Introducción

La fisonomía urbana de Puerto Cabello no es solo un conjunto de estructuras destinadas al refugio o al comercio; es, ante todo, un texto pétreo que narra la consolidación de un orden social en la Venezuela del siglo XVIII. En las fachadas de sus casonas coloniales, los escudos decorativos y la heráldica no actúan como simples adornos, sino como dispositivos de poder, identidad y memoria. A través del análisis de dos elementos clave —el escudo de 1763 y la placa de 1790— es posible rastrear la transición de la hegemonía comercial a la mística religiosa y de linaje que definió a la ciudad portuaria.

Labrada con cierto rasgo de la arquitectura federal o neoclásica de finales del siglo XVIII, una época de estandarización urbana, apreciamos la inscripción en el muro de una de las casas de la calle de Los lanceros. A simple vista, parece un símbolo, una fecha grabada que marca el tiempo de construcción de la misma, como se encuentran marcados en otros inmuebles de la zona, pero, no, después de revisarlo detenidamente, pertenece a la antigua nomenclatura que fijaban a estas propiedades.

Con todo, y la simpleza que pueda mirarse, es una llave con el pasado, es un viaje en el tiempo que podemos palpar en la actualidad, una ventana abierta para el análisis de los elementos decorativos de los inmuebles, la relación cultural, y el estatus social de quienes se establecieron como vecinos en la zona.
A través de estos elementos ornamentales, tenemos la posibilidad de descifrar muchos aspectos de nuestro pasado colonial, todavía lleno de especulaciones, atrapado en un discurso de exteriores bélico como marcador de una sociedad tan compleja como la actual. Consideramos con ello, un primer aporte, tomando algunos de estos grabados de tres inmuebles de la zona de histórica de Puerto Cabello.

El Esplendor de 1763: La Firma del Auge Comercial

El año de 1765, inscrito con claridad en uno de los cartillones de la zona histórica, marca un hito en la arquitectura porteña. Este periodo coincide con el reinado de Carlos III y el dominio de la Real Compañía Guipuzcoana, entidad que transformó a Puerto Cabello en el nodo comercial más importante de la Capitanía General.
Estamos hablando de las tres primeras décadas a partir del establecimiento de la Compañía Guipuzcoana en lo que significaría el núcleo urbano y comercial de la naciente ciudad amurallada. De gran significado, porque trata de uno de los primeros inmuebles construidos por los ingenieros reales en el puerto.
A rasgos generales, la bautiza popularmente como la casa de los escudos, representa un broquel de estilo rococó o barroco tardío, característico de mediados del siglo XVIII. Su ornamentación de curvas pronunciadas enmarca la fecha, pero es la cimera —un ave posada sobre un yelmo o corona— la que revela el estatus del propietario. En la gramática heráldica, la exhibición de este conjunto en una fachada de piedra labrada era una «declaración de hidalguía». Para un comerciante o funcionario de la época, el escudo no era solo una marca de propiedad, sino una validación de su derecho a participar en la élite colonial. El ave, símbolo de nobleza y vigilancia, coronando el edificio, recordaba a todo transeúnte que la estructura era fruto de un linaje que gozaba del favor de la Corona y de una prosperidad económica sólida.

Una interpretación más minuciosa, de este inmueble, según la heráldica, la figura del ave y la posible corona o yelmo formaban parte de un Escudo de Armas familiar (de algún linaje noble o influyente) o de una institución pública (como un ayuntamiento, una aduana, etc.) con este sello, quiso dejar constancia de su autoridad o propiedad sobre el inmueble, en la incipiente sociedad porteña de la época.
De manera puntual, este inmueble ubicado en la zona histórica de Puerto Cabello, siempre a despertado la curiosidad del público, no solo por su belleza arquitectónica colonial, de dos plantas, balcón, tejado a dos caídas, ventas de gran dimensión, portón de madero, y elementos decorativos raros.
Sin embargo, no deja de llamar la atención, los elementos arquitectónicos apartemente elaborado con yeso situado en la parte alta de una fachada o remate. Tratándose El Escudo Superior con Águila Desplegadas (Año 1765).

El Águila Bicéfala o de Expansión: Tradicionalmente, esto simboliza poder, nobleza y dominio. Si es bicéfala, está directamente relacionada con el Imperio Español (Casa de Austria o influencia heráldica persistente).
La Concha (Venera): El escudo tiene una forma que recuerda a una concha en su parte superior, lo cual suele asociarse con el Camino de Santiago o con la nobleza de los propietarios.
Por otra parte, también destaca, El Frontón, puramente decorativo del estilo neoclásico con dos figuras femeninas sentadas que sostienen trompetas (Famas o Ángeles) Su función es «anunciar» la importancia de quienes vivían allí o la gloria de una institución. Las trompetas simbolizan la difusión de las buenas noticias y el prestigio.

