Entre los médicos que dejaron huella profunda en la memoria de Puerto Cabello ocupa un lugar especial el doctor Adolfo Prince Lara. Su nombre permanece asociado al principal hospital de la ciudad, pero detrás de esa denominación existe una figura mucho más rica, de descollante actuación como médico de amplia práctica clínica, cirujano, docente, investigador, servidor público y personaje entrañablemente ligado a la vida cotidiana del viejo puerto.
Uno de los episodios menos conocidos de su trayectoria, sin embargo, fue su participación en el desarrollo de una sustancia destinada a conservar tejidos y cuerpos orgánicos mediante un procedimiento de rápida aplicación, y de la cual encontramos detalles en una vieja revista llamada Ilustraciones (mayo de 1953, año II, n.° 12) que presentó el hallazgo con el llamativo título: «Dos venezolanos descubren un instantáneo método momificador». El artículo, condensado de la revista mexicana Sucesos para todos, atribuía el procedimiento a los doctores A. Prince y C. J. Rodríguez, señalando que los primeros experimentos en torno a la sustancia —que más tarde sería conocida como «solución Prince-Rodríguez»— se habían realizado precisamente en el puerto, descrito en el reportaje como un enclave tropical «bañado por las tibias y límpidas aguas del mar Caribe». En esta ciudad, los doctores Prince y Rodríguez habrían iniciado sus ensayos con el líquido conservador, que se aplicaba mediante inyecciones. De acuerdo con el artículo, no era necesario abrir el cuerpo para retirar las vísceras susceptibles de descomposición; el líquido penetraba en el organismo y ejercía una acción descrita como deshidratante y fuertemente coagulante sobre las albúminas y demás sustancias orgánicas.
El secreto de la fórmula no fue revelado, pero la publicación afirmaba que su extraordinaria capacidad de difusión podía estar relacionada con algún agente capaz de aumentar la permeabilidad de los tejidos. En aquellos años comenzaban a estudiarse sustancias semejantes al llamado «factor difusor», posteriormente relacionado con la hialuronidasa, enzima que facilita la penetración de determinados líquidos a través de los tejidos. La explicación propuesta mezclaba observaciones científicas con el tono entusiasta propio de la divulgación popular. Se mencionaba que ciertas ponzoñas de serpientes y algunos extractos animales poseían factores capaces de favorecer la difusión; sin embargo, el propio artículo reconocía que se ignoraba si la fórmula venezolana contenía esa enzima u otra sustancia semejante. La documentación aportaba también una serie de ejemplos destinados a demostrar la eficacia del método. Una pierna humana amputada en el hospital de Puerto Cabello habría sido conservada en buen estado, aun cuando el tejido se encontraba afectado por un tumor maligno. Según el reportaje, las células mantenían intacta su estructura microscópica después del tratamiento.
Una serpiente mapanare, un burro, un cerdo, un caballo y un chivo se mencionan entre los animales sometidos al procedimiento, asegurando el artículo que conservaban su apariencia exterior y que podían ser exhibidos sin sufrir la descomposición esperable bajo el clima tropical. De hecho, crecimos escuchando acerca del consultorio del doctor Prince Lara, ubicado en la acera que hace frente con el Palacio Municipal, en la calle Bolívar del centro histórico, y de un «caballo disecado que podía observarse desde la ventana».
El pasaje más interesante del artículo que comentamos era el dedicado a la velocidad del proceso. La publicación afirmaba que la momificación completa de un caballo se había logrado en aproximadamente treinta y cinco segundos; la de un burro, en diecisiete; y la de un cerdo, en apenas un segundo. Todos aquellos ejemplares habrían sido transportados en un camión desde Puerto Cabello hasta Caracas, recorriendo alrededor de trescientos kilómetros sin deteriorarse. Leídas en el presente, semejantes afirmaciones deben tratarse con cautela, pero no dejan de llamar la atención por su indudable valor histórico, pues demuestran que en el puerto se desarrollaron experiencias médicas y científicas que despertaron interés fuera de Venezuela. También permiten descubrir una faceta poco recordada de Adolfo Prince Lara, esto es, la del investigador que, junto con el doctor Rodríguez, buscó una fórmula útil para conservar órganos, piezas anatómicas y cuerpos destinados a la enseñanza y al estudio. El propio reportaje sugería que el procedimiento podía tener aplicaciones en anatomía patológica.
Pero la vida de Adolfo Prince Lara fue mucho más amplia que aquel curioso experimento. Nació en Puerto Cabello en 1889 y desarrolló una extensa carrera vinculada con la medicina, la docencia y el servicio público. Estudió en la Universidad Central de Venezuela odontología y luego medicina, dedicándose a la docencia en esa institución. Más tarde regresó a su ciudad, en la que se estableció hasta el momento de su fallecimiento en 1956. En Puerto Cabello ejerció como médico general, internista, cirujano y traumatólogo. Fue director del Hospital Municipal y del centro local del Seguro Social; también atendió a trabajadores de empresas comerciales y visitó enfermos en sus propios domicilios, cuando la consulta del médico de familia formaba parte esencial de la vida comunitaria.
Asimismo, participó activamente en la vida pública: fue presidente del Concejo Municipal de Puerto Cabello en varias oportunidades, diputado al Congreso Nacional y miembro de la Asamblea Legislativa del estado Carabobo. Su actuación política no fue ajena al ambiente reformista que rodeó a la llamada Generación de 1928, con la cual su familia mantuvo una relación cercana, especialmente por la participación de su hermano Guillermo en los movimientos estudiantiles de aquellos años. Su presencia en la política local no lo apartó de la medicina; en él, ambas actividades parecían responder a una misma concepción del servicio: curar al individuo y atender, desde las instituciones públicas, las necesidades de la comunidad.
Adolfo Prince Lara fue, pues, un médico práctico y de gran curiosidad científica. Supo moverse entre la casa del enfermo, la sala hospitalaria, la cátedra universitaria, el Concejo Municipal y el laboratorio improvisado. Hoy su nombre permanece sobre la fachada de un hospital, pero su memoria merece ser conocida más allá de esa inscripción. Detrás de ella se encuentra uno de los personajes más auténticos del puerto del siglo XX, un hombre de ciencia y de acción, recordado por su carácter, su capacidad clínica y su entrega a los demás. La singular solución momificadora forma parte de ese legado; tal vez no haya vencido al tiempo como prometía el entusiasta reportaje, pero el recuerdo de Adolfo Prince Lara sí ha logrado resistirlo, conservado en la gratitud de una ciudad que todavía pronuncia diariamente su nombre.
@PepeSabatino
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