropical que rodeaba las casas familiares. Recuerda que, a apenas veinte metros de la vivienda, el río entonaba su “perpetua canción monótona”, mientras las cigarras y los grillos llenaban la noche. Al amanecer, los jóvenes bajaban al río para bañarse y recorrían luego jardines, acequias y senderos. Desde una conducción de agua situada sobre la ladera contempló el valle “rodeado por un círculo de alturas densamente boscosas”, bajo el cielo azul de los trópicos.

El relato permite también acercarnos a la vida social de aquella colonia alemana vinculada desde antiguo con Puerto Cabello. Las bodas de oro de los abuelos reunieron a alrededor de 120 invitados en los jardines de San Esteban, entre serenatas, música de salón, comida y baile. El testimonio ofrece así una imagen poco conocida de las familias de origen alemán asentadas en la región, integradas a la vida venezolana, pero conservando todavía vínculos culturales y familiares con Europa.

Entre las excursiones realizadas durante la estancia destaca Gañango. Baasch la describe como “un rinconcito paradisíaco de la costa”: una estrecha playa blanca, cocoteros y las estribaciones de la cordillera avanzando hacia el mar. Le llamó especialmente la atención un arrecife de coral horadado por el oleaje, cuyos conductos hacían salir el agua como una fuente. Pero fue de noche cuando el lugar alcanzó, en su recuerdo, una dimensión casi poética, al escribir que “el mar centellea plateado; las estribaciones de la cordillera costera sobresalen negras del agua”. Aquella atmósfera tropical, concluye, le resultaría inolvidable.

No todo fue contemplación del paisaje. Uno de los pasajes de mayor interés para nuestra historia económica es su visita a la fábrica de jabón Frey, cuya sede principal se encontraba en el puerto. Describe el secado de la pulpa del coco para producir copra, la extracción del aceite, las calderas de cocción del jabón, las máquinas cortadoras y el empaquetado. El complejo poseía, además, un pequeño aserradero para fabricar las cajas y una sección destinada a la producción de velas. Más allá de alguna apreciación posiblemente exagerada sobre el monopolio de la empresa, el testimonio es valioso porque muestra una actividad manufacturera porteña integrada, mecanizada y estrechamente ligada al aprovechamiento del coco.

Igualmente sugestiva es la excursión por el antiguo camino entre Puerto Cabello y Valencia. Baasch lo consideraba un sendero abierto por los españoles siglos atrás y todavía encontró sectores empedrados con losas. La selva lo envolvía como un túnel verde y, más adelante, apareció un viejo puente que comenzaba a ser cubierto por la vegetación. Ante aquella ruina no oculta su sorpresa al encontrar “en medio de esta naturaleza salvaje, semejante testimonio de una cultura y una civilización anteriores”.

También Patanemo causó una fuerte impresión en él. La bahía le pareció encerrada por montañas que formaban un valle estrechado hacia el mar, con lagunas interiores, zonas pantanosas y cocoteros sobre las dunas. En un día de mar agitado, las montañas oscuras y las olas rompientes le ofrecieron una visión que calificó de gran aspereza, suavizada luego por la aparición del sol.

Curiosamente, el texto no idealiza al puerto, pues al comparar Barquisimeto con nuestra ciudad, Baasch consideró a aquella más limpia y mejor cuidada. Pero, al mismo tiempo, dejó una frase reveladora sobre la función económica porteña: “Lo que Puerto Cabello es para el comercio exterior, Barquisimeto lo es para el mercado interno”. En pocas palabras resumía una realidad indiscutible: la ciudad marinera ha sido uno de los grandes puntos de conexión de Venezuela con el mundo.

Cuando llegó el momento de regresar a Alemania, la despedida volvió a estar dominada por el afecto familiar. En el muelle, mientras el H.C. Horn comenzaba lentamente a separarse, los viajeros intercambiaron los últimos saludos con quienes quedaban en tierra. Desde la casa Kolster continuaron agitando pañuelos y sábanas mientras el buque se alejaba.

Leído hoy, casi noventa años después, el relato de Ernst Baasch destaca por su carácter espontáneo e íntimo, que imprime al texto un indudable valor testimonial. Nos devuelve imágenes de un Puerto Cabello de carreteras difíciles, industrias familiares, casas campestres, playas casi solitarias, viejos caminos coloniales y una comunidad estrechamente vinculada con el puerto y con el exterior. Son pequeñas escenas que, reunidas, contribuyen a reconstruir la dimensión humana de una ciudad que también puede conocerse a través de los ojos de quienes la visitaron —o, como en este caso, regresaron a ella— en otro tiempo.

@PepeSabatino

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