Reconstruirla no resulta sencillo. Como ocurre con tantas manifestaciones de la tradición oral, alrededor de Morillo fueron acumulándose recuerdos, versiones y leyendas difíciles de separar. Precisamente por ello resulta interesante confrontar tres testimonios escritos que, desde distintos momentos, procuraron recoger aquella tradición, nos referimos a los de Miguel Elías Dao y Adolfo Aristeguieta Gramcko, publicados en la década de 1990, y la investigación realizada años después por el comunicador social Joel Saavedra.
Miguel Elías Dao le dedicó un breve texto titulado “La leyenda de Morillo”, incluido en su libro Puerto Cabello: pinceladas históricas (1996). Para el recordado cronista se trataba de una creencia relativamente reciente dentro del imaginario porteño, surgida alrededor de la milagrosa ánima de un humilde carretero, muerto trágicamente en la antigua vía cercana al caserío de El Palito. Su relato no pretende reconstruir minuciosamente la biografía del personaje, sino registrar una devoción que para entonces se encontraba plenamente arraigada. Miguel Elías señala un elemento que reaparece en las otras versiones, cual es que después de la muerte de Morillo alguien colocó una cruz en el sitio del accidente: «un fortuito caminante —escribe— colocó en el lugar una cruz de madera como recuerdo al modesto trabajador». Alrededor de aquella señal comenzó a desarrollarse la creencia en los favores concedidos por el ánima. Con el tiempo personas de muy diversos estratos sociales acudían a solicitar su intercesión. La devoción, por tanto, había trascendido hacía mucho los límites de la comunidad rural donde posiblemente nació.
Adolfo Aristeguieta Gramcko, por otra parte, recogió su versión en el ameno libro Hadas, duendes y brujas del Puerto (1997). Su narración resulta particularmente interesante porque aporta una descripción del paisaje donde habría ocurrido la tragedia. Camino de El Palito se encontraba un lugar conocido como El Paradero, en aquella antigua carretera de subidas y bajadas utilizada por viajeros, muleros y conductores de recuas que transitaban hacia el oeste. Con la llegada de motocicletas y automóviles, aquel mundo comenzó rápidamente a transformarse. Es justamente allí donde Aristeguieta Gramcko sitúa el accidente. Su versión difiere en algunos detalles de otras recogidas posteriormente. Según escribió: «frente a El Paradero, contra un camión se estrelló Morillo», agregando que una cruz señaló después el lugar donde terminó la vida del conocido personaje. No menciona, sin embargo, las circunstancias más elaboradas que aparecen en testimonios posteriores ni habla de una mula que hubiese provocado la pérdida de control del vehículo. Esa diferencia demuestra cómo la tradición fue enriqueciéndose y posiblemente transformándose con el transcurso de los años.
La investigación de Joel Saavedra, realizada mucho después y reseñada por el diario Notitarde La Costa en noviembre de 2010, intentó precisamente ir más allá de la leyenda. Durante ocho meses recopiló testimonios y revisó documentación para reconstruir la identidad de Morillo y los orígenes de la devoción. De acuerdo con los testimonios recabados por Saavedra, Juan Bautista Morillo, conocido cariñosamente como Morillito, tuvo como pareja a Cleotilde Zambrano con quien procreó siete hijos, dedicándose a la agricultura en el sector La Providencia, en El Cambur. Cultivaba frutas y hortalizas en su conuco bañado por el río Aguas Calientes y las quebradas que bajaban de las haciendas Las Marías y Copa Redonda, ubicadas en el cerro de Las Trincheras. Esta versión permite matizar la caracterización de Miguel Elías como humilde carretero. Morillo habría sido fundamentalmente un agricultor que utilizaba una carreta tirada por mulas para trasladar periódicamente sus productos hacia Puerto Cabello. Ambas versiones no son necesariamente contradictorias, pues para quienes lo veían recorrer el camino podía ser recordado como carretero, mientras que su ocupación principal habría estado vinculada al cultivo de la tierra.
