Discurso de Incorporación a la Academia de Historia del Estado Carabobo, por Daniela Bolaños Cachazo
Buenos días. Distinguidos académicos, apreciados invitados, damas y caballeros. Estar hoy aquí representa para mí un honor de dimensiones incalculables; una distinción que supera mis más remotas aspiraciones. Este momento parece confirmar los versos de Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Al mirar hoy la estela del pasado comprendo que somos el resultado de las personas que nos inspiraron, de las experiencias que nos marcaron y de los afectos que nos sostienen.
Mi camino nunca estuvo predeterminado, y es que a diferencia de quienes descubren su vocación en la infancia, mi interés por la historia despertó con la madurez. Surgió a medida que las respuestas de la vida diaria y la multiplicidad de opiniones se tornaban contradictorias. Mi pasión por la historia nació de la urgencia del presente y de esa pregunta de las mil lochas que nos asalta a todos: ¿qué hizo posible que llegáramos hasta aquí?
Antes de comenzar, deseo rendir un justo homenaje a las mujeres que me han antecedido, me refiero a Isabel Ruiz acuciosa investigadora, docente y formadora de juventudes, a María Cora Páez de Tópel, cuya labor ha sido fundamental para preservar la cultura y la memoria de nuestro estado, pero también a la profesora Mary Acuña y a Virginia Pérez Linares. No puedo olvidar tampoco el legado de Luisa Galíndez y Henriqueta Peñalver; que abrieron camino en la historiografía local. Al mismo tiempo, reconozco la influencia de referentes nacionales que han redefinido el oficio, Inés Quintero, Catalina Banko y María Elena González de Luca, muy cercanas también a esta academia. A todas ellas les debo mi profunda admiración por la firmeza con la que han sabido ocupar estos espacios, consolidando un terreno que desde hoy comienzo a transitar y que, sin duda alguna, servirá de base para tantas otras que vendrán después de mí.
Desde hoy, asumo humildemente la responsabilidad de sentarme en el Sillón H, una tribuna cuya tradición ha sido forjada por figuras de la talla de Carlos Vicci Oberto, ilustre fundador del antiguo Centro de Historia; Fernando Castillo Orduz, destacado intelectual y defensor de los valores regionales; y el profesor Luigi Frassato Cambursano, cuya guía constante me impulsó a persistir cuando apenas me asomaba a los albores de la investigación histórica. Por lo tanto, es un acto de justicia también detenerme para honrarlo, a través de una pequeña semblanza.
Ciudadano de origen italiano, nacido el 13 de marzo de 1940 que arribó a Venezuela en 1956 como miembro de la Congregación Salesiana. Su llegada marcó el inicio de una trayectoria académica y humanística indisolublemente ligada al desarrollo intelectual de nuestro estado.
El profesor Frassato recorrió con vocación admirable cada peldaño del sistema educativo venezolano. Se inició como maestro de educación primaria y profesor de bachillerato en diversos colegios de Valencia. En 1972, egresó de la Universidad de Carabobo como Licenciado en Educación (Mención Orientación) y, posteriormente, alcanzó el grado de Magíster en Historia de las Américas por la Universidad Católica Andrés Bello.
Su vida fue, en esencia, la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo, institución a la que dedicó cuarenta y tres años de labor ininterrumpida (1972-2015). Allí transitó todo el escalafón académico, desde Instructor hasta la categoría de Profesor Titular, dictando cátedras fundamentales como Historia de la Cultura, Filosofía de la Educación y diversas metodologías historiográficas en el nivel de postgrado.
Más allá del aula, fue un pilar del conocimiento histórico regional. Destacó como miembro fundador del Centro de Estudios de las Américas y del Caribe (CELAC) e integró la Junta Constitutiva del Centro de Investigaciones y Estudios Históricos de la Facultad de Ciencias de la Educación. Su compromiso institucional se extendió a la Asociación de Historiadores Regionales y Locales de Carabobo, la Asociación de Escritores del estado Carabobo y el Colegio de Licenciados Militares y Navales. Su pluma, siempre activa, mantuvo una presencia constante en órganos de difusión como la revista Mañongo, el Boletín de la Academia de Historia del Estado Carabobo y el boletín oficial de la Diócesis de Valencia.
