En un tiempo dominado por las computadoras y lo digital, los libros antiguos siguen recordándonos que la memoria de una sociedad también se escribe en papel. Cada uno de esos volúmenes, muchas veces olvidados en bibliotecas, archivos y colecciones privadas, guarda no solo un texto creación intelectual del autor, sino el esfuerzo del impresor de cuyo taller salió y, en ocasiones, de un editor que lo promovió, además del lector que lo disfrutó y atesoró. En el caso del estado Carabobo, existe un conjunto de libros antiguos y raros que constituye una auténtica memoria impresa de la región, una tradición editorial que se remonta a los primeros tiempos de la imprenta en Venezuela y que permite reconstruir episodios de la vida cultural del país.
Cuando se habla de bibliografía conviene comenzar por algunos conceptos elementales. La bibliografía comprende el conjunto de libros o publicaciones impresas sobre un tema determinado, mientras que la hemerografía se refiere a las publicaciones periódicas, como periódicos y revistas. Ambos campos constituyen herramientas esenciales para el historiador, pues a través de ellos se identifican las fuentes impresas que han transmitido ideas, acontecimientos y debates a lo largo del tiempo. Dentro de ese universo editorial existe también una diferencia formal entre libros y folletos. Según el criterio adoptado por la Unesco, se considera libro a toda publicación de más de 49 páginas —sin contar las cubiertas— mientras que los impresos que oscilan entre 5 y 48 páginas reciben el nombre de folletos. Esta distinción resulta especialmente útil para el estudio de la cultura impresa del siglo XIX, cuando gran parte de la producción editorial venezolana circuló precisamente en forma de folletos políticos, jurídicos o literarios. En el estudio del libro antiguo aparece también el concepto de incunable, término que proviene del latín incunabula, que significa “cuna”. Con esta palabra se designa a los libros impresos en los primeros tiempos de la imprenta, desde la invención de los tipos móviles por Johannes Gutenberg hacia 1450 hasta aproximadamente el año 1500. En el contexto venezolano, algunos estudiosos han extendido el uso del término para referirse a los primeros impresos publicados durante el período de la Independencia, cuando comenzó a consolidarse la cultura tipográfica en el país.
Más allá de su antigüedad, algunos libros adquieren un valor especial que los convierte en auténticas piezas de colección. Se trata de los llamados libros raros, obras que por la importancia de su autor, su escaso tiraje, su calidad tipográfica o las circunstancias históricas que han atravesado se convierten en objetos bibliográficos valiosos e incluso únicos. Muchas veces sobreviven apenas unos pocos ejemplares, dispersos en bibliotecas o colecciones particulares. Para preservar y divulgar estas obras sin poner en riesgo los ejemplares originales, se recurre con frecuencia a las ediciones facsimilares, es decir, reproducciones modernas que buscan reproducir con la mayor fidelidad posible el formato, la tipografía y el aspecto material del libro original.
La historia bibliográfica venezolana cuenta con algunas piezas emblemáticas que ilustran el valor de este patrimonio documental. Entre ellas destaca el Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros en Venezuela para el año de 1810, obra escrita por Andrés Bello e impresa en Caracas por Gallagher y Lamb. El destacado bibliógrafo Pedro Grases llegó a considerarlo el primer libro venezolano. Hoy uno de sus ejemplares se conserva en la Biblioteca Británica de Londres, lo que da una idea de su rareza y de su importancia para la historia editorial del país. Otro libro notable es la Descripción exacta de la provincia de Venezuela (1764), obra de Joseph Luis de Cisneros. Aunque en su portada aparece la indicación “Impreso en Valencia, Año de 1764”, investigaciones posteriores del bibliógrafo Pedro Grases demostraron que en realidad se imprimió en San Sebastián, España. Durante el siglo XIX aparecieron en Venezuela numerosas obras jurídicas, históricas y literarias que hoy forman parte del patrimonio bibliográfico nacional. Entre ellas figura el Diccionario Razonado de Legislación Civil, Penal, Comercial y Forense, del jurista Joaquín Escriche, impreso en Caracas por Valentín Espinal en 1840, así como la reimpresión realizada en Caracas en 1824 de la Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela, escrita por José de Oviedo y Baños, uno de los textos fundamentales de la historiografía colonial venezolana. Dentro de las publicaciones ilustradas del siglo XIX sobresale también el Álbum de Caracas y Venezuela (1877–1878), publicado por Henrique Neun. Se trata de un volumen de gran formato que reúne litografías y descripciones de la Venezuela de finales del siglo XIX. Los ejemplares completos de esta obra son hoy difíciles de encontrar, lo que aumenta considerablemente su valor bibliográfico y documental.
