La lectura de la reciente reedición de La Palabra Ignorada (Banesco, 2026), interesante y ameno libro de la historiadora Inés Quintero, nos revela muchas historias de la mujer en la Venezuela del siglo XVIII y XIX y los avatares por hacer valer sus derechos frente a una sociedad y reglas que las disminuía en extremo, tratándolas en ocasiones como una posesión más del hombre. La autora nos brinda historias conmovedoras y de resiliencia, ilustrativas de la lucha diaria de aquellas por elevar su voz y exigir sus derechos. El libro nos ha servido, además, para rememorar la historia de Ángela Pérez, una palabra ignorada de la provincia, como muchas debieron existir, de las que da cuenta un legajo que reposa en el archivo de la Academia Nacional de la Historia, documento publicado en su Boletín No. 234 de Abril-Junio 1976.
Una muchacha blanca de apenas quince años, huérfana y pobre, que terminó enfrentándose con gran valentía al Comandante y Justicia Mayor interino de Puerto Cabello, don Francisco Alburquerque. El episodio, ocurrido en 1803, constituye un testimonio de los abusos de autoridad en la sociedad colonial venezolana, pero también un caso ejemplar del arrojo de una joven que, lejos de amilanarse frente al poder, decidió llevar su clamor hasta el propio Rey de España. Había quedado huérfana desde niña y su vida dependió de la caridad y protección de varias familias respetables del puerto. Primero fue acogida por su madrina y luego por doña Antonia de Aymerich y su esposo don Manuel Vieyra, quienes la criaron como una hija. La propia Ángela recordaría después, en su representación dirigida a la Corona, que aquellas mujeres habían procurado enseñarle «lo que era bueno y decente», más por el ejemplo que por los sermones. La muchacha aprendió labores domésticas, costura y las virtudes que entonces se consideraban indispensables para una señorita honesta.
La tranquilidad de aquella vida modesta se vio alterada cuando el mando militar y político de Puerto Cabello recayó interinamente en Francisco Alburquerque, Sargento Mayor de los Valles de Aragua y pariente del Capitán General de Venezuela. Según los testimonios recogidos en el expediente, el nuevo comandante poseía una reputación temible; los vecinos conocían ya su carácter violento y sus inclinaciones libertinas. La denunciante lo describió como uno de esos hombres que aumentaba «el terror a fin de abusar impunemente de sus pasiones». La denuncia no era exagerada, al punto que en ella se afirma que numerosas mujeres habían sufrido persecuciones semejantes, incluyendo unas hermanas holandesas que habrían difundido en las colonias vecinas los atropellos sufridos en la ciudad marinera.
El detonante del drama ocurrió durante unas fiestas públicas organizadas por Alburquerque. El comandante multiplicaba corridas de toros, comedias y espectáculos de maromas con una frecuencia que, según decía la propia Ángela, habría sorprendido «a la corte de Madrid mismo». En una de aquellas corridas, celebrada el 1° de enero de 1803, el funcionario observó desde su palco a la joven asomada en una ventana cercana, sin apartar de ella el catalejo durante toda la función. Esa misma noche llamó a don Manuel Vieyra y le ordenó que llevara la joven a su residencia, el padrasto comprendió perfectamente lo que aquella orden significaba. Negarse equivalía a desafiar al hombre que reunía en sus manos la autoridad militar y judicial de la plaza, aun así, se resistió. El castigo fue inmediato, Alburquerque ordenó encarcelarlo y la noticia se propagó rápidamente en la ciudad. La esposa de Vieyra, doña Antonia de Aymerich, aterrada ante la posibilidad de que la joven fuese tomada por la fuerza, huyó de la casa junto con la pretendida. Ambas buscaron refugio en casa del tesorero de las Reales Cajas, don Francisco de Sojo, uno de los funcionarios más respetados del puerto. Allí fueron protegidas mientras la indignación comenzaba a extenderse por la ciudad.
El expediente refleja de manera extraordinaria la atmósfera de miedo que se vivía entonces, afirmando Ángela que nadie se atrevía a proteger públicamente a una muchacha perseguida por el comandante. El terror provenía no solo del poder formal de Alburquerque, sino de su capacidad para manipular tribunales y autoridades. El propio funcionario intentó presentar el caso ante la Real Audiencia de Caracas como un asunto de simple desobediencia a la autoridad, tergiversando los hechos y acusando incluso al tesorero Sojo de fomentar alteraciones contra