Entre los aspectos sociales presentes en La Trepadora, destaca la actitud de Victoria, la hija de Hilario Guanipa y Adelaida Salcedo. Al principio, parece estar hecha a imagen y semejanza de su padre, su héroe y modelo personal. Hilario, por su parte, quería hacer de ella una Guanipa, en el sentido de que no adoptara los modos de vida refinados, la manera de ser y comportarse socialmente, las costumbres y usos de los del Casal e, incluso, de los Salcedo, a pesar de las diferencias de estatus entre ambas familias.
En el intento de modelaje de su hija, Hilario anuló a la madre de Victoria. Adelaida, sin embargo, es un personaje muy interesante. En la parte final de la novela, jugará un rol determinante. El ensombrecimiento de Adelaida se revierte cuando impone su voluntad sobre la de Hilario en relación al viaje de Victoria a Caracas. Con firmeza, le indica a Hilario que ella lo ha decidido así e Hilario no logra oponérsele. Victoria, ya cercana a la mayoría de edad, logra visitar a su abuela doña, Carmelita en Caracas.
Una vez en la ciudad, Victoria se interesa por sus primas las Alcoy, hijas de una hermana de Jaimito y, por tanto, hermana también de su padre. Eran de las personas más ricas de Caracas y tenían modos de vida muy distintos a los del pueblo y la hacienda Cantarrana.
Como hemos visto, La Trepadora retrata una valoración desigual de los dos tipos de filiación (legítima e ilegítima). Hilario Guanipa era despreciado por las élites, especialmente en este caso ficcional por doña Águeda, la esposa de don Jaime. Esto tiene una relación especial con la herencia, pero trasciende lo meramente económico y encierra visiones sociales, inclusive racistas.
Hilario Guanipa no aceptó el apellido paterno que le ofreció don Jaime porque sabía que se iba a enfrentar con sus hermanos y no quería causarles aun disgusto ellos, pero por encima de todo a su propio padre. Ese cambio, sin embargo, no elevaría por sí solo, ni siquiera con el dinero o los bienes heredados, el estatus social ni eliminaría el desprecio hacia el hijo natural.
Los problemas asociados al estatus social y al desprecio, tal como se plantean en La Trepadora, permiten ver más allá de la novela. Gallegos, con su historia ficcional, aborda los valores y la configuración social de Venezuela. Es posible identificar lo que en otras publicaciones he llamado falacias dogmatizadas; es decir, falsedades que de tanto repetirse se tienen como verdades absolutas e incuestionables y de allí que semejen dogmas. Se trata de ideologías justificadoras que no se cuestionan. Quizá una de las más importantes de todas sea que Venezuela es un país mestizo.
No se trata de negar que Venezuela lo sea, pero al darle demasiado énfasis a esta idea se puede concluir que Venezuela solo es un país mestizo o que lo es completamente. Así el mestizaje se convierte en una especie de ideología que niega o, al menos, encubre la diversidad sociocultural y lingüística del país. Precisamente, esta idea distorsionada del mestizaje y de su contraparte, el sincretismo cultural, lo podemos entender como una falacia dogmatizada.
Otra falacia dogmatizada es que no hay discriminación, porque al ser Venezuela un país mestizo todos somos iguales. Esto se relaciona con el supuesto, adoptado en muchos países latinoamericanos, de las democracias raciales, los partidos políticos pluriclasistas y multirraciales. En este complejo de significados, se interpreta también que no hay discriminación. Ahora bien, estas racionalizaciones constituyen una tautología.
En realidad, en la sociedad venezolana, como en todas las sociedades latinoamericanas que, en mayor o menor grado, son muy estratificadas, hay una gran discriminación social e incluso racismo. Hablar de esto es uno de los tabúes sociales más fuertes en nuestro país. Para nosotros, el racismo no existe o se prefiere pensar que no existe, aunque en realidad a veces de manera invisibilizada sí existe, a pesar de su continua y obstinada negación. En La Trepadora se pueden observar esos elementos constituyentes de tales ideologías sociales.
La Trepadora testimonia cómo, mediante la ficción literaria, se puede hacer una aproximación a los valores sociales en los que están enmarcadas las historias ficcionales. En toda novela, especialmente en las realistas y regionalistas, ocurre una deconstrucción de la realidad, tal como existe en la mentalidad del creador, y luego una reconstrucción o recontextualización de la realidad en la historia ficcional, es decir, en su ecosistema. En esa deconstrucción es posible aislar tipos o valores que, al recontextualizarse, se pueden observar de manera prístina y, de alguna manera, funcional, aunque de su carácter ficcional. La Trepadora capta valores e ideologías sociales y, particularmente, las descendencias asimétricas. Los valores asociados a estas últimas siguen teniendo vigencia en Venezuela. Incluso, en la actualidad, generan tensiones en la situación de polarización sociopolítica que vive el país. Algunos casos muestran el enfrentamiento de personas provenientes de descendencia asimétricas y, por otro lado, simétricas, que se identifican con sectores políticos enfrentados (los miembros de la rama legítima con uno y los de la ilegítima con el opuesto), lo cual puede profundizar los enfrentamientos y otorgarles otros significados. Así, pues, pareciera que esos enfrentamientos pudieran tener una historia mucho más larga de la que nos pudiéramos imaginar.
Lejos de ser una obra obsoleta y sin vigencia, La Trepadora nos plantea reflexiones pertinentes para comprender a la sociedad venezolana tanto desde una perspectiva sincrónica como diacrónica.
Horacio Biord
hbiordrcl@gmail.com