Su fallecimiento, ocurrido el 20 de febrero de 2024, dejó un inmenso vacío en nuestra comunidad académica. Hacia el final de su vida, le asaltaba una honda preocupación por la difícil situación universitaria, ante ella, con la autoridad de los años y la serenidad de quien ha vivido para enseñar, abogó por abandonar los antagonismos estériles. Fiel a la ética paulina de “vencer el mal con el bien”, estaba convencido de que solo el respeto a las reglas del juego, el diálogo genuino y el bien común permitirían reconstruir la universidad que tanto amó.
Esta herencia intelectual que recibo con la veneración de quien sucede a su maestro, me obliga a entender que nuestra disciplina no puede ser ajena a las fracturas del presente. En consecuencia, asumo mi incorporación a esta Academia no como un fin, sino como el ingreso a una comunidad viva que, lejos de eludir la realidad, se vuelca a ella misma mediante la reflexión crítica.
Es por eso que la deliberación en esta tribuna debe superar la retórica y convertirse en el pulso mismo de una institución que piensa su tiempo. Bajo esta premisa, orientaré mi disertación hacia las inquietudes del presente, tomando como eje las ideas del profesor Elis Mercado Matute —maestro y amigo— expuestas en su discurso de incorporación en el año 2013, titulado: La responsabilidad del historiador. Su legado se entrelaza necesariamente con la contestación del Dr. Enrique Mandry Llanos, titulado: Compromiso: Verdad y Libertad; ambos, trazan un mapa ético para transitar las sombras del presente y convergen en la sentencia fundamental de Marc Bloch: “la historia es, ante todo, la ciencia de los hombres en el tiempo”.
Las palabras de Mercado constituyen una defensa ética de la labor del historiador. En él, se nos recuerda que la verdad histórica es siempre la «penúltima verdad», una idea que Mandry refuerza al definir la verdad algo «plástico, maleable y perfectible». Esta condición de búsqueda permanente es la que nos obliga a una deliberación constante, ya que, si la verdad nunca está clausurada, nuestro compromiso ético en el presente debe ser el de investigar con rigor y contrastar visiones para evitar que la posteridad reciba una historia deformada.
Este deber es hoy más crítico que nunca, pues la verdad está en crisis. Nos encontramos sumergidos en la era de la posverdad, un tiempo de realidades fragmentadas y presentes fugaces donde las narrativas suelen desplazar a los hechos verificables, socavando los pilares mismos de nuestra disciplina.
Este fenómeno representa la manifestación más aguda de una crisis de la razón heredada de la condición posmoderna, encontrando su raíz en el desplazamiento filosófico impulsado por figuras como Lyotard, Vattimo y Rorty. Lo que en principio surgió como una necesaria reivindicación de la pluralidad frente a los dogmas de los meta-relatos, terminó por derivar en un relativismo radical que ha socavado los cimientos del sentido y la certeza. Nos hemos quedado huérfanos de un horizonte compartido.
Al erosionarse los criterios universales de legitimación, la veracidad ha cedido su lugar a la persuasión y ha transformado la memoria histórica en un campo de batalla donde las urgencias políticas terminan por asfixiar el rigor del pensamiento crítico. Semejante transformación no solo altera el contenido del debate académico, sino que degrada las condiciones mínimas del espacio público de deliberación, asfixiando la posibilidad de alcanzar acuerdos compartidos como nación.
Es precisamente en este escenario de fragmentación donde las advertencias del Dr. Mandry cobran una vigencia casi profética:
“la historia, cuando cae en manos inadecuadas, puede transformarse en un arma destructiva”.
Ante la interrogante sobre qué es lo que realmente se destruye bajo ese fuego, la respuesta es clara: se aniquila la convivencia y se fractura la identidad del ser venezolano. Esta destrucción se materializa cuando se emplean los mecanismos del Estado para convertir en propaganda a personajes históricos que son patrimonio de todos, incurriendo en lo que él mismo definió con precisión como un “uso ilícito de la historia».