Los testimonios recogidos por Saavedra agregan además un perfil humano de Morillo, quien habría sido un hombre sencillo y generoso, acostumbrado a compartir parte de su cosecha con familias necesitadas y a prestar ayuda a quienes encontraba durante sus recorridos. Si la memoria popular exageró posteriormente algunos detalles, parece indudable que conservó de aquél la imagen de un hombre bueno y servicial. Esa reputación en vida ayuda a explicar por qué su muerte trágica pudo convertirse rápidamente en el punto de partida de un culto popular.
Sobre el accidente persisten, sin embargo, incertidumbres. Saavedra no logró establecer con exactitud la fecha del fallecimiento en los registros civiles consultados. La tradición que recogió sostiene que Morillo murió arrollado por uno de los pocos vehículos que entonces circulaban por aquella carretera, cuyo conductor habría perdido el control al intentar esquivar una mula espantada. Adolfo, como vimos, ofrece una versión más escueta y habla de un choque contra un camión. Miguel Elías solamente alude a la muerte trágica del carretero. No parece posible, con las fuentes disponibles, determinar cuál relato conserva con mayor fidelidad los detalles del suceso.
Lo importante, desde la perspectiva de la historia cultural, es lo ocurrido después. La cruz comenzó a atraer oraciones y promesas. Surgieron relatos de apariciones y favores. Aristeguieta Gramcko recuerda que se decía que Morillo prevenía a los viajeros de peligros en la vía, puentes caídos, quebradas desbordadas y obstáculos en el camino. Resume así el nacimiento de la leyenda: «A Morillo se lo ve correr de noche como alma en pena. A Morillo lo sienten. Y lo ven pasar. Morillo pide misas, velas y oraciones. Y al fin, lo esperado, Morillo hace milagros». La cruz inicial terminó convirtiéndose en una modesta capillita. Aporta incluso un dato revelador de la fuerza que había alcanzado el culto, señalando que cuando se construyó la nueva carretera, esta respetó el pequeño santuario levantado por voluntad popular. La modernización de la vía no pudo borrar aquel lugar de memoria; por el contrario, con el tiempo un gobernante mandó a construir una capilla de ciertas proporciones, incluso, un paradero.
Saavedra, por su parte, reconstruyó también el destino atribuido a los restos mortales de Morillo. Según su investigación, habrían sido sepultados inicialmente en el antiguo campo santo de Tejerías y posteriormente trasladados al Cementerio Municipal de La Sorpresa cuando aquel fue clausurado. Más tarde, un familiar los habría reclamado para depositarlos finalmente en la capilla, reforzando todavía más la identificación entre el sitio del accidente, el recuerdo del difunto y el espacio de veneración.
Hay, finalmente, una costumbre en la que coinciden plenamente los relatos, el saludo de los conductores. Miguel menciona el tradicional cornetazo con el cual quienes pasan frente a la capilla manifiestan su respeto. Adolfo es todavía más preciso, afirmando que quienes promovían la veneración recomendaban hacer tres toques de corneta en el momento de pasar, al tiempo que el viajero se encomendaba al ánima para obtener protección. Ese pequeño ritual continúa siendo probablemente la expresión más visible de una tradición que ha sobrevivido al cambio del paisaje, de las carreteras y de las generaciones. La historia del Ánima de Morillo se encuentra así en ese fascinante territorio donde se cruzan historia, memoria y leyenda.
Las diferencias entre los tres testimonios lejos de restarle valor al relato, ayudan a comprender cómo se construye la memoria popular. Probablemente nunca podamos saber con absoluta certeza todos los detalles de la muerte de Juan Bautista Morillo, ni siquiera cuándo tuvo lugar el accidente que presumimos ocurrió en la década de los veinte del siglo pasado. Pero sí sabemos algo quizá más importante, y es que aquel agricultor y carretero, recordado por su sencillez y generosidad, terminó convertido por los propios porteños en protector de quienes recorren el camino. El camino ha cambiado, hoy convertido en carretera pavimentada, pero la capilla continúa allí. Y cada corneta que suena frente a ella vuelve a unir, por un fugaz instante, al Puerto Cabello de hoy con aquél del que nació la leyenda.
@PepeSabatino
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