Hay personas cuya conversación deja siempre algo en quien tiene el privilegio de escucharlas. El doctor Enrique J. A. Mandry Llanos fue una de ellas. Médico y docente de profesión, pero hombre de cultura por vocación, cultivó igualmente la historia y la literatura, disciplinas en las que alcanzó estudios de maestría. Fue también presidente de la Academia de Historia del Estado Carabobo, institución en la cual tuvimos la fortuna de compartir con él innumerables conversaciones. De aquellas tardes y encuentros académicos nació una amistad que recordamos con especial afecto y que nos permitió conocer no solo al profesional respetado y al intelectual inquieto, sino también al hombre cordial, curioso y profundamente apegado a sus recuerdos.
Entre esos recuerdos ocupaba un lugar privilegiado Puerto Cabello. Mandry escribió en 2013 una crónica destinada originalmente a integrar un libro homenaje al también porteño Asdrúbal González, proyecto que finalmente no llegó a materializarse. El texto que me enviara en privado para mis comentarios, terminó siendo algo mucho más valioso que una simple contribución circunstancial, una extensa evocación de la ciudad de su infancia durante las décadas de 1940 y 1950, construida desde los afectos, los sonidos, los sabores y los pequeños episodios de la vida cotidiana. Comprendía muy bien la naturaleza de la memoria por lo que no sorprende que al comienzo de su relato distingue, siguiendo una reflexión que le suscita André Maurois, entre el macrocosmos exterior y ese microcosmos interior que cada ser humano va formando con cuanto ha vivido. «Para mí, este microcosmos constituye nuestros recuerdos», escribe, para agregar que son aquellos hechos que por alguna razón guardamos, poéticamente, dentro del corazón. Su Puerto Cabello, por tanto, no pretende ser una reconstrucción cronológica ni una guía urbana. Es la ciudad tal como sobrevivió dentro de él.
Y quizás allí reside precisamente el encanto del testimonio. Mandry no nos conduce por el Puerto Cabello de los grandes acontecimientos políticos, de las estadísticas o de las obras públicas, sino por aquel que podía contemplarse desde la altura de un niño: sus escuelas, plazas, comercios, cines, librerías, bares, músicos, maestros y personajes populares. Una ciudad que podía caber en el sabor de un refresco, en la melodía procedente de una rocola o en una historieta comprada un sábado por la tarde.
En ese universo ocupa un lugar fundamental el Colegio San Juan Bautista de La Salle, frente al mar, con sus corredores, altas ventanas, buganvillas, capilla, acuario y aquella misteriosa casa vieja cuyos pasillos y garitas despertaban fantasías de piratas y contrabandistas. En uno de sus espacios funcionaban ocasionalmente un teatro y un pequeño museo de historia natural, presidido por un enorme tiburón embalsamado. Allí escuchó al poeta José Pons declamar Los motivos del lobo, de Rubén Darío. Pero el gran maestro era quizás el propio mar. Desde el patio escolar, Mandry y sus compañeros contemplaban aquella extensión aparentemente infinita que sugería la existencia de otras tierras. Su evocación alcanza entonces una hermosa dimensión metafórica: «Los puertos no tienen límites y la otra orilla está muy lejos, pero está, ¡tal vez esperándonos!».
Otro centro de aquel pequeño universo era la Plaza Bolívar, sencilla, de cemento, pero dotada a sus ojos de cierta majestuosidad. Allí estaban los juegos, las ceremonias cívicas y los encuentros familiares; alrededor se encontraban el taller de bicicletas de Calixto Silva, el Concejo Municipal, comercios y el templo de San José Nuevo, hoy Catedral de Puerto Cabello, donde hizo su primera comunión. Recordaba también las procesiones de Semana Santa y aquellas matracas cuyo sonido sustituía al de las campanas y que, confesaba, le producían temor. La plaza podía transformarse además en escuela pública. Durante la campaña contra el paludismo se instaló allí una pantalla para proyectar películas educativas. En una Venezuela anterior a la televisión, los vecinos se congregaban para aprender sobre la malaria y su prevención. Mandry evocaba con orgullo haber sido testigo infantil de aquella empresa sanitaria, quizás porque el médico y el educador que llegó a ser reconocían, muchos años después, la trascendencia de lo contemplado por el niño.
Los domingos llegaba la banda. Los músicos uniformados acompañaban el ceremonial de la bajada de la bandera y luego comenzaba la retreta. Entre ellos se encontraba el clarinetista Tomás Andara, quien además atendía el negocio de víveres “La Casita de Oro”. Mandry veía en hombres como él una de las grandes virtudes de aquella sociedad: personas sencillas capaces de alternar el trabajo cotidiano con la actividad cultural, ciudadanos comunes cuya grandeza no dependía de títulos ni reconocimientos.
