Este modelo, sin embargo, no surgió de manera instantánea, sino que fue afinándose progresivamente. Ya en las primeras décadas del siglo XVI se advertía la preocupación por ordenar el espacio urbano, pero es con las instrucciones sistemáticas a los adelantados, como gobernadores de las tierras, cuando se consolida un verdadero derecho urbanístico indiano. Nada quedaba al azar, ya que la elección del sitio, la orientación de las calles según los vientos, la distribución de solares y, especialmente, la centralidad de la plaza mayor estaban reguladas por normas expresas. En el caso venezolano, este patrón se aplicó de manera generalizada, como lo evidencia el hecho de que la mayoría de las ciudades fundadas antes y después de 1573 conservaron una traza cuadricular con su plaza central, hoy convertida en plaza Bolívar, lo que demuestra la fuerza de ese modelo durante siglos. De hecho, Nueva Valencia del Rey fue la primera ciudad en tierra firme que se estableció con una cuadrícula perfecta, en la que —según explican los expertos— se aplicó el concepto de plaza mayor libre, ubicándose la iglesia en la cuadra situada al este de la misma. La plaza, en consecuencia, no era solo el punto de partida para la organización de la ciudad, sino también el escenario donde se desarrollaba la vida colectiva a través del mercado, ceremonias, proclamaciones y festividades, constituyéndose en el verdadero espacio público por excelencia.
No obstante, el proceso de implantación de este modelo en el territorio que hoy es Venezuela conoció ensayos tempranos que no siempre lograron consolidarse. Tal fue el caso de Borburata, cuya fundación en 1549 constituye un interesante ejemplo. Las instrucciones dadas por Juan de Villegas a Pedro Álvarez muestran que ya entonces existía una clara conciencia de la necesidad de trazar la ciudad conforme a las disposiciones reales; por cierto, dichas instrucciones han sido consideradas como las más antiguas que se conocen dadas en la provincia, según el decir de Brewer-Carías. Se ordenaba, entonces, establecer el asentamiento en el lugar más conveniente y esperar la llegada de la autoridad para «hacer trazar la dicha ciudad y calles, donde se dará a cada uno de sus solares y asiento, por la orden que Su Majestad tiene mandado por sus Reales Provisiones». Este ensayo urbano, sin embargo, no llegó a cristalizar plenamente. La desaparición del asentamiento originario, agobiado por los ataques piratas, y el desplazamiento de la población hicieron que Borburata no evolucionara conforme al modelo previsto, quedando como un intento temprano de aplicación de las normas urbanísticas indianas que, por diversas razones, no logró consolidarse.
La experiencia de Borburata resulta especialmente significativa para comprender por qué Puerto Cabello no siguió estrictamente el trazado urbano tradicional. A diferencia de las ciudades fundadas en el interior, donde la cuadrícula podía desplegarse con relativa libertad, Puerto Cabello nació y se desarrolló bajo condicionantes geográficas y estratégicas muy particulares. Su condición de puerto, su función defensiva y su carácter de plaza fuerte, así como la necesidad de adaptarse a un terreno muy accidentado y rodeado de manglares, determinaron una configuración urbana menos rígida, en la que el modelo cuadricular se vio parcialmente alterado. Así, establecida la Compañía Guipuzcoana en el lugar (1730), los ingenieros militares comenzaron un desarrollo urbano que respondió más a exigencias militares y portuarias que a la pureza geométrica del damero. Podría afirmarse, en cierto modo, que las autoridades fueron pragmáticas a la hora de comenzar su trazado urbano, alejándose de las reglas instruidas. De tal modo que el puerto inicial no contaba con una plaza mayor que aglutinara la iglesia y la casa capitular; los planos de la época tan solo muestran dos espacios abiertos que, un siglo más tarde, ocuparán las actuales plazas Flores y Salom.
No será sino tras la demolición de los elementos defensivos de la plaza fuerte y el cegado del foso de agua que la dividía de tierra firme —lo que ocurre a finales de la tercera década o principios de la siguiente del siglo XIX, cuando el Congreso así lo ordena— que toma forma la plaza Bolívar, aunque no exactamente ubicada frente al Palacio Municipal, sino a un costado de ella y próxima al entonces Cuartel Anzoátegui, espacio que hoy ocupa la actual Catedral.
Se trataba de una plaza modesta, provista de frondosos árboles que no disponía de una estatua alusiva a su epónimo. Uno de los cambios más significativos que experimentó tuvo lugar con la gran colecta pública de 1925 para erigir la estatua del Libertador. La iniciativa, promovida por el doctor Plácido Daniel Rodríguez Rivero, gobernador del distrito, movilizó a amplios sectores de la sociedad porteña, desde autoridades y comerciantes hasta intelectuales y ciudadanos comunes. En una primera reunión celebrada el 6 de mayo de ese año, se logró reunir una suma inicial de 5.635 bolívares, constituyéndose de inmediato una Junta Organizadora para la erección de la estatua del Libertador, que coordinó los esfuerzos para financiar la obra mediante suscripción popular. El costo total ascendió a 18.000 bolívares, cubiertos en varias partes, lo que evidencia no solo la magnitud del proyecto, sino el compromiso colectivo de la ciudad con la exaltación de la figura de Bolívar.
En apenas dos meses y dieciocho días se logró levantar el pedestal y colocar la estatua, fundida en Florencia mediante el sistema de cera perdida, siguiendo el modelo de Tenerani. Los actos inaugurales, celebrados el 24 de julio de 1925, constituyeron una verdadera fiesta cívica que involucró a toda la ciudad. Hubo retretas, fuegos artificiales, ceremonias religiosas, actos académicos y desfiles, en los que participaron autoridades civiles, militares, el clero, el cuerpo consular y numerosos ciudadanos. La inauguración misma congregó a una muchedumbre incalculable, donde la estatua fue develada con las notas del himno nacional de fondo, en medio de un ambiente de entusiasmo colectivo.
Fue esta la modesta plaza que conocieron los porteños de antaño, descrita así por el recordado Adolfo Aristeguieta Gramcko en una de sus sentidas crónicas: «Era una plaza de sol. Me parecía que a cualquier hora que uno pasase, sobre ella caerían con inclemencia los furibundos rayos del sol porteño. En el centro, el Libertador, cubierto en clámide de bronce, miraba atento cuanto ocurría a sus pies». La plaza aparece como un espacio vivido, marcado por el clima, la luz y la presencia imponente del monumento, pero también por las experiencias cotidianas de sus habitantes. Aristeguieta Gramcko recuerda igualmente las retretas dominicales de la Banda Municipal, los juegos infantiles y la presencia constante de la autoridad, encarnada en la figura del policía que vigilaba desde la Casa Municipal. Su relato ofrece una visión variopinta de la plaza, donde se entrelazan la inocencia de la infancia, la rutina social y una temprana percepción de la autoridad: «La plaza Bolívar… ofrecía espacio ideal para juegos infantiles… Nos parecía que el alarife que hizo la plaza plantó allí esos postes para que los niños distrajeran al Libertador jugando a sus pies».
A principios de los años ochenta del siglo pasado, producida la desproporcionada demolición de importantes casas y edificios para dar paso a la construcción de la avenida La Marina, se amplió y remozó la plaza mediante el cierre de lo que fue la antigua calle Comercio, sustituyéndose la estatua que con tanto empeño y civismo compraron los porteños por una ecuestre que sigue el modelo de Tadolini, inaugurada bajo la administración del doctor Rosalbo Bortone Baldó con ocasión del bicentenario del nacimiento de Bolívar (1983). Se trata del mismo monumento que hoy se observa en lo que luce como una árida explanada con un incomprensible conjunto escultórico, resultante de la última remodelación que sufrió ese espacio el año 2023, en el marco de la celebración del bicentenario de la Toma de Puerto Cabello.
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