Durante buena parte del siglo XIX, las crecidas del río San Esteban constituyeron una amenaza permanente para el puerto. En los meses de lluvia, las aguas descendían con violencia desde la montaña, abandonaban su cauce y alcanzaban casas, calles y propiedades que sufrían graves inundaciones y derrumbes. Mientras tanto, vecinos y autoridades intentaban contener un río cuya desembocadura se encontraba entonces muy cercana al centro urbano.

En la Memoria de 1855 presentada por el gobernador de Carabobo, Ramón Montilla, a la Honorable Diputación Provincial, se explicaba la gravedad del asunto: «Vosotros conocéis la situación topográfica de aquella ciudad, y sabéis que el río San Esteban desemboca en el mar por el sudeste de la población; y tan aproximado a ella, que en sus avenidas destruye los edificios que quedan en sus márgenes. Los habitantes de allí han hecho poderosos esfuerzos para contener los males con que los amenaza el río; pero ni el gobierno de la provincia ni el Concejo Municipal de Puerto Cabello pueden disponer de fondos bastantes para el corte del río, y quitar aquella amenaza a la población».

Meses antes, el gobernador en funciones, Miguel Martínez, había dirigido una comunicación al Soberano Congreso solicitando un auxilio de 4.000 pesos para el cantón porteño, necesarios para «cortar» provisionalmente el río, mientras la Diputación Provincial acordaba otras cantidades destinadas a resolver de manera definitiva el problema. Entretanto, el Concejo Municipal de Puerto Cabello pedía a la Gobernación que lo auxiliara, al menos, con 1.000 pesos, los cuales, sumados a otros 580 recaudados entre los vecinos, podrían servir para procurar algún paliativo.Es aquí donde la Memoria que venimos leyendo se torna confusa, pues informa que, como consecuencia de las últimas lluvias, se destruyó una parte de la Casa Fuerte, propiedad de José María Pérez Marcano, de tantos «recuerdos históricos que lo hacen un monumento nacional», y que las aguas amenazaban con destruir, además, los edificios localizados en la calle de la Jeringa.

Para quien conoce la nomenclatura tradicional de Puerto Cabello, esa afirmación resulta difícil de comprender, ya que con la denominación de la Jeringa suele identificarse la trayectoria curvilínea de la actual calle Bolívar al pasar frente a la iglesia del Rosario, continuar junto a la Casa Guipuzcoana y desembocar cerca del monumento del Águila. ¿Cómo podía el río San Esteban, procedente del sur, inundar una calle aparentemente situada en pleno centro histórico?

La dificultad surge, sin embargo, cuando se intenta interpretar la ciudad decimonónica exclusivamente mediante las fuentes cartográficas y los nombres modernos. En el puerto de antaño, las calles no siempre tenían una denominación uniforme. Una misma vía podía cambiar de nombre al atravesar distintos sectores y, además, esas denominaciones se modificaban con el paso del tiempo. La ciudad se encontraba dividida tradicionalmente entre Puente Adentro, correspondiente, en términos generales, al recinto histórico fortificado, y Puente Afuera, el arrabal desarrollado hacia tierra firme. Mientras la primera zona poseía calles relativamente definidas, el pueblo exterior había crecido de manera irregular sobre terrenos anegadizos y cercanos a manglares y cauces de agua.

La actual calle Bolívar fue conocida, en diferentes épocas y tramos, como calle de la Iglesia, Colombia, Real, Granaderos, Alante y Jeringa o Geringa. Esta última denominación no correspondía únicamente a la curva próxima a la iglesia del Rosario. También identificaba la prolongación de aquella vía hacia Puente Afuera, es decir, hacia los sectores meridionales de la población expuestos a las crecidas del San Esteban.