Ante este panorama, la mera confrontación argumentativa resulta insuficiente. El desafío es mayor cuando la esfera pública, se fragmenta en instituciones paralelas que, al divorciarse de la tradición historiográfica, promueven discursos autorreferenciales y clausuran cualquier posibilidad de diálogo con otras perspectivas. Frente a esa pretensión de refundar la memoria, es imperativo recordar que, en el ejercicio de la exégesis, la tradición es la condición misma de la interpretación. Una nueva lectura de un documento o de un proceso social no consiste en imponerle la ideología de turno; por el contrario, implica situarse con humildad y rigor en esa corriente de saberes acumulados que nos precede. Solo desde esa herencia es posible interrogar al pasado con honestidad intelectual, porque en última instancia ¿qué sentido tiene un saber que renuncia a su herencia para escucharse solo a sí mismo?
Este aislamiento intelectual es, precisamente, el que precipita la fractura social que hoy padecemos. En este escenario, la sociedad se ve empujada hacia dos extremos filosóficos que anulan cualquier posibilidad de encuentro: el dogmatismo, que impone verdades absolutas e incuestionables y el escepticismo radical, que ante la saturación de versiones concluye erróneamente que la verdad no existe. Ambos extremos terminan por dinamitar los puentes ciudadanos, dejando la esfera pública en ruinas. Cuando el rigor histórico es sustituido por la fe ciega o por el vacío de la duda absoluta, se pierde el suelo común sobre el cual construir una nación.
Es precisamente ante este riesgo que mi intención es proporcionar un marco teórico capaz de dotar de nuevas respuestas a las inquietudes planteadas. Los desafíos sobre la verdad y la libertad que tanto preocuparon a mis antecesores ¬¬—Mercado y Mandry— encuentran un asidero fundamental en la filosofía y la ciencia política.
A la definición de Bloch sobre la historia como “la ciencia de los hombres en el tiempo”, es preciso añadir la tesis de Habermas sobre el ámbito donde esos hombres actúan: la esfera pública. Entendida como un ámbito de deliberación que supera lo meramente físico, esta esfera es el lugar donde la sociedad civil se congrega para ejercer su derecho al escrutinio, transformando la razón crítica en el único contrapeso legítimo frente a las estructuras del Estado. En ella, el individuo se despoja de sus intereses privados para actuar como un ciudadano comprometido con el bien común.
Sin embargo, este ejercicio de ciudadanía requiere de un asidero sólido, de un escenario que nos brinde estabilidad a través de las generaciones. Es aquí donde cobra vigencia lo que Hannah Arendt (2009,) define como el mundo común, el cual, no es “solo un consenso de opiniones”, sino un artificio humano, una herencia que trasciende nuestro tiempo vital:
“es algo, en lo que nos adentramos al nacer y dejamos al morir” (Arendt, 2009 p.64).
Este mundo común es lo que nos vincula no solo con nuestros contemporáneos, sino con quienes estuvieron antes y con los que vendrán después. Pero tal mundo, —advierte la autora— solo puede sobrevivir a la ruina natural del tiempo si tiene la capacidad de aparecer en público.
El mundo común solo aparece auténticamente cuando un hecho puede ser visto por muchos desde distintas perspectivas sin que su esencia sea alterada. No obstante, este espacio de aparición se desvanece cuando la argumentación cede el paso a la persuasión ideológica. La posverdad y el relativismo extremo no solo fragmentan la confianza pública, sino que erosionan la verdad factual, destruyendo con ello el tejido mismo de la libertad.
Para Arendt, la esfera pública representa “el auténtico reino de la libertad”, no obstante, sin un acuerdo mínimo sobre los hechos básicos, el mundo común se disuelve, dejando a la sociedad desprotegida y vulnerable ante el avance del totalitarismo.
Esta erosión se hace evidente en el uso de los símbolos, que deberían ser imágenes de hechos compartidos; cuando estos se alteran por decreto o se politizan referentes nacionales como la figura del Libertador, pierden su capacidad vinculante, y en lugar de ser un terreno común, el símbolo se torna en una herramienta de segregación que clasifica a la nación en bandos opuestos. Ante esto, el historiador debe asumir la responsabilidad ética de restaurar ese mundo común en el presente, ofreciendo hechos verificables sobre los cuales volver a edificar el diálogo.
Reconocer la limitación en la búsqueda de la verdad, es el punto de partida de nuestra labor. Precisamente porque mi conocimiento es finito y mi perspectiva es parcial, necesito “al otro”; necesito a mis pares aquí en la Academia, en la Universidad y en el espacio público, para contrastar, completar y ampliar mi propia visión del tiempo histórico. La verdad existe, aunque se nos manifieste de forma limitada; es un horizonte que debe buscarse con rigor para no quedar a merced de quienes fabrican realidades a su medida.
