Pocas ciudades venezolanas han suscitado tantas conjeturas acerca del origen de su nombre como Puerto Cabello. Quizás ello tenga relación con una circunstancia que forma parte de su propia singularidad histórica, ya que, a diferencia de otras poblaciones coloniales, Puerto Cabello no nació de un acto formal de fundación, acompañado de ceremonia, acta y fundador perfectamente identificado. Fue, más bien, un asentamiento que se fue formando progresivamente alrededor de una rada excepcional, al calor de la navegación, del comercio —legal y clandestino— y, posteriormente, de la actividad de la Compañía Guipuzcoana. Esa ausencia de un momento fundacional preciso ha dejado abiertas algunas interrogantes, entre ellas una particularmente sugestiva: ¿De dónde proviene el nombre de Puerto Cabello?
La pregunta no es nueva. Historiadores, cronistas y viajeros han intentado responderla proponiendo explicaciones que van desde la tradición poética hasta la antroponimia y la geografía. Asdrúbal González trató el tema en un artículo titulado “Dos guías turísticas y la verdad”, publicado el 15 de abril de 1967 en las páginas del semanario Vanguardia. Marco-Aurelio Vila, por su parte, reuniendo abundantes testimonios documentales y cartográficos, también abordó los orígenes de Puerto Cabello en un interesante trabajo publicado en 1970, aunque alguna de sus conclusiones, como veremos, merece ser revisada a la luz de las propias fuentes. Finalmente, Gian Carlo Seguro Laurentín ensayó nuevamente una teoría en un artículo de prensa titulado “Puerto Cabello: Origen de un Nombre Olvidado”, aparecido en El Carabobeño del 17 de septiembre de 2000.
La explicación más conocida acerca del nombre de la ciudad es también la más hermosa. Según ella, las aguas de la rada porteña eran tan tranquilas que un barco podía ser amarrado con un cabello. La imagen ha acompañado durante generaciones la historia de la ciudad y terminó convirtiéndose casi en parte de su identidad. El testimonio clásico procede de José Luis de Cisneros, quien en su Descripción exacta de la Provincia de Venezuela, de 1764, escribió: “Es tan hermoso este puerto, que la denominación manifiesta su quietud, y por antonomasia se dice Puerto de Cabello, pues con un pelo se puede atar el más grande barco”.
La frase posee indudable fuerza poética, pero presenta una dificultad cuando pretendemos convertirla en explicación histórica. Para 1764 habían transcurrido más de dos siglos desde que el nombre de Cabello aparece documentalmente asociado al puerto. Cisneros demuestra que para mediados del siglo XVIII circulaba aquella explicación —o, cuando menos, que él la conocía—, pero no que ese hubiese sido el origen del topónimo. Cabe preguntarse, incluso, si su hermosa interpretación no constituyó precisamente un intento de explicar, mucho tiempo después, un nombre cuya verdadera procedencia ya se había olvidado. Otra hipótesis ha relacionado la denominación con una persona de apellido Cabello, especie que conocemos desde que el francés Anselme Michel De Gisors, huésped del puerto por varios meses, en su relación de viaje titulada Puerto Cabello América Austral, 1793, asociara el nombre del lugar: » …a un español llamado Cabello, quien fue el primero en establecerse en esta plaza en la época de la conquista».
Pero la verdad es que, ya en 1800, si bien el barón Alejandro de Humboldt consignó en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente el nombre de Antonio Cabello, también escribió que se discutía en Puerto Cabello si el nombre se debía a la tranquilidad de sus aguas “que no removerían un cabello”, o a la existencia de aquel pescador de estrechos nexos con los contrabandistas de Curazao. Asdrúbal González llamó particularmente la atención no sobre Antonio, sino sobre Alonso Cabello, personaje vinculado tempranamente con aquellos parajes, quien habría actuado en posiciones oficiales hacia 1576, y de quien se tiene noticias por la documentación conservada en el Archivo General de Indias. Su existencia ofrece una posibilidad bastante más concreta que la leyenda del cabello capaz de amarrar los navíos; de hecho, la hipótesis resulta atractiva, pues no sería extraño que una estancia o un pequeño fondeadero hubiese terminado siendo identificado por el apellido de alguno de sus primeros moradores o usuarios.
Sin embargo, en esta oportunidad no deseamos detenernos en la figura de Alonso Cabello, sino más bien concentrarnos en un importante documento que, curiosamente, ha sido víctima de un pequeño pero trascendente error de transcripción. Así, Marco-Aurelio Vila, apoyándose en Miguel Acosta Saignes, recoge una referencia de Juan Ruiz de Ochoa, vecino de la isla Española, correspondiente a 1560. En la versión publicada por Vila se lee “Puerto de Caballo”, transcripción que toma de Acosta Saignes, quien hace lo propio en su Vida de los esclavos negros en Venezuela. La lectura siempre nos resultó sugestiva porque proporcionaba un aparente y temprano respaldo documental a la posibilidad de que el nombre original hubiese sido “Caballo”, sufriendo posteriormente una transformación hasta convertirse en “Cabello”.