Pero, aun teniendo presente que, a mediados del siglo XIX, la actual calle Bolívar, a la altura del desaparecido Mercado Municipal, se llamaba calle de la Jeringa, ¿cómo era posible que las crecidas del río San Esteban la inundaran si su desembocadura se encuentra en la avenida La Paz? Aquí viene en nuestro auxilio un antiguo plano que localizamos hace algún tiempo en la Mapoteca de la Biblioteca Nacional. Nos referimos a una copia de 1909, tomada del Plano original de Pto. Cabello, los Manglares y el Trincherón, levantado en 1898 por el ingeniero Luis Muñoz Tébar.

El plano permite ubicar la desembocadura original del río San Esteban en las inmediaciones de la actual Playa Sonrisa o del comienzo de la calle Valencia, a la altura de la calle Independencia, lo que explica claramente por qué, cuando el río crecía, sus aguas arrasaban las edificaciones de la calle de la Jeringa. Esta fue la razón para proceder con el llamado «corte» del río como solución. La expresión no significaba interrumpir o secar completamente su curso, sino abrirle una nueva dirección, alejarlo de las edificaciones y cerrar o cegar parte de su antiguo cauce.

El ingeniero director e inspector de Obras Públicas de la provincia preparó un proyecto y un presupuesto para ejecutar la intervención de manera sólida. El gobernador consideraba que aquella obra permitiría cortar de raíz el mal que amenazaba a Puerto Cabello y pidió a la Diputación Provincial que destinara los recursos necesarios. El 28 de diciembre de 1855 se aprobó una ordenanza sobre el contrato celebrado con Juan Perozo para el corte del río. El contratista debía realizar las obras de acuerdo con el proyecto técnico, construir paredones de mampostería, cimientos y estacadas, abrir un nuevo cauce y darle al río la dirección prevista. El costo fue calculado en 26.000 pesos y el plazo inicial de ejecución se fijó en dieciocho meses.

La urgencia obligaba igualmente a adoptar medidas provisionales. Mientras se completaba la obra principal, Perozo debía desviar la embocadura unas cien varas más arriba, utilizando estacadas, cajones y piedras. El propósito se expresaba claramente en el contrato: impedir que las aguas continuaran perjudicando los edificios de la calle de la Jeringa. El acuerdo contemplaba inspecciones periódicas por parte del Concejo Municipal y del director de Obras Públicas, así como la obligación del contratista de prestar fianza. También establecía que el dinero invertido sería considerado un empréstito al cantón Puerto Cabello, amortizable parcialmente mediante la venta de los terrenos que quedaran libres en el cauce abandonado y aquellos resultantes del cegado, que permitían ganar terrenos, ampliar calles y consolidar nuevos espacios para la ciudad.

No nos resulta claro de momento cuáles fueron los trabajos provisionales ejecutados por Perozo, o hasta qué punto cumplió el contrato celebrado debido a la falta de recursos; pero la necesidad del corte del río por los continuos estragos materiales causados y el peligro sanitario que representaba siguió en la agenda pública por años, como se advierte de la lectura de una memoria ministerial (1869) en la que conocimos del informe preparado por una comisión especial para el estudio del asunto, nombrada por la municipalidad porteña, que refiere un importante hecho: «En 1865 el río, saliéndose de madre, se esparció por algunas calles de la Ciudad, y formándose un nuevo cauce, se abrió una nueva boca como a una milla de la Ciudad». Esta segunda desembocadura, más al sur y alejada del centro urbano —localizada en las inmediaciones de Playa Blanca, final de la calle Bárbula—, quizás sea la misma que puede apreciarse en el plano de 1909. Conviene, además, tener presente que la actual desembocadura del río San Esteban —situada aproximadamente a mitad de camino en la avenida Salom (La Paz), entre La Alcantarilla y la urbanización Cumboto— es producto de su canalización moderna, ejecutada el siglo pasado.

Bajo las calles actuales permanece, así, la memoria de un paisaje desaparecido, la de un río que antaño penetró en la naciente ciudad y amenazó con destruir muchos de sus edificios, obligando a los vecinos, gobernantes e ingenieros a emprender una de las primeras grandes obras de protección urbana en la ciudad marinera.

@PepeSabatino

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