Como hemos visto con Arendt, la realidad solo emerge cuando es iluminada desde múltiples ángulos, y es en este intercambio de saberes donde la historia se desprende del dogma para convertirse en ciencia. Es en esta casa, y a través de este diálogo constante, donde renovamos el compromiso con nuestra memoria. Al rescatar nuestra historia regional, la Academia le devuelve al espacio público su estabilidad y su sentido de pertenencia. Al hacerlo, permite que Carabobo se piense a sí mismo como una comunidad viva con un pasado que nos fundamenta, un presente que nos interpela y con un futuro que, en su diversidad, nos pertenece a todos.
Carabobo tiene con qué. Esta afirmación encuentra su sustento en una idea que trasciende lo meramente geográfico asentándose en lo que Paul Ricoeur (2002, p. 366) define como identidad narrativa y simbólica, la cual
“se mantiene por el contenido de las costumbres, por normas aceptadas y simbolismos de toda clase”.
No obstante, si bien Ricoeur conceptualiza la identidad narrativa para explicar cómo un individuo se interpreta a sí mismo, el término es aplicable también a la comunidad histórica o pueblo, donde se pasa del plano formal al plano concreto.
Valencia, o cualquier colectividad, es también una historia contada, es una identidad compartida que surge de la síntesis de relatos históricos y de la voluntad de los ciudadanos de reconocerse en una trama común que trascienda sus vidas individuales.
En este proceso, el cronista no es simplemente un relator de anécdotas, sino que actúa como la conciencia de la ciudad. Su responsabilidad es transformar los sucesos cotidianos en páginas trenzadas de signos y memorias, evitando que la comunidad quede huérfana de identidad. Sin embargo, para que esa conciencia sea auténtica, debe responder a ese rigor ético del que hablábamos: el qué, el cómo y el porqué. Porque una historia mal contada, o instrumentalizada para imponer la ideología de turno, no crea identidad; lo que genera es orfandad y resentimiento. Solo el cronista que se sitúa en la corriente de la tradición, y de saberes académicos, puede garantizar que esa trama común sea un suelo firme para todos y no un mecanismo de exclusión o de alienación. Al final, la labor del historiador y del cronista es la misma: asegurar que el relato de lo que somos no sea propiedad de una parcialidad política o social, sino el patrimonio donde cada ciudadano pueda reconocerse.
Nuestro estado posee una riqueza que proviene de la acumulación de sentidos que el tiempo ha depositado sobre su suelo. Durante el siglo XIX, Valencia fue tres veces capital de la República y la región, escenario de grandes batallas que sellaron la independencia de Venezuela; no obstante, su importancia no se agota en la herencia decimonónica de la Cosiata o la figura de Páez; su historia acumulada va mucho más allá del siglo XIX. Existe una tensión latente entre ese «pasado de bronce» y la necesidad de rescatar la historia civil contemporánea del siglo XX, una dimensión de la realidad que, como en la vida nacional, ha sido desplazada por el estruendo de los grandes relatos bélicos.
Quisiera, por tanto, ser clara en mi compromiso con nuestra herencia cívica. Se trata de recuperar una historia más próxima (la de nuestros padres y abuelos), rescatando la huella material e intelectual de aquellos hombres y mujeres que hicieron converger sus visiones en el espacio público de la Valencia contemporánea. Al rescatar sus nombres, se pretende honrar a los actores que dejaron asentada nuestra historia precisamente porque tuvieron el valor de abandonar la seguridad de lo privado para mostrarse en lo público, haciendo que sus palabras y acciones fueran vistas y oídas por otros. Es ese acto de presencia el que dota de realidad a una ciudad; la historia de Valencia es, en esencia, el sedimento de esas voluntades de su tiempo que decidieron no ser indiferentes.
La desafección contemporánea hacia lo público es el síntoma de una memoria herida. Cuando la acción ciudadana se desvincula de la ética, el individuo tiende a refugiarse en su esfera íntima, provocando un olvido por borramiento. Este repliegue ha sepultado durante los últimos 30 años, bajo capas de silencio, la historia de aquellos que entendieron la vida urbana como un compromiso compartido. Por ello, la recuperación de sus obras es un trabajo de memoria indispensable para sanar el vínculo del presente con su pasado democrático. Solo reconociendo a quienes nos precedieron en el espacio público podremos volver a entendernos como una comunidad con propósito y destino.
El olvido se manifiesta como una forma de injusticia cuando se silencian las huellas de quienes, sin empuñar las armas, sostuvieron los cimientos de la civilidad. Al desplazar el foco hacia la Valencia del siglo XX, aquella de los debates en el Ateneo (hoy, maliciosamente intervenido y confiscado), la consolidación de la zona industrial (hoy casi destruida) y la conquista de la autonomía universitaria (hoy casi inexistente), se realiza un necesario acto de justicia narrativa. Es el reconocimiento de que la identidad carabobeña es el resultado de una construcción civil que exige ser rescatada del olvido institucional para comprender la verdadera esencia de lo que significa ser actores del espacio público.
Tras la muerte de Juan Vicente Gómez en 1935, se inició en el país un periodo de apertura que permitió la confluencia de diversos intereses e ideas que se manifestaron en el espacio público, derivando en un desarrollo cultural trascendental entre 1936 y 1948. Desde ese momento, la ciudadanía comenzó a reclamar su lugar en la esfera pública a través de comités organizados.
Un hito emblemático de esta voluntad recordado por Luis González Herrera (1978) ocurrió el 21 de septiembre de 1941 en el Bar Restaurante “El Monolito”, frente a la Plaza Bolívar, donde se reunieron figuras interesadas en el destino común, entre ellos, Alfredo Celis Pérez, Fernando Guerra Méndez, Fabián de Jesús Díaz, Ricardo Urriera y muchos más. No puedo omitir de esa prestigiosa lista la figura de mi abuelo: Pablo Bolaños Grooscors baluarte de las luchas pedenistas, quien formó parte de esa generación que entendió su papel de ciudadano comprometido.
Este esfuerzo cívico fue el motor que impulsó la identidad valenciana a través de instituciones clave. La fundación del Ateneo de Valencia en 1936, que marcó el inicio de una era dorada para las artes, consolidada posteriormente con la creación del Salón Arturo Michelena en 1943 y la Escuela de Artes Plásticas en 1948. Estos hitos, sumados a la reapertura de la Universidad de Carabobo en 1958, terminaron por definir la Valencia moderna como un bastión del pensamiento intelectual y cultural.
En este contexto, la reciente investigación de Francisco Cariello (2025) resulta providencial al rescatar el papel de nuestras instituciones; entre ellas, la Sociedad Amigos de Valencia, fundada en 1950, en la cual hoy me desempeño como secretaria. Cariello resalta la vocación democrática de la urbe, manifestada en agrupaciones como la Sociedad Amigos del Teatro (1944) y la Sociedad Amigos de la Música (1957), que convirtieron al Teatro Municipal en un refugio de resistencia cultural. Especial mención merece también la Sociedad Amigos de los Inmigrantes (1947), única en su tipo tras la Segunda Guerra Mundial, la cual practicó una diplomacia ciudadana que integró a miles de refugiados europeos al aparato productivo de la región.
En definitiva, y como señala el estudio de Sabatino Pizzolante (2025), la valencianidad es un término que ha acumulado sentidos, evolucionando desde ser una distinción de élite a un sentimiento de identidad colectiva basado en el arraigo. No es solo la cualidad de lo valenciano, sino un conjunto de valores, actitudes y conductas, la decencia y la laboriosidad, que se manifiestan en el compromiso por rescatar el patrimonio y la institucionalidad. Es un espíritu que habita en el ciudadano y lo impulsa a defender la esencia de Valencia como una ciudad heroica, culta y, sobre todo, profundamente civil.
Siguiendo la advertencia del Dr. Mandry, no permitamos que nuestra memoria sea un arma de fragmentación; por el contrario, asumamos la historia como esa brújula que, señala siempre hacia la libertad y la dignidad del ciudadano.
