Existe una tendencia cada vez más extendida en Venezuela, particularmente en los actos oficiales, escolares e institucionales, a cerrar cualquier celebración con un baile de joropo, la exhibición de liquiliquis, alpargatas y sombreros llaneros, como si tales expresiones constituyeran por sí solas la representación acabada de la identidad nacional. Se trata de una práctica tan frecuente que pareciera haber cristalizado en una verdad indiscutible, conforme a la cual el ser venezolano equivaldría a ser llanero. Sin embargo, detrás de esta aparente afirmación de venezolanidad se esconde una simplificación que merece ser examinada críticamente, aparte, claro está, de lo vejatorio que en ocasiones nos resulta incluir aquel espectáculo, casi de relleno, en los últimos minutos del evento.

El problema no radica en el joropo. Nadie podría negar la importancia histórica, artística y cultural de una manifestación que ha alcanzado reconocimiento internacional y que constituye una de las expresiones más valiosas del patrimonio venezolano. La propia Unesco ha destacado el joropo como una tradición viva surgida del encuentro de culturas indígenas, africanas y europeas, y como una manifestación representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. El problema surge cuando una expresión regional se convierte en símbolo excluyente de una nación profundamente diversa. Toda identidad nacional es una construcción histórica compleja, por lo que ningún país se explica a partir de una sola región, de una sola tradición musical o de una única manera de vestir. La riqueza de Venezuela reside precisamente en la convergencia de múltiples realidades culturales que, a lo largo de los siglos, han contribuido a formar una comunidad nacional. La Venezuela andina de los bambucos y las fiestas de San Benito; la oriental de la malagueña, la jota y el galerón; la zuliana de la gaita; la centrocostera de los tambores; la guayanesa del joropo y el calipso del Callao; la amazónica del sebucán y el pilón de los pueblos indígenas; y la centro-occidental de tradiciones propias como el tamunangue y los diablos danzantes del Corpus Christi constituyen expresiones igualmente legítimas de la venezolanidad. Reducir esa diversidad a una sola manifestación equivale a empobrecerla.

Esta situación resulta particularmente evidente para quienes vivimos y estudiamos la realidad histórica de Carabobo. La cultura carabobeña posee una personalidad propia, forjada durante siglos por la actividad portuaria de Puerto Cabello, por la influencia comercial e industrial de Valencia, por la inmigración europea y antillana, por las tradiciones agrícolas de sus valles y por una intensa vida intelectual y artística. El paisaje cultural de Carabobo se encuentra asociado al mar, al puerto, al cacao, al café, a la industria, al comercio y a una larga tradición urbana. Sus manifestaciones musicales, gastronómicas y festivas responden a una trayectoria histórica distinta de la del llano. Resulta entonces extraño que, en actos realizados en ciudades como Valencia o Puerto Cabello, donde el joropo no constituye la expresión cultural predominante de la memoria colectiva local, se le presente como si resumiera toda la experiencia histórica regional.

Lo que subyace detrás de este fenómeno es una confusión entre identidad o símbolo nacional y memoria histórica. Los símbolos son necesarios porque simplifican y permiten representar una comunidad cultural o políticamente unida. Pero cuando el símbolo sustituye a la memoria, la identidad termina convirtiéndose en un estereotipo. La memoria histórica, en cambio, nos recuerda que las naciones son el resultado de procesos largos, complejos y frecuentemente contradictorios. Nos permite comprender que Venezuela no fue construida únicamente en los llanos de Apure o Guárico, sino también en los puertos del Caribe, en las ciudades andinas, en las haciendas cacaoteras de la costa central, en los pueblos indígenas del sur y en las regiones orientales vinculadas al comercio atlántico.

Quizás por ello conviene recordar que la identidad nacional no surge de decretos ni de representaciones oficiales, tampoco de cuentos o medias verdades inventados por cronistas de ocasión o influencers de moda, sino de la acumulación de experiencias compartidas a través del tiempo. La identidad se encuentra en los relatos familiares, en los archivos históricos, en las tradiciones locales, en los monumentos, en los paisajes y en las expresiones culturales heredadas de generaciones anteriores, cualesquiera que sean su origen o procedencia. En otras palabras, la identidad es inseparable de la memoria. Allí donde la memoria desaparece, la identidad se vuelve frágil y fácilmente manipulable.

En este sentido, las reflexiones de Pierre Nora conservan plena vigencia. El historiador francés advertía que las sociedades contemporáneas corren el riesgo de sustituir la memoria viva por representaciones simplificadas del pasado. Cuando esto ocurre, los lugares, los documentos y las tradiciones dejan de ser comprendidos en su contexto histórico y se transforman en meros símbolos vacíos. Algo semejante puede suceder cuando una nación tan diversa como Venezuela termina representándose únicamente mediante una imagen folclórica repetida hasta el cansancio y convertida en una obligación del protocolo.

Por ello, la defensa de la memoria histórica constituye hoy una tarea fundamental. Resguardar archivos, bibliotecas, museos, monumentos, tradiciones regionales y patrimonios locales no es un ejercicio de nostalgia; por el contrario, es un acto de afirmación cultural. Significa preservar la pluralidad de experiencias que han dado forma al país, la amalgama cultural que nos une como habitantes de esta tierra. Significa reconocer que tan venezolano es el joropo como la gaita zuliana, el galerón oriental, los tambores de la costa central, los cantos indígenas amazónicos o las tradiciones marítimas de Puerto Cabello.

La verdadera identidad nacional no consiste en imponer una imagen uniforme sobre una realidad diversa. Consiste, por difícil que resulte, en reconocer la riqueza de esa diversidad y en comprender que la nación es una suma de memorias regionales, locales y comunitarias que convergen en un proyecto común. Venezuela será más fuerte en la medida en que conozca y valore la totalidad de su patrimonio histórico y cultural, y no solamente una parte de él. No se trata de escuchar joropo, sembrar un araguaney o tener una orquídea en el patio. De hecho, no es más venezolano quien lo haga.

De allí que la preservación de la memoria histórica no es un asunto esnobista ni exclusivo de los historiadores; es la condición indispensable para que los venezolanos podamos reconocernos en toda nuestra complejidad y comprender quiénes somos realmente.

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