A finales del siglo XIX, Puerto Cabello no era solamente un punto de entrada y salida de mercancías. Alrededor de su puerto se había formado un ambiente empresarial particularmente activo, en el que comerciantes, inversionistas y representantes de casas mercantiles, principalmente de origen y fuertes conexiones europeas, comenzaron a concebir negocios de diversa índole. La ciudad, que había quedado seriamente afectada después de la Independencia, experimentaba desde mediados de la centuria una notable recuperación material y económica. El relato de un viajero que regresó al puerto en 1858 y nuevamente en 1863 da cuenta de su transformación en una ciudad marítima europea; de hecho, habían sido cegados antiguos fosos y marismas, la bahía mejorada, el muelle prolongado y nuevas casas, almacenes y oficinas comerciales modificaban la fisonomía urbana. Los comerciantes, además, se organizan gremialmente fundando en 1894 la Cámara de Comercio, cuyos antecedentes y desarrollo abordáramos en nuestro libro titulado Historia y Presencia de una Cámara Centenaria: 130 años de la Cámara de Comercio de Puerto Cabello (2025, 2.ª edición), en el que relatamos muchas de estas aventuras comerciales, entre ellas, la de los mármoles de Gañango, una de las más ambiciosas por la escala con que fue concebida, pues la compañía aspiraba convertir los yacimientos situados en las cercanías de Puerto Cabello en un proyecto industrial capaz de abastecer el mercado venezolano y, sobre todo, de competir en el exterior.

Los antecedentes del proyecto se remontaban a 1892, cuando el Ejecutivo Nacional le otorga a Casimiro Isava en arrendamiento, por cincuenta años, los mármoles y piedras de construcción y ornato descubiertos por el mismo Isava en los terrenos situados en Gañango. Tres años más tarde se creaba la empresa para la ejecución del proyecto, de la que informa la revista literaria El Cojo Ilustrado, en el número correspondiente al 1.º de marzo de 1895: «Mármoles de Gañango.- Con capital de Bs. 400.000, mitad de los cuales quedó suscrito en acciones á favor de los promotores señores Casimiro Isava, ingeniero Luis Muñoz Tébar y Rafael de la Cova, se constituyó en Puerto Cabello, el 1° de marzo último, la «Compañía Anónima Explotadora de Mármoles de Gañango» cuyos Estatutos comenzaron á regir el 15 del mismo mes./ La rica y varia calidad de los mármoles de Gañango y la extensión que puede darse á su comercio, hacen halagadora la constitución de esa Compañía á la cual deseamos el mayor provecho».

Pronto sus promotores advierten que se trataba de un proyecto que demandaba una importante inversión, por lo que al año siguiente se publica un Prospecto para brindar mayor información y lograr aumentar el capital social a un millón de bolívares. El prospecto en referencia, que conservamos en nuestra biblioteca, informa que las canteras habían sido descubiertas por Casimiro Isava y el ingeniero Luis Muñoz Tébar, quienes realizaron ensayos, consultaron personas competentes dentro y fuera de Venezuela y comenzaron a estudiar la posibilidad de explotar comercialmente los depósitos. Aquel primer interés dio paso a gestiones ante el Gobierno Nacional para obtener los derechos correspondientes. El escultor Rafael de la Cova también intervino en las evaluaciones iniciales y algunas muestras elaboradas fueron enviadas a la Exposición de Chicago, donde obtuvieron un premio. El proyecto nació, pues, como una idea seria y con fundamento en ensayos, opiniones técnicas, elaboración de muestras y esfuerzos tempranos por presentar el producto fuera del país como uno exportable.

La compañía había quedado legalmente constituida el 1º de marzo de 1895, con un capital de 400.000 bolívares y con Miguel A. Römer como presidente, Christian Tams como gerente, junto con Juan Seidel, Otto Römer, Adolfo Acosta y el doctor Manuel Silveira entre los directivos principales, y H. Römer, M. F. de Guruceaga y H. G. Braschi como vocales. La empresa disfrutaba del derecho de explotación de la cantera durante cincuenta años, conforme al nuevo contrato celebrado con el Gobierno Nacional y registrado el 17 de julio de 1895, cuyos beneficiarios habían sido Rafael de la Cova, Luis Muñoz Tébar y Casimiro Isava.

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es su concepción integral. No se pensaba simplemente en extraer piedras y transportarlas hasta Puerto Cabello. El propósito era crear una verdadera unidad industrial que comprendiese cantera, talleres de elaboración, maquinaria, suministro de agua, transporte interno, muelle propio y canales de distribución. El prospecto constituye, en ese sentido, un extraordinario documento para la historia empresarial. Su finalidad inmediata era aumentar el capital social, pero también convencer a los potenciales accionistas sobre las bondades del proyecto, así que la directiva presentó una minuciosa descripción de los recursos existentes, las inversiones realizadas y las posibilidades comerciales del negocio.