La historia del libro en Venezuela registra incluso episodios curiosos. Uno de ellos ocurrió en 1949 con la publicación de las Memorias de Boussingault, traducidas por Enrique Planchart. Debido a ciertos comentarios considerados irreverentes hacia Simón Bolívar y Manuela Sáenz, el historiador Augusto Mijares ordenó la quema de los ejemplares. Aquella decisión, lejos de borrar el libro de la historia, terminó convirtiéndolo en una rareza bibliográfica. Sin embargo, años más tarde el editor Agustín Catalá la reimprimió para el conocimiento del público en general.
Carabobo también desarrolló su propia tradición editorial. Valencia conoció la imprenta en 1812, cuando se trasladó desde Caracas el taller de Gallagher y Lamb. Al año siguiente actuaba allí como impresor del gobierno Juan Baillio, y poco después se estableció en la ciudad el impresor español Joaquín Permañer, quien entre 1826 y 1838 publicó numerosos folletos oficiales. A partir de la década de 1830 surgieron diversas imprentas, entre ellas las de Bartolomé Valdés, Juan De Sola, La Voz Pública y la Tipografía Mercantil de Chambón. En estos talleres se imprimieron obras jurídicas, gubernamentales y literarias que hoy constituyen una parte importante del patrimonio bibliográfico regional.
Entre los impresos valencianos más interesantes figuran la República de Colombia o noticia de sus límites, extensión, montañas, ríos, producciones, comercio, población, habitantes, educación, leyes, religión e historia, artículo originalmente publicado en la Enciclopedia Británica (1841), las Ordenanzas de la Diputación Provincial de Carabobo de 1846, el Código de Procedimiento Ilustrado de Castillo y Viso (1851), la Historia del Derecho Romano de M. Ch. Giraud (1854) y el Teatro de la Legislación Colombiana y Venezolana Vigente, del jurista Pedro P. del Castillo, publicado en cuatro tomos. A estas publicaciones se suman otras del mismo período, como los informes del gobernador de la Diputación Provincial correspondientes a los años 1855 y 1856, el Bosquejo de la Historia Militar de Venezuela (1857), de José de Austria; Cantos de la Patria (1858), de Abigail Lozano y El Consejero de la Juventud, de Francisco González Guinán (1878).
Puerto Cabello también tuvo una importante actividad editorial. La ciudad recibió tempranamente a impresores catalanes como Joaquín Jordi y Joaquín Permañer, y ya en 1822 circulaba allí un periódico llamado Allá va eso, uno de los primeros testimonios del periodismo local. La impresión de libros en la ciudad se consolidó en la segunda mitad del siglo XIX con los talleres de Rafael Rojas y Juan Antonio Segrestáa. En ellos se imprimieron obras como Los Misterios del Pueblo (1854) de Eugène Sue, Los Miserables (1862–1863) de Victor Hugo y El camino de presidio (1863) de Manuel Ortiz de Pinedo. Una obra particularmente interesante es La Ofrenda que el Concejo Municipal de Puerto Cabello dedica a la Memoria del Libertador Simón Bolívar en el Primer Centenario de su Natalicio, publicada en 1883 por Ramón Escovar con un tiraje de apenas 300 ejemplares, circunstancia que hoy la convierte en una pieza extremadamente rara.
Todos estos ejemplos demuestran que Carabobo posee una imprenta y una bibliografía antigua propias. Desde crónicas coloniales que describen sus territorios hasta publicaciones locales del siglo XIX de tiraje reducido, estas obras constituyen importantes testimonios que documentan la vida intelectual de la región. En ocasiones se trata de textos de gran valor estético, pues muchos de ellos fueron elaborados con técnicas artesanales hoy desaparecidas: tipografías de plomo, papel hecho a mano y encuadernaciones en cuero labrado.
Conservar estos libros significa preservar la memoria de una región. En cada ejemplar antiguo se encuentra, en cierto modo, una pequeña cápsula del tiempo portadora de un fragmento de la historia que ha sobrevivido al paso de los años y que todavía puede hablarnos de quienes fuimos, a pesar de la extraordinaria indiferencia de muchos.
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@PepeSabatino
