Escritas en papel membretado con la inscripción Luis Caballero Mejías, Ingeniero Mecánico, aportan un testimonio íntimo de su tiempo en la ciudad marinera. La historia lo recuerda como el ingeniero venezolano que desarrolló el procedimiento industrial para producir harina de maíz precocida, quedando su nombre unido para siempre a una innovación que transformó la elaboración doméstica de la arepa y los hábitos alimentarios del país. Mucho menos conocida, sin embargo, es su vinculación con Puerto Cabello, ciudad en la que transcurrieron sus primeros años de vida profesional y donde comenzó a conjugar las dos vocaciones que marcarían su trayectoria: la ingeniería mecánica y la enseñanza técnica.
Caballero Mejías nació en Caracas el 12 de diciembre de 1903. En 1925 viajó a Chile e ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Santiago, uno de los centros de educación técnica más importantes de la época. Allí culminó, en 1929, el quinto y último año del Curso de Técnicos Mecánicos. Para recibir el título debía completar la práctica reglamentaria y presentar una memoria sobre ella, requisito que cumpliría a su regreso a Venezuela.
El 1º de junio de 1930, por nombramiento del ministro de Guerra y Marina, asumió la jefatura de los talleres del Astillero Nacional de Puerto Cabello, conocido hoy como DIANCA. No llegó como empleado subalterno, sino para desempeñar una responsabilidad de primera línea en un complejo donde se reparaban embarcaciones de la Armada, se atendían trabajos del Ministerio de Obras Públicas y se prestaban servicios a empresas privadas.
La biografía preparada por Luis Isamit, titulada Luis Caballero Mejías: Su Permanencia y Formación Profesional en Chile y su Proyección en la Educación Politécnica en Venezuela (1994) —gentilmente puesta en nuestras manos por el amigo e historiador Ramón Rivero Blanco—, contiene importante información acerca de sus años de estudio que permite medir la relevancia de aquella etapa. El 30 de noviembre de 1930, cuando llevaba seis meses al frente de los talleres, su jefe, J. B. Jansen, director técnico del astillero, escribió al director de Enseñanza Industrial de Santiago de Chile, dejando constancia de que el joven técnico había demostrado ser cumplidor de su deber y disciplinado, y que todos los trabajos confiados a su responsabilidad habían quedado a entera satisfacción. Añadía que continuaba desempeñando el cargo y que la comunicación tenía por objeto completar sus requisitos de estudio. Una segunda carta de Jansen, fechada el 1 de junio de 1931 y dirigida a Juan Gantes A., director de la Escuela de Artes y Oficios de Santiago, fue todavía más expresiva. Al cumplirse un año de su gestión, certificó que Caballero Mejías había ejercido la jefatura de manera constante y disciplinada, y puso de relieve la forma eficiente con que resolvía los problemas confiados a su criterio. Jansen felicitó, además, a la Escuela chilena por la formación impartida.
Ese mismo día, Caballero Mejías fechó en Puerto Cabello el informe-memoria que envió a su antigua escuela para dar cuenta de su primer año de trabajo y solicitar el título pendiente. El documento constituye un testimonio excepcional de su actividad en el astillero. Describe la reparación de maquinarias antiguas; la puesta en servicio de tornos, cepillos y taladros; la instalación de una planta de gas acetileno y de un alternador que permitió emplear soldadura eléctrica, así como diversos trabajos en el cañonero Miranda, el remolcador Aragua, los cruceros General Salóm y Mariscal Sucre, la lancha Táchira y la goleta La Gaviota, propiedad de la Caribbean Petroleum Company.
Más reveladoras son sus observaciones sobre los trabajadores. Caballero Mejías advertía que la mecánica venezolana permanecía en gran parte «en manos de los empíricos» y que muchos operarios carecían de instrucción, por lo cual procuraba que algunos siguieran cursos por correspondencia. El astillero no fue solamente el lugar donde probó su competencia, sino también el espacio donde confirmó que la modernización industrial dependía de formar hombres con destreza para manejar y reparar las máquinas. Al concluir la memoria afirmaba que había ajustado su actuación a las normas de la escuela donde se educó y que sentía orgullo por haber triunfado, gracias a su preparación, donde otros habían fracasado.
El expediente fue examinado en Chile por el profesor Braulio Calvo V., ingeniero y profesor de Mecánica y Electricidad. En carta del 2 de enero de 1933, Calvo señaló que la memoria demostraba la ejecución de trabajos difíciles y que los certificados de sus jefes acreditaban plena satisfacción. Aunque faltaban ciertos requisitos formales, consideró que la experiencia cumplida en Puerto Cabello justificaba recomendar que se le otorgara el título. El último párrafo de su dictamen habla por sí solo: «Estoy seguro de la capacidad moral, intelectual y práctica de este exalumno y si ya ha beneficiado a la Escuela en el Extranjero con su competencia no poseyendo Título, con él, será uno de sus mejores exponentes de propaganda; estos considerandos me llevan a la convicción que es justo su pedido aunque se haga caso omiso de los requisitos que a este exalumno le faltan; salvo su mejor parecer».
Las cartas familiares de 1933 nos revelan a un hombre apegado a los suyos y muy trabajador. El 4 de junio le dice a su madre que una fuerte gripe lo había obligado a ausentarse del trabajo y concluye: «Madre, yo te quiero mucho, muchísimo. Vivo pensando en ti». El 4 de septiembre volvió a escribirle y atribuyó su silencio a la multitud de ocupaciones que tenía: «Mi vida, la de siempre, casi sin tiempo para hacer nada, trabajando mucho y eso es todo». Detrás de esas palabras estaba la responsabilidad de dirigir los talleres del principal establecimiento naval del país.
Después de su estancia porteña, Caballero Mejías asumió responsabilidades cada vez mayores en la educación técnica. Llegó a dirigir la Escuela de Artes y Oficios para Hombres de Caracas —transformada luego en Escuela Técnica Industrial— y durante más de veinte años trabajó en la formación de jóvenes destinados a incorporarse a la industria y a los servicios técnicos requeridos por la modernización venezolana. También fue miembro principal de la Junta Administrativa del Centro de Capacitación Profesional de Puerto Cabello. Desarrolló, además, una notable actividad como inventor: en 1942 fabricó una máquina trituradora de corozos, y en 1954 obtuvo la patente de su procedimiento para elaborar harina de masa de maíz o masa de maíz deshidratada, comercializada inicialmente bajo la marca La Arepera. Falleció en Caracas el 12 de octubre de 1959, sin contemplar la expansión masiva que después alcanzaría la harina precocida.
Ingeniero, inventor y, sobre todo, educador, Caballero Mejías comprendió tempranamente que importar maquinaria no bastaba; era necesario preparar a quienes pudieran operarla, repararla y mejorarla. Puerto Cabello ocupa un lugar fundamental en ese recorrido, ya que en sus astilleros no solo consolidó su experiencia y obtuvo la práctica que respaldó su título, sino que allí se formó también el educador que dedicaría su vida a la enseñanza técnica.