Después aparecen en sus recuerdos juveniles el Hotel Niza, el Garaje Central administrado por su padre, el bar “Mi Buchito”, la calle Anzoátegui y aquellas bebidas cuyos nombres todavía despiertan curiosidad: Mission Orange, Rec-Roc-Cola, Orange Crush, Pepsi-Cola y las porteñas colas “B” y ‘D”. Pero el recuerdo no idealiza totalmente el pasado. Junto con los días felices guarda también sus tragedias. Muchos años después, Florencio Indriago, propietario de “Mi Buchito”, llegaría llorando a casa de los Mandry para comunicar la muerte por ahogamiento de uno de sus hijos. La memoria, sabía Enrique, conserva también las heridas.
Y conserva especialmente la música. El Puerto Cabello de aquellos años tenía para él una banda sonora hecha de boleros, guarachas, sones, mambos, merengues y música venezolana. Sonaban Los Panchos, Panchito Riset, Dámaso Pérez Prado, Lionel Belasco; circulaban “El carite”, ‘El tamunangue”, “El pájaro guarandol” y muchas otras melodías. Mandry recordaba igualmente a Augusto Brandt, reivindicándolo entre los grandes músicos vinculados a Puerto Cabello. Él mismo era músico, violinista en la Orquesta de Cámara de la Universidad de Carabobo, y un melómano de oficio. El cine era otra ventana hacia mundos lejanos. En el Teatro Municipal y el Cine Salom conoció personajes, paisajes y aventuras que ensanchaban los límites de aquella ciudad portuaria. Antes de las funciones, los tres timbres del teatro anunciaban el comienzo de la matiné, mientras en el foyer podían escucharse las voces de Charlo o Toña la Negra. Para un niño sin televisión, computadoras ni teléfonos celulares, aquellas salas constituían verdaderos pasaportes hacia otros universos.
También los libros tienen un espacio en su memoria. En la librería de Vadell compraba cuadernos e historietas, pero de aquellos estantes surgieron igualmente Salgari, Julio Verne y Robinson Crusoe. Mandry reconocería que allí comenzó su afición por la lectura. Quizás esa circunstancia explique algo del hombre que conocimos muchos años después: el médico que se hizo historiador y estudioso de la literatura, el profesional que nunca entendió el conocimiento como un territorio cerrado y que conservó siempre la disposición de seguir aprendiendo.
Su recorrido incluye todavía el antiguo Mercado Municipal, “La Revolución”, “La Hormiga’, “El Vesubio”, “La Fuentecita”, el establecimiento de nuestro nonno Antonio Pizzolante, el restaurante de De Carli, “La Villa de Caracas”, “Las Novedades”, “La Casa Azul” y el bar “Alaska”. También recuerda a sus maestros, los clubes “El Recreo” y “Los Rivales”, los carnavales de “El Huapango” y la Plaza Flores, lugar de paseos, conversaciones y encuentros. Hacia el final vuelven inevitablemente el puerto y el mar: barcos, goletas, vapores, el muelle viejo, los almacenes, las lanchas de la Base Naval, la Aduana y el castillo. Mandry camina nuevamente entre aquellos sitios hasta comprar un “comodoro”, como se llamaba a los raspados de hielo, y confiesa: «puedo sentir su sabor y aquella dulzura se queda en mis recuerdos de tiempos y cosas idas y queridas».
No todo, sin embargo, es nostalgia. Su mirada se vuelve severa al hablar de la destrucción de antiguas edificaciones y, particularmente, del Mercado Municipal y numerosas casas coloniales. Comprendía que con la desaparición del patrimonio arquitectónico una ciudad no pierde solamente paredes: pierde también escenarios de su memoria colectiva. Ese es, acaso, el mensaje más perdurable de su crónica. La historia de una ciudad no vive únicamente en documentos oficiales o grandes monumentos. Vive también en una escuela frente al mar, una librería, una retreta dominical, el sabor de un refresco, una película de matiné, una procesión o el recuerdo de quienes caminaron sus calles.
Por eso, cuando releemos estas páginas, no podemos separar al Puerto Cabello evocado del propio Enrique Mandry. Reconocemos en ellas al hombre culto y sensible que tuvimos la fortuna de tratar, al médico y docente, al historiador y amante de la literatura, al académico con quien tantas conversaciones sostuvimos en nuestra Academia. Aquellas conversaciones fortalecieron una amistad entre porteños que hoy hace más entrañable la lectura de sus recuerdos. Todavía lo recordamos en nuestra casa, una noche cualquiera junto a Luis Cubillán, Julio Centeno, Enrique Aristeguieta Gramcko y otros, ejecutando el violín del compositor Augusto Brandt, instrumento que Enrique sabía conservábamos y deseaba tener en sus manos. Aquella noche le complacimos.
Enrique Mandry ya no puede acompañarnos por aquellas calles. Muchas de ellas tampoco son las mismas, el viejo puerto desaparece lentamente, pero nos dejó este pequeño privilegio, cual es caminar a su lado por el Puerto Cabello que conservó en su corazón, mirar con él hacia el mar desde La Salle y volver a descubrir, detrás del infinito horizonte, la promesa de otros mundos que siempre estarán esperándonos.
@PepeSabatino
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