Precisamente por la importancia que reviste semejante testimonio, preferimos acudir a la fuente primaria y no conformarnos con las transcripciones publicadas. Afortunadamente, el manuscrito original se conserva en el Archivo General de Indias (PATRONATO, 26, R.36), y su lectura permite comprobar que se trataba de un error de transcripción paleográfica. Ruiz de Ochoa escribió: “en el puerto de la Burburata y el del Cabello, que está a dos leguas dél”. La lectura se repite, además, poco después, cuando el autor vuelve a referirse a “los dichos puertos de la Burburata y Cabello”.
La comprobación es importante y la rectificación tiene consecuencias, pues desaparece el principal indicio documental que podía invocarse en favor de la tesis de un primitivo “Puerto Caballo”. Además, obliga a reconsiderar la tesis planteada por Seguro Laurentín, quien sugirió que la antigua configuración geográfica de la costa, antes de las transformaciones producidas por rellenos, muelles y otras obras, podía recordar la silueta de un caballo. De allí habría surgido originalmente “Puerto Caballo”, convertido posteriormente, mediante alguna transformación fonética, en Puerto Cabello. La tesis es imaginativa y merece conservarse como parte de la discusión historiográfica, pero, hasta el presente, carece de suficiente sustento documental.
Pero la carta de Ruiz de Ochoa, ahora debidamente transcrita, aporta algo todavía más interesante. Su testimonio constituye, hasta donde permiten establecer las fuentes que hemos venido examinando, una tempranísima referencia documental al puerto con el nombre de Cabello. ¿Qué ocurre entonces con la hipótesis de Alonso Cabello? La corrección paleográfica elimina la aparente contradicción entre “Caballo” y “Cabello”, pero no resuelve automáticamente el problema a favor de aquel personaje. Por el contrario, complica el asunto, ya que, si en 1560 el puerto era conocido como “el del Cabello”, cualquier intento de atribuirle el nombre a Alonso Cabello requiere demostrar que este se encontraba vinculado al lugar antes de esa fecha. Si las noticias que hasta ahora conocemos acerca de su presencia efectiva en estos parajes son posteriores, no basta la coincidencia del apellido para establecer una conexión. Al menos sabemos ahora que Cabello era ya un topónimo en 1560, esto es, casi dos décadas antes del plano de Juan de Pimentel en el que el nombre aparece por primera vez en las fuentes cartográficas (1578).
Y llegamos nuevamente a José Luis de Cisneros. Su explicación de 1764 puede ser entendida ahora desde una perspectiva distinta. Para entonces habían transcurrido más de doscientos años desde que Ruiz de Ochoa escribió “el del Cabello”. Es perfectamente posible que el origen de aquel nombre ya se hubiese perdido para los habitantes del siglo XVIII. En ausencia de una explicación conocida, la extraordinaria tranquilidad de la rada ofrecía una asociación irresistible: después de todo, sus aguas eran tan mansas que hasta un gran navío podía amarrarse con un cabello. Se trata, indudablemente, de una imagen magnífica y forma parte inseparable de la memoria histórica de la ciudad. Pero tradición y demostración documental son cosas diferentes.
Cuanto más leemos los planteamientos formulados a lo largo del tiempo sobre el origen del nombre, más prudentes debemos ser ante cualquier posible explicación definitiva, sobre todo después de acudir directamente al manuscrito de Juan Ruiz de Ochoa. En otras palabras, sobre el origen del nombre de Puerto Cabello todavía no está dicha la última palabra. Lo que sí podemos afirmar es que en 1560 un testigo contemporáneo hablaba ya del puerto de la Burburata y del de Cabello, y que la forma “Caballo” atribuida a ese documento procede de un error de transcripción paleográfica. Lo anterior plantea, además, una saludable advertencia acerca del oficio del historiador. Las transcripciones, incluso aquellas utilizadas por autores respetables, deben ser confrontadas, cuando sea posible, con sus fuentes originales. Una vocal fue suficiente en este caso para abrir durante años una posibilidad interpretativa distinta. Regresar al manuscrito ha permitido corregirla, pero el enigma principal permanece. ¿Por qué se llamaba ya “Cabello” aquel puerto en 1560? ¿Procedía el nombre de una persona? ¿De algún accidente geográfico? ¿De una denominación todavía más antigua cuyo significado hemos perdido?
La respuesta quizás permanezca esperando entre los legajos del Archivo General de Indias o de cualquier otro repositorio documental, entre mapas, derroteros o correspondencia de navegantes de siglos pasados. Lo importante es continuar buscándola sin apasionamientos ni apresuramientos, porque investigar la historia consiste también en saber esperar por las piezas del rompecabezas que paulatinamente llegan a nuestras manos. Y Puerto Cabello conserva todavía, entre los muchos secretos de su larga historia de ciudad marinera, uno particularmente entrañable cual es el misterio de su propio nombre.
@PepeSabatino
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