Recuperar el espacio público implica, en última instancia, un acto de resistencia frente al olvido. No se trata de una simple evocación del pasado, sino de la reconstrucción del escenario donde la palabra y la acción ciudadana vuelven a tener sentido. Hoy, al incorporarme a esta Academia, asumo el compromiso de ser custodia de esa herencia cívica. En ese sentido, entiendo que mi labor no termina en el archivo, sino que se proyecta hacia una Valencia que necesita reconocerse en su decencia y en su laboriosidad para sanar sus fracturas.
En esta era de realidades fragmentadas, mi compromiso en el Sillón H es ser una voz refractaria ante el olvido por borramiento; una voz que, uniendo verdad y libertad, asegure que el relato de lo que somos siga siendo el patrimonio donde cada ciudadano pueda reconocerse.
Si la historia es, como decía Bloch, “la ciencia de los hombres en el tiempo”, mi tarea será asegurar que ese tiempo no se desvanezca en el olvido institucional, sino que se transforme en el cimiento de una convivencia renovada. Porque Valencia, más que un acta perdida o un campo de batalla, es esa fe inquebrantable que se firma a diario en la calle. Es la voluntad de seguir siendo, a pesar de las tormentas, una sociedad consciente de su dignidad y dueña de su propio relato.
No quisiera despedirme sin antes elevar un profundo agradecimiento a Dios, por permitirme este lugar en el espacio público y concederme el honor de ocupar un asiento en esta prestigiosa Academia.
Mi gratitud se extiende al Dr. Sabatino Pizzolante, por su voto de confianza y su guía constante; así como a cada uno de los académicos que, con su respaldo, han hecho posible mi incorporación a esta casa del saber.
Al Dr. Fernando Falcón Veloz, agradezco su presencia y respuesta. En su figura reconozco al académico cuya visión y lucidez nos permita tender puentes entre el mundo militar y el espíritu civil, facilitando esa síntesis necesaria para la reconstrucción de la nación.
A mi familia, raíz y destino de mi esfuerzo; a quienes me antecedieron (mis padres, mis abuelos, mis tíos), por dejarme un nombre y un ejemplo que honrar, y a quienes me sucederán (mi hijo, mis sobrinos y mis futuros nietos), para que encuentren en estas líneas un testimonio de amor por nuestra tierra.
Y a todos los presentes por acompañarme en este día tan especial.
Finalmente, asumo este compromiso con la convicción de que la palabra compartida es el único camino hacia la libertad. ¡Muchísimas gracias!
Referencias:
Elis Mercado Matute. (2013). La responsabilidad del historiador. Discurso de Incorporación a la Academia de Historia del Estado Carabobo. Publicado en la página web de la Academia de Historia del Estado Carabobo, el 26 de noviembre de 2021. Disponible en: https://ahcarabobo.com/category/discursos-de-incorporacion/page/2/
Enrique Mandry Llanos (2013). Compromiso: Verdad y Libertad. Contestación al Discurso de Incorporación a la Academia de Historia del Estado Carabobo. Publicado en la página web de la Academia de Historia del Estado Carabobo, el 26 de noviembre de 2021. Disponible en: https://ahcarabobo.com/category/discursos-de-incorporacion/page/2/
Francisco Cariello Gubaira (2025). CRÓNICA HISTÓRICA DE LA SOCIEDAD AMIGOS DE VALENCIA (Una aproximación a fuentes hemerográficas (1950-2025). Editorial
Hannah Arendt (2009). La condición humana. 1ª ed. 5ª reimp. Buenos Aires: Paidós, 2009. 384 р.; 23×15 cm. (Estado y Sociedad) Traducción de Ramón Gil Novales ISBN 978-950-12-5414-3
José Alfredo Sabatino Pizzolante (2025). Una aproximación a la valencianidad. Diario “El Nacional” 18 Abril 2025. Disponible en: https://www.elnacional.com/2025/04/una-aproximacion-a-la-valencianidad/ Jürgen Habermas (1994) Historia y Crítica de la Opinión Pública. La transformación estructural de la vida pública. Editorial Gustavo Gil
Luis González Herrera (1978). Rómulo en Berna. Un documento para la historia de Acción Democrática. Vol I.
Paul Ricoeur (2002). Del Texto a la Acción. Ensayos de Hermenéutica II. 2da Edición (México). Fondo de Cultura México
Paul Ricoeur (2004). La Memoria, La Historia y El Olvido. 1era Edición en español. Fondo de Cultura Económica. Argentina
