La hoy llamada Quinta Villavicencio, situada en el bucólico pueblo de San Esteban, al sur de la ciudad de Puerto Cabello, constituye uno de los testimonios arquitectónicos más interesantes del paisaje de ese valle. Refleja, de manera elocuente, la presencia europea que desde antaño construyó allí sus residencias permanentes o para temperar, en búsqueda de una exuberante naturaleza y tranquilidad que el bullicio y los agitados tiempos políticos de la ciudad no les podían brindar. No es la única casa que destaca en aquel pueblo, pues podríamos mencionar también las de las familias Römer, Baasch y Brandt, pero sí una que sobresale entre aquellas por su apariencia y dimensiones. La edificación, que tiene su origen en la segunda mitad del siglo XIX, fue construida por el ingeniero Luis Muñoz Tébar, figura conocida en la historia venezolana por su participación en obras públicas y proyectos de infraestructura de importancia. La casa fue concebida como una residencia en el fértil valle, zona que entonces era ocupada por haciendas agrícolas y casas pertenecientes a otros comerciantes y familias acomodadas que desarrollaban su actividad en el próspero puerto.
La casa fue diseñada como una mansión señorial enclavada en el paisaje tropical, cuya arquitectura dibuja claramente el eclecticismo propio de la época, incorporando elementos neoclásicos. Se afirma, incluso, que fue una de las primeras edificaciones de la zona donde se utilizó el hierro como elemento estructural, lo que evidencia el grado de modernidad que podía alcanzar la arquitectura rural venezolana en aquel momento.
Su propietario original fue el acaudalado comerciante danés Julio Stürup, quien residió allí junto a su familia. Fue cónsul de la República de Argentina hacia 1885 y, a través de su firma J. Stürup & Cía., propietario de la Botica Danesa, que tenía locales en las calles del Comercio (No. 25) y Valencia (No. 45), así como también de un almacén de medicinas encargado de la venta de productos químicos y farmacéuticos al por mayor. Un serio establecimiento que, como reza en un aviso publicitario, «No usan sustituir ningún medicamento, ni adulteran nada, y garantizan entregar al público lo más puro que pueda conseguirse en los mercados europeos». Era fabricante de la conocida Jalea Vermífuga para atacar las lombrices en los niños y, además, sus productos se extendían a la preparación de pinturas y barnices, venta de envases para boticas, artículos de cirujanos, veterinarios y homeópatas. Este personaje estuvo, sin duda, vinculado a Guillermo Stürup, propietario de la Botica Central de Caracas.
En el siglo XX, al parecer, la propiedad cambió varias veces de manos, contándose entre sus propietarios el general Vicencio Pérez Soto, figura militar y política vinculada al régimen de Juan Vicente Gómez. Nacido en El Tocuyo en 1883, desarrolló una carrera que combinó su formación militar con un sostenido ascenso en diversos puestos del aparato gomecista, desempeñándose como presidente provisional del estado Portuguesa (1913), presidente del estado Apure (1918-1921), del estado Bolívar (1921-1923), del estado Trujillo (1924-1926) y, finalmente, del estado Zulia, donde prácticamente ejerció su poder político hasta la muerte de Gómez. A Puerto Cabello llega a principios del siglo pasado, desempeñándose como jefe civil del distrito hasta que, en abril de 1914, le sustituye en el cargo Ascanio Galavís. Adquirido por Pérez Soto el inmueble, es entonces cuando cambia su nombre por el de Villa Vicencio o Quinta Villavicencio como se le conoce hasta nuestros días, aunque con frecuencia el nombre se escribe erróneamente como Villavincencio.
Durante décadas la casa permaneció abandonada hasta su adquisición por el gobierno de Carabobo, bajo la administración del Dr. Henrique Salas Römer, con el propósito de restaurarla y convertirla en un museo orientado a la divulgación científica y ambiental. Así, abrió sus puertas al público como el Ecomuseo de San Esteban, enclavado dentro del Parque Nacional San Esteban, área protegida que reúne importantes elementos históricos, arqueológicos y naturales, entre los que destacan petroglifos indígenas, caminos coloniales y un patrimonio arquitectónico de gran valor, que han sido visitados, estudiados y referidos por ilustres viajeros, entre ellos, Bellermann, Karsten, Appun, Goering y Sievers. El museo funcionó como un punto de referencia para visitantes y excursionistas por varios años, pero con el tiempo la falta de políticas gubernamentales condujo a su cierre y abandono definitivo. Asombra que hasta el presente el inmueble todavía no haya recibido la atención del gobierno regional, a pesar de los ingentes recursos utilizados para otras obras menos prioritarias, siendo que aquel forma parte del circuito de museos dependientes del estado Carabobo.
La Quinta Villavicencio constituye hoy un ejemplo paradigmático de los problemas que enfrenta la conservación del patrimonio histórico en Venezuela, a la deriva entre la falta de planes y la desidia de los gobernantes. La ausencia de políticas públicas que protejan estos espacios de la memoria, así como la falta de organismos reguladores como el Instituto de Patrimonio Cultural (IPC), contribuyen a acelerar este proceso de pérdida, más grave cuando se trata de inmuebles que podrían desempeñar un papel fundamental como centro de interpretación del pasado, articulando la memoria histórica con la conservación de la naturaleza. Mientras espera por mejores tiempos, allí está la vieja casona atesorando muchas historias todavía por contar.
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