Así, sus directivos destacan las ventajas de Puerto Cabello como centro marítimo y la presencia habitual de vapores procedentes de Inglaterra, Holanda, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y España. Desde los muelles, siguiendo la costa, se encontraba el sitio llamado La Caleta, descrito como una pequeña ensenada con profundidad suficiente y condiciones apropiadas para el fondeo. Muy cerca de allí se localizaban las canteras. El prospecto mencionaba diferentes vetas y colores y señalaba, entre los frentes entonces trabajados, El Peñón, Pico Negro, El Indio y La de Arriba, además de otras zonas conocidas como Patanemo, La Salina y La Punta. El Peñón y Pico Negro contenían, según la descripción empresarial, mármol blanco estatuario.

Precisamente, la proximidad entre cantera y costa constituía una de las grandes ventajas económicas señaladas por los promotores en el prospecto que comentamos. El mármol podía trasladarse en grandes bloques o ya elaborado directamente hacia los mercados extranjeros o hacia otros puertos venezolanos. Para ello se proyectó construir en La Caleta un muelle propio, cuyo presupuesto, preparado por Luis Muñoz Tébar, ascendía a 16.000 bolívares. Desde ese muelle debía partir un sistema de rieles hasta las canteras, presupuestado en otros 20.000 bolívares, permitiendo movilizar los bloques desde los distintos frentes de explotación hacia el punto de embarque.

Este elemento confiere a los Mármoles de Gañango un lugar especialmente interesante entre las tempranas aventuras empresariales del Puerto Cabello finisecular, y al muelle propuesto un temprano antecedente de embarcadero de uso privado al servicio del comercio doméstico y exterior. Se trataba de una explotación que aspiraba a disponer de infraestructura portuaria propia directamente vinculada con sus operaciones de exportación. Cantera, ferrocarril industrial y muelle formaban parte de una misma cadena logística. En un tiempo en que el transporte podía representar una proporción considerable del costo final del producto, llevar la vía prácticamente desde los yacimientos hasta un embarcadero propio revelaba una visión empresarial sorprendentemente moderna. El proyecto se apoyaba, además, en un acueducto que llevaba agua a los edificios, talleres y canteras, mientras la arena necesaria para determinados trabajos podía obtenerse en las inmediaciones.

La directiva quiso también reducir la incertidumbre técnica mediante opiniones especializadas. Una de las más importantes fue la de John Connell, experto vinculado a la explotación de canteras en Vermont, Estados Unidos, a quien la empresa hizo venir expresamente para estudiar Gañango. Su informe, fechado en Puerto Cabello el 17 de enero de 1896, fue considerado de tal importancia que la Asamblea General dispuso imprimirlo y distribuirlo entre los accionistas. Connell afirmó haber encontrado: «un gran depósito de mármol de diversas clases y colores» y destacó también la disponibilidad de arena y agua, elementos esenciales para la explotación.

Su evaluación, sin embargo, no se limitó a elogiar el yacimiento. Indicó claramente qué hacía falta para convertirlo en una operación rentable: una grúa con máquina de vapor de considerable capacidad, rieles más resistentes, carros más sólidos, equipos de perforación y otras herramientas. La planta existente le parecía bien montada, aunque insuficiente para una expansión del negocio. Recomendó incorporar nuevos bastidores y maquinaria para trabajar el mármol y advertía que, más adelante, sería necesario disponer de «un muelle con una grúa a propósito para el embarque». Connell insistió, igualmente, en que la tecnología por sí sola no bastaba, siendo indispensable contar con personal especializado, por lo que recomendó colocar al frente de los trabajos, durante al menos seis meses, a una persona experimentada en canteras, plantas y elaboración de mármol, para que al mismo tiempo formara al personal local. Su conclusión encerraba el optimismo que rodeaba al proyecto: «Creo firmemente que este negocio, bien manejado, podrá competir con las canteras en otros países».

La opinión de Connell, además, fue secundada también por las apreciaciones de Casimiro Binelli, canterista con experiencia en Carrara, quien recorrió el terreno, estudió las canteras y clasificó distintas variedades de mármol; y de Luis Palma, canterista italiano que había trabajado en Carrara y en explotaciones de Bélgica y Holanda. Las muestras fueron igualmente presentadas a comerciantes y posibles compradores. El propósito era contrastar las cualidades geológicas del producto con su verdadera viabilidad comercial. Gañango era así sometido simultáneamente al juicio del cantero, del técnico, del escultor, del comerciante y del potencial importador.

La vocación exportadora se aprecia con mayor claridad en la red comercial que la empresa comenzó a organizar, de la que informa el prospecto al referir el nombramiento de agentes en diversas ciudades venezolanas —Caracas, La Guaira, Valencia y Barquisimeto, entre otras—, y las gestiones que se realizaban en Estados Unidos, Alemania y otros mercados. Las muestras remitidas al exterior y las consultas realizadas en Nueva York buscaban conocer precios, competencia y posibilidades efectivas de colocación del mármol venezolano. En resumen, la junta directiva presentaba el proyecto como un negocio excepcional y concluía que «no solo es único en Venezuela, sino en todo Suramérica».

Aunque, al parecer, los directivos no lograron animar a los accionistas e inversionistas para la explotación a gran escala, el caso de los mármoles de Gañango constituye una ventana más para estudiar el Puerto Cabello empresarial de finales del siglo XIX, ese que no solo valoraba a la ciudad por sus bondades portuarias, sino también por sus potencialidades industriales, tan poco explotadas en el presente.

@PepeSabatino

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