Durante buena parte del siglo XX, mucho antes de que las grandes marcas transnacionales dominaran el mercado venezolano de refrescos, las bodegas, pulperías, cafés, clubes sociales y playas eran inundadas por numerosas gaseosas locales y regionales. En Puerto Cabello, sus protagonistas fueron dos bebidas que alcanzaron una extraordinaria popularidad entre los porteños: la Kola D, elaborada por los Hermanos D’Arago y la Kola B”, producida por la fábrica Bernotti. Durante décadas, ambas marcas se disputaron la preferencia de los consumidores y terminaron convirtiéndose en símbolos de una época en la que el puerto no solo era una ciudad comercial y marítima, sino también un importante centro de producción industrial.
La rivalidad entre las kolas no fue algo extraño, pues desde finales del siglo XIX las llamadas aguas gaseosas comenzaron a popularizarse en las principales ciudades del país. Inicialmente eran consideradas productos refinados, vinculados a farmacias, boticas y establecimientos frecuentados por los sectores más acomodados. La combinación de agua carbonatada con esencias de frutas, extractos vegetales o fórmulas aromáticas importadas de Europa despertó rápidamente el interés del público. La expansión del comercio internacional y la llegada constante de mercancías a través del puerto facilitaron el acceso a máquinas, botellas, tapas e ingredientes necesarios para su fabricación. Puerto Cabello, por su condición de principal puerto de la región central, reunía condiciones ideales para el establecimiento de pequeñas industrias dedicadas a la elaboración de refrescos.
La importancia de la ciudad en este sector queda demostrada por los registros de marcas conservados en las memorias del Ministerio de Fomento. En 1893, F. H. Hemsen, hijo había obtenido protección oficial para la marca Americana, dedicada a la fabricación de limonadas y aguas gaseosas en Puerto Cabello, siendo el fundador del negocio M. Altmeyer. Décadas más tarde surgirían nuevas empresas que consolidarían la tradición refresquera local. Entre ellas destacó la casa Bernotti, cuyos productos se convertirían en referencia obligada para varias generaciones, así como los Hermanos D’Arago, quienes en noviembre de 1922 registraron oficialmente la marca “D” destinada a identificar las bebidas gaseosas que elaboraban y expendían en el puerto. El registro señalaba expresamente que la marca consistía en la letra “D” acompañada de la denominación específica de la bebida contenida en el envase, como por ejemplo la kola champaña.
La empresa Bernotti poseía ya una larga trayectoria, operando bajo el nombre de “Gran Fábrica de Bebidas Gaseosas Bernotti & Ca., Sucesores”; establecida desde 1900, ofrecía una amplia variedad de productos, entre ellos, kola champaña, crema durazno, limón, frambuesa, crema soda, granadina, gingerale, soda inglesa, imperial y radiaris y vichi. Su publicidad resaltaba además que utilizaba «agua filtrada en filtros Pasteur» y «gas purísimo importado de Inglaterra», así como jarabes especiales marca “B”, elementos que evidencian el interés de los fabricantes por asociar sus productos con criterios de calidad. El año 1917, según registros oficiales, la firma R. & O. Kolster compra esta fábrica de gaseosas, aunque en 1920 aparece como propietario de la marca Pedro. R. Bernotti domiciliado en Caracas, y al año siguiente Teolinda Bernotti, residenciada en Los Teques, funge como propietaria. La famosa marca “B”, convertida en emblema de la empresa, era presentada como «única en su especie», una afirmación que revela el orgullo con que los industriales defendían sus creaciones.
La competencia entre fabricantes no tardó en hacerse sentir. En una época en la que la protección de marcas comenzaba a consolidarse y los consumidores desarrollaban fidelidad hacia determinados productos, los industriales entendieron que la publicidad era un arma fundamental. Uno de los ejemplos más tempranos de esta pugna puede encontrarse en un aviso publicado por Bernotti, en las páginas del diario local El Boletín de Noticias de noviembre de 1919. La empresa advertía a los consumidores sobre la existencia de sodas que no pertenecían a su fabricación y exhortaba al público a exigir expresamente la botella identificada con la letra “B”. En aquella ocasión afirmaba: «Pidan la marca “B” y no tendrán quejas», defendiendo la reputación que, según sus propietarios, había sido construida durante veinte años de trabajo. Dos años más tarde la ofensiva publicitaria se intensificó. En diciembre de 1921 Bernotti publicó un aviso titulado «La Marca “B” en la arena», esta vez en El Estandarte, donde denunciaba que algunos comerciantes dejaban de vender sus refrescos para sustituirlos por productos más económicos. Allí sostenía que los consumidores «exijan siempre las inimitables bebidas de nuestra marca, que como registrada no puede ser confundida con ninguna otra». La expresión «en la arena» evocaba claramente una lucha comercial abierta, como si las distintas marcas se enfrentaran en un auténtico combate por la preferencia del público.
Sin embargo, el episodio más interesante de esta guerra de las kolas ocurrió en 1922, cuando en el mes de abril Bernotti lanzó una agresiva advertencia dirigida a sus competidores. Bajo el encabezado «Alertamos al público», acusó a otra fábrica de intentar copiar su etiqueta para inducir a error a los consumidores. El anuncio afirmaba que «se está ofreciendo al consumo una marca de bebidas gaseosas que ha querido copiar nuestra ETIQUETA con el fin de establecer la confusión y meter gato por liebre». Más adelante advertía: «nuestra “B” roja es inimitable».
Esa otra fábrica era la Kola E –probablemente fabricada en Valencia y perteneciente a E. Berrizbeitia H. o Augusto Viso– que no tardaría en responder ya que días más tarde, en las páginas de El Estandarte, publica un anuncio redactado con evidente ironía que comenzaba señalando que «se está publicando en este periódico un aviso de unos fabricantes de bebidas gaseosas, que con argumentos zoológicos (gatos, liebres, etc.) y carnavalescos (disfraces con colores, etc.) quieren demostrar que su producto es mejor que otros». A continuación, contraatacaba con una frase particularmente reveladora del clima competitivo existente: «Cuando un industrial ataca a otro de la competencia es porque reconoce su superioridad». Finalmente proclamaba las virtudes de su producto afirmando que la Kola E era «única en Venezuela fabricada con agua natural mineral carbonatada».
La polémica constituye un ejemplo de publicidad comparativa documentada en la historia empresarial venezolana. Aunque hoy pueda parecer anecdótica, demuestra que los fabricantes locales comprendían perfectamente la importancia de construir una identidad de marca y de diferenciarse de sus competidores. En realidad, detrás de aquellos avisos se libraba una batalla por un mercado en expansión, compuesto por consumidores cada vez más exigentes y familiarizados con las nuevas formas de mercadeo.
En ese escenario de intensa competencia había surgido también la Kola Champaña D de los Hermanos D’Arago. Gaetano y Michele eran oriundos de Moliterno, provincia de Potenza. El registro oficial de la marca en 1922 confirma la importancia que había alcanzado la empresa dentro de la industria local; instalada con modernísima maquinaria, en parte de fabricación italiana, y establecida en cómodos y amplios locales propios, la Fábrica de Aguas Gaseosas y Jarabes era una de importancia en el puerto, así como conocida y acreditada en la provincia. Anexa a este establecimiento existía una tipografía que, además de trabajar para la propia fábrica, ejecutaba igualmente diversos trabajos para el público. Las bebidas gaseosas y los jarabes de esta fábrica que se comercializan bajo la marca “D”, fueron premiados con Medalla de Oro en Primera Clase en la Exposición de Roma de 1929. Con el tiempo, la rivalidad entre la Kola D y la Kola B trascendería el ámbito estrictamente comercial para instalarse en el recuerdo colectivo de la ciudad. Había quienes juraban que ninguna bebida igualaba el sabor de la Kola D que desaparece del mercado en la década de los setenta, mientras otros defendían la calidad de la Kola B.
Aquella preferencia se transmitía en las familias y formaba parte de las conversaciones cotidianas. Las viejas botellas, los anuncios de prensa y los registros de marcas son hoy testimonios de una época en la que las letras B, D y E no eran simples iniciales estampadas sobre una etiqueta, sino auténticos estandartes de una competencia empresarial que animó la vida económica de la ciudad y dejó una huella perdurable en la memoria de los porteños.
mail@ahcarabobo.com
@PepeSabatino
