Hay palabras que pertenecen a la geografía sentimental de una ciudad. Para quienes nacimos y crecimos en Puerto Cabello, una de ellas es la caldereta. La escuchamos desde niños en nuestra casa, pronunciada por mi mamá con esa naturalidad con que los mayores hablaban de aquello que formaba parte del paisaje porteño: el mar, la brisa, el manglar, las lluvias y también aquel viento caliente que, de tiempo en tiempo, irrumpía sobre la ciudad. Mucho antes de preguntarnos qué era realmente la caldereta, ya sabíamos que se trataba de algo muy local.
La referencia documental más antigua que hasta ahora conocemos corresponde al general Andrés Aurelio Level y resulta especialmente valiosa porque no procede de la tradición oral, sino de una verdadera investigación de campo. El manuscrito de su trabajo fechado en 1869, titulado Ligeros Apuntes para la Historia y Estadística de Puerto Cabello, además, servirá a Daniel Antonio Chambón para la elaboración del resumen histórico, topográfico y estadístico incorporado a la Ofrenda que el Concejo Municipal de Puerto Cabello dedica a la Memoria del Libertador Simón Bolívar en el Primer Centenario de su Nacimiento, publicada en Valencia en 1883.
Level había sido comisionado por la municipalidad para realizar la estadística de Puerto Cabello, que incluía sus observaciones sobre temperatura, estaciones, vientos y otros tópicos climatológicos en la sección XI de su trabajo. Así, dejó Level una descripción que, más de siglo y medio después, sigue siendo perfectamente reconocible: «Durante los meses de junio a octubre sopla frecuentemente el viento que viene del sur, llamado ‘caldereta’, cuyo nombre se origina de que se hace sentir como el vapor del agua hirviendo». La comparación no podía ser más gráfica, pues el aire que normalmente debía refrescar dejaba de hacerlo y se convertía en una bocanada caliente.
Pero Level fue bastante más allá de ponerle nombre al fenómeno. Señaló que aquellas calderetas se caracterizaban por su extrema sequedad, elevada temperatura y el polvo impalpable que transportaban; que rara vez aparecían durante la noche y podían extenderse varias leguas a lo largo de la costa. Incluso describió una señal precursora, una barra de nubes blancas sobre la serranía del sur. Al despejarse aquella zona comenzaba a sentirse el viento caliente, cuyos efectos podían llegar a quemar o secar las plantas. Recogió, además, una observación del doctor Manuel María Ponte que permite apreciar la brusquedad del cambio térmico. En uno de los primeros días de junio, mientras soplaba la brisa, a las nueve de la mañana el termómetro marcaba 86 grados Fahrenheit a la sombra. A las diez comenzó la caldereta y apenas media hora más tarde la temperatura había ascendido a 95 grados. No se trataba, pues, únicamente de una percepción popular: aquel soplo ardiente había sido registrado por los instrumentos disponibles en la época.
Décadas más tarde, la caldereta continuó despertando interés entre quienes estudiaron el clima venezolano. Ernesto Sifontes la abordó en Venezuela Meteorológica, publicada en Caracas en 1929. Sergio Foghin-Pillin, en su estudio «La meteorología en Venezuela», aparecido en 2015 en el Boletín de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, recuerda que Sifontes, basándose en observaciones hechas en Puerto Cabello, estudió este viento y lo caracterizó como un fenómeno tipo föhn, denominación meteorológica aplicada a ciertos vientos que adquieren sequedad y temperatura al descender desde regiones montañosas. La observación moderna resulta sugestivamente compatible con la vieja descripción de Level, es decir, un viento procedente del sur, serranía mediante, seco y extraordinariamente caliente.
