Puerto Cabello, pese a ser una pequeña ciudad portuaria, llegó a poseer desde finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, manifestaciones muy tempranas de esa misma tradición. Constituía una puerta de entrada de viajeros, naturalistas, comerciantes y científicos, lo que favorecía la formación de colecciones privadas donde se mezclaban ejemplares de historia natural, instrumentos científicos, documentos, libros y objetos procedentes de muy diversos lugares. Aquellas colecciones no sólo satisfacían la curiosidad de sus propietarios; también servían para intercambiar conocimientos con los viajeros ilustrados que recorrían hispanoamérica.
La más célebre de esas colecciones fue la del médico francés Gaspar Juliac, cirujano del Real Hospital de Puerto Cabello. Reseñada, primeramente, por Anselme Michele De Gisors, quien en 1793 la conoce y la describe como un Gabinete de Historia Natural, estimado en 15.000 piastras fuertes «que contiene una escogida colección de minerales, caracoles, plantas marinas, flores silvestres disecadas, y un extraordinario herbario»; también atrapó la atención del Barón Alejandro de Humboldt durante su visita al puerto, a principios del siglo XIX, pues fue recibido por Juliac en su residencia, dejando una extraordinariamente descripción, reveladora de aquel pequeño museo doméstico: «Su casita –escribe Humboldt– contenía un conjunto de cosas las más diversas, aunque todas podían interesar a los viajeros: obras de literatura e historia natural, notas sobre meteorología, pieles de jaguar y de grandes serpientes acuáticas, animales vivos, monos, armadillos y pájaros». La enumeración es, por sí sola, la definición perfecta de un gabinete de maravillas americano. Allí convivían las categorías clásicas de los Wunderkammern: la Naturalia, representada por animales y especímenes zoológicos; la Scientifica, mediante observaciones meteorológicas; la Artificialia, constituida por libros y documentos; y la Exotica, integrada por ejemplares que para un europeo constituían auténticas rarezas tropicales.
No deja de ser significativo que Humboldt dedique tanto espacio a describir aquella colección como a exaltar las cualidades científicas de su anfitrión. Añade que Juliac «era primer cirujano del real hospital de Puerto Cabello, y le conocían ventajosamente en el país por el estudio profundo que había hecho de la fiebre amarilla», reconocimiento que demuestra cómo aquellas colecciones no eran simples exhibiciones de curiosidades, sino auténticos laboratorios de observación científica.
Sesenta y siete años después, otro viajero británico encontraría en Puerto Cabello una colección que parecía prolongar esa misma tradición. James Mudie Spence relata su visita a la residencia del naturalista alemán Anton Goering –radicado temporalmente en el puerto, cautivado por su exótica naturaleza que estudia profusamente– y escribe: «visitamos a Mr. Goering, y examinamos su colección de objetos de historia natural, incluyendo no menos de seiscientas especies de aves venezolanas, muchas de las cuales él nos aseguró eran nuevas para la ciencia. No menos interesante era una serie de dibujos que había hecho para mí durante nuestra última excursión a la Silla de Caracas». El testimonio revela la transición desde los antiguos gabinetes de curiosidades hacia colecciones ya claramente especializadas en historia natural. Si Juliac representaba el gabinete enciclopédico propio del siglo XVIII, Goering encarnaba al naturalista del siglo XIX, dedicado a documentar sistemáticamente la extraordinaria biodiversidad venezolana mediante especímenes cuidadosamente clasificados y acompañados de ilustraciones científicas.
Estas dos colecciones son muestra fehaciente de que Puerto Cabello participó plenamente en una tradición entonces en biga del coleccionismo científico. Gracias a su condición de puerto abierto al Atlántico, la ciudad se convirtió en un punto de encuentro entre la naturaleza tropical y la ciencia europea. No resulta casual que dos de los grandes viajeros que recorrieron Venezuela hayan considerado digno de mención visitar precisamente estos gabinetes privados, como tampoco lo fue el que muchos científicos llevaran consigo especímenes de nuestro trópico para engrosar las colecciones de los museos e instituciones científicas europeas.
Ya entrado el siglo XX, aunque con una finalidad eminentemente comercial, todavía puede advertirse la persistencia de esa cultura de exhibir el mundo dentro de un espacio cerrado. Una magnífica fotografía de Henrique Avril, aparecida en la revista El Cojo Ilustrado, correspondiente al 1º de agosto de 1904, muestra el “Museo” pintoresco establecimiento de M. B. González & Cía. La imagen es testimonio de un establecimiento extraordinario donde el visitante no encontraba únicamente bebidas y artículos de comercio. Suspendidos del techo aparecen grandes peces, cocodrilos disecados y diversos ejemplares zoológicos; las paredes exhiben pieles, astas y objetos etnográficos; las vitrinas contienen conchas marinas, corales, minerales y pequeñas piezas naturales, mientras los estantes inferiores se encuentran ocupados por enormes caracolas procedentes del Caribe. Es muy probable que se trate del mismo “Museo y Botillería El Globo”, años más tarde propiedad de Meclin Jesurum, situado en las inmediaciones de los muelles. El conjunto recuerda inmediatamente las representaciones clásicas de los Wunderkammern europeos, un espacio donde naturaleza, navegación, comercio y curiosidad convivían sin establecer fronteras entre museo y establecimiento mercantil. La proximidad del puerto explica buena parte de esa singular colección. Marinos, viajeros y comerciantes aportaban continuamente piezas procedentes de distintos mares y países, convirtiendo la botillería en una especie de museo popular abierto a todo aquel que cruzara sus puertas.
Vista desde esa perspectiva, la historia museística porteña no comienza con la creación formal de un museo de historia a principios de los años setenta del siglo pasado. Sus raíces son mucho más profundas y comienzan en la casa del doctor Gaspar Juliac, donde Humboldt encontró un verdadero gabinete ilustrado; continúan en la extraordinaria colección ornitológica de Goering admirada por Spence; y alcanzan una expresión casi cotidiana en el singular “Museo”, donde la actividad comercial convivía con la exhibición de objetos naturales y náuticos capaces de despertar el asombro del visitante. Todos ellos constituyen eslabones de una misma tradición cultural, cual es la necesidad de conservar, estudiar y mostrar el patrimonio material del mundo.
Mucho antes de que el puerto contara con un museo de historia formalmente establecido, la ciudad ya había aprendido a mirar su patrimonio con ojos de coleccionista. Aquellos modestos gabinetes de maravillas, nacidos de la curiosidad de médicos, naturalistas y comerciantes, fueron, en realidad, los primeros modestos museos de la ciudad marinera.
@PepeSabatino
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