El Escudo Central Vacío: El óvalo central (cartela) está liso. Originalmente, pudo haber tenido un escudo de armas pintado que se borró con el tiempo, o simplemente se dejó, así como un elemento estético para resaltar la simetría.

Estilo: Es un diseño muy común en los dinteles de puertas principales de construcciones viejas para dar una bienvenida majestuosa.
1790 y la Herencia de Calatrava: Entre la Fe y el Misterio
Hacia finales del siglo XVIII, el lenguaje decorativo en las casonas de Puerto Cabello, adquiere matices más complejos y espirituales. La placa de 1790, vinculada a la Casa Herrera (hoy Museo de Historia de Puerto Cabello), introduce una simbología que trasciende lo puramente civil.
En esta edificación, aparentemente propiedad de Don Pedro de Herrera, la presencia de la Orden de Calatrava es fundamental. Aunque, La Orden de los Caballeros Templarios fue disuelta siglos antes, su mística perduró a través de órdenes militares-religiosas españolas como la de Calatrava. El uso de la cruz griega en el portal, junto a elementos como la estrella de seis puntas y pedestales escalonados, sugiere un lenguaje de «heráldica» o mística, donde el guerrero de la fe protege el hogar.

La inscripción de 1790, que muestra una cruz triunfante sobre figuras que podrían representar la dualidad del bien y el mal (el cáliz frente al dragón o serpiente), indica que, para finales del siglo, la arquitectura concebida, buscaba sacralizar el espacio doméstico. Esto lo vamos a encontrar también, en algunos interiores de casa porteñas, donde se construyeron pulpitos para la adoración. En el caso puntual, no se trataba solo de mostrar riqueza, sino de situar la vivienda dentro de una cosmovisión religiosa y caballeresca que vinculaba a las familias locales con las antiguas órdenes de caballería españolas.
Mas a profundidad, y muy interesante apreciación, acerca de este inmueble, se interpreta a La Cruz Central como símbolo principal, colocada sobre un montículo o peana (que podría representar el Monte Calvario). Siendo este, el este elemento el de mayor importancia de todos, simbolizando la fe cristiana, la redención o la protección divina sobre el lugar donde se encuentra grabada.

El Ramo de Flores a la derecha de la cruz, podría tratarse de una azucena o un lirio que, en la iconografía cristiana, suelen representar la pureza, la inocencia o la Resurrección. Muy asociadas a la Virgen María o a San José. A la izquierda, el elemento alargado, algo desgastado por el tiempo, aparenta ser La Palma de Martirio, simbolizando la victoria sobre la muerte de un santo mártir, aspecto más interesante, porque precisamente, El santo mártir de la Orden de Calatrava que se representa típicamente con la palma de martirio es San Raimundo de Fitero, fundador de la orden.
Raimundo de Fitero es venerado principalmente como el abad fundador y primer gran maestre de la orden, su iconografía a menudo incluye la palma, que en la tradición cristiana simboliza la victoria sobre la muerte y el triunfo del espíritu. En su caso específico, algunas fuentes hagiográficas describen esta palma como la «palma de caballero militar fundador», otorgada por su papel crucial en la defensa del cristianismo frente a las ofensivas musulmanas en el siglo XII.

En cuanto a La Rama de Olivo, representaría la paz y la reconciliación. Espada o Implemento: Dado el diseño circular en la base, también podría ser un atributo específico de un santo o una orden religiosa (como una espada para representar la justicia o a Santiago Apóstol).
La Inscripción «AÑO DE 1790», indicaría el año de la consagración, construcción o fallecimiento (si fuera una lápida). El estilo de la tipografía, con remates pronunciados y el uso de la «O» pequeña volada en «1790», es clásico de la época colonial tardía / neoclásica. Los Elementos Ornamentales (Cenefa), la línea de puntos (perlas) y las formas vegetales en la parte inferior son puramente decorativas, diseñadas para enmarcar el texto y darle un acabado elegante y solemne.
Este tipo de placas suelen encontrarse en dinteles de casas antigua, para bendecir la propiedad en el año de su construcción, o en Iglesias y conventos, con la intensión de conmemorar una reforma o fundación.

Conclusión

Las edificaciones de Puerto Cabello son depósitos de una identidad mestiza pero profundamente anclada en las tradiciones europeas. El escudo de 1765 celebra la prosperidad de la era de Carlos III, mientras que los elementos decorativos de 1790 en la Casa Herrera reflejan la persistencia de los valores de la hidalguía y la fe milenaria de quienes sentaron sus bases fundacionales. Juntos, estos elementos constituyen un patrimonio de simbolismo decorativo que convierte a las calles porteñas en un museo vivo, donde la piedra aún susurra los nombres de quienes construyeron nuestra historia.

Elvis López
elopeznavas.77@gmail.com