Miguel Elías Dao, nuestro recordado cronista oficial, también se ocupó de ella en su Panorama Geográfico de Puerto Cabello (1983). Al describir los datos meteorológicos de la ciudad señala que ciertos vientos, al encontrarse con los terrales que soplan en dirección contraria, forman las llamadas calderetas. Y ofrece una explicación del nombre muy cercana a la percepción popular: «El nombre de ‘Calderetas’… se debe, posiblemente, a la temperatura de ellos, que ofrecen la impresión del calor que se experimenta en las cercanías de un horno». Añade que, cuando duran algún tiempo, las plantas terminan mostrando los efectos de aquel cálido soplo.
De allí que la caldereta haya terminado formando parte no solamente de la meteorología, sino también del imaginario porteño. En la presentación de Proceso de la Formación de Puerto Cabello (Documentos), publicado en 1973, N. D. Dao evoca las raíces que atan al porteño a su tierra y habla bellamente de la «caricia materna templada por la caldereta marina». Pocas expresiones describen mejor esa paradójica relación nuestra con un viento incómodo y, sin embargo, entrañablemente asociado al lugar donde nacimos. Adolfo Aristeguieta Gramcko nos dejó, por su parte, uno de los testimonios más evocadores en su obra Hadas, duendes y brujas del puerto, donde reconstruye los distintos vientos de su infancia: la brisa fresca del amanecer, el terral nocturno, los vientos de lluvia y, finalmente, la caldereta, de la que escribió: «Por los meses de agosto soplaba repentina e impertinente la insoportable caldereta», agregando que obligaba a marinos y pescadores a buscar refugio en la caleta más cercana. También recoge antiguas creencias familiares, conforme a las cuales aquel viento caliente estaba asociado por los abuelos con enfermedades y otros males.
La caldereta llegó incluso a la música popular, otra manera de medir cuánto había penetrado en la identidad de la ciudad. En nuestro libro Puerto Cabello: la música en el tiempo señalé la existencia de un merengue titulado precisamente La Caldereta, recopilado por Vicente Emilio Sojo, al parecer escrito en el puerto. Alecia Castillo atribuyó su autoría a Telésforo Pérezandía, según información procedente del archivo de Rafael Escalona, aunque también ha sido atribuida al compositor Francisco Lagoneill, posibilidad particularmente plausible por sus vínculos con Puerto Cabello. El propio título revela hasta qué punto aquel fenómeno atmosférico se había convertido ya en referencia cotidiana de los porteños. Y el compositor hizo lo que suele hacer la imaginación popular, transformando el calor del viento en el calor del baile. De allí aquel juguetón verso del merengue:
No te emociones al bailar / este merengue seductor / pues su vaivén encantador / siempre nos pone a delirar. / Dale así, dale más / que tu baile de caldereta / a mí me trastorna / siempre… / Dale así, dale / más por favor / Y no te apartes / nunca de mí / para no perder tu calor.
Pocos fenómenos naturales aparentemente modestos permiten recorrer tantos registros de nuestra historia local. Está en las observaciones estadísticas de Level, en la recopilación de Chambón, en la meteorología de Sifontes, en la geografía de Miguel Elías Dao, en las memorias de Aristeguieta Gramcko y hasta en un viejo merengue venezolano. En suma, ciencia, crónica, recuerdo y música terminan hablando de lo mismo. Para nosotros, sin embargo, antes que todas esas referencias está el recuerdo de haber escuchado aquella palabra desde la infancia. La caldereta era una de esas cosas que no necesitaban explicación en una casa porteña: simplemente llegaba, se sentía y se comentab
Por alguna razón que desconocemos, nuestra visión infantil nos ubica en las cálidas tardes del jardín de la casa, frente a aquel viento caliente que recordamos formando pequeños remolinos en el suelo, y nuestra mirada fija en él. Hoy, gracias a la invitación que nos hiciera el amigo Sergio Foghin-Pillin, rememoramos la caldereta y comprendemos ahora que aquella encerraba algo más que un viento caliente. Era —y continúa siendo— una pequeña pero entrañable parte de la memoria del puerto.
@PepeSabatino
mail@ahcarabobo.com
