Entre 1936 y 1958 Venezuela vivió, con altibajos, una transición hacia un régimen democrático, que desembocaría en un pacto entre los principales partidos políticos para construir un régimen democrático que duró hasta 1999. En efecto, a los presidentes Eleazar López Contreras (1936-1941) e Isaías Medina Angarita (1941-1945) les tocó iniciar el desmontaje progresivo del gomecismo tras la muerte de Gómez en diciembre de 1935. La vía legal o constitucional se vio interrumpida, con diversos resultados y desarrollos sociopolíticos, por los golpes de Estado del 18 de octubre de 1945 contra Medina Angarita y del 24 de noviembre de 1948 contra Rómulo Gallegos.
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Sería en octubre de 1958, con el Pacto de Puntofijo, cuando se lograría el acuerdo necesario para construir un sistema democrático. Líderes con ideas distintas que convergían en el mejor futuro para Venezuela pudieron concretarlo. Entre ellos, destacan las figuras cimeras de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba.
Con frecuencia, siguiendo discursos propagandísticos, se llama a este el período democrático (o “la democracia”, sin más) o la Cuarta República. Con esta última denominación no solo se le da un sentido peyorativo, sino que también dicha caracterización resulta históricamente incorrecta.
En todo caso, ese lento y, en muchos sentidos, zigzagueante itinerario hacia la democracia nos muestra varios aspectos dignos de considerarse y analizarse. Uno es la complejidad y dificultad de desmontar regímenes autoritarios que no son solo la creación, casi por acto de magia, de un dictador todopoderoso que actúa como demiurgo y sostenedor, sino que tienen también una lógica del poder y una dinámica pragmática que involucra diversos sectores sociales que, directa o indirectamente, se benefician del statu quo que van plasmando o reforzando de manera progresiva. Además, esos regímenes obedecen en sus inicios a condiciones objetivas que los permiten o posibilitan. Así, pues, no es solo un problema de leyes que deban cambiarse o modificarse, sino una negociación política que exige ritmos diversos.
Otro aspecto, es la imprescindible necesidad de la unión y de que prevalezca siempre el interés común y los ideales y proyectos de país. La frase de Simón Bolívar, en su última proclama, no puede menos que alertarnos sobre esto: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
Otro aspecto no menos relevante y que fue objeto de muchos debates y decisiones en Venezuela entre 1936 y 1958 fue la exclusión de los comunistas. No se puede descontextualizar el debate, que ocurrió en momentos de expansión del comunismo como resultado de la Revolución Rusa y la consolidación de la Unión Soviética, las tensiones del período de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial y el tenso período de la bipolaridad y la Guerra Fría.
En la actualidad, si los signos no son confusos en exceso, podríamos estar viviendo en Venezuela una nueva transición hacia una época distinta a las anteriores, no solo con la finalidad de hacer cambios políticos sino construir una democracia duradera. Para ello debemos concienciar la complejidad y el ritmo propio de la tarea, a veces más política que legal, como hemos apuntado, y, con no poca frecuencia, más lenta de lo que se pudiera desear; la imprescindible unión y el ideal de proyecto consensuado de país que debe prevalecer por encima de las posiciones particulares (los partidos, como decía Bolívar); y la inconveniencia de las exclusiones.
En otras palabras, el momento actual nos demanda a todos los venezolanos aplomo, unión y amplitud.
Horacio Biord
hbiord@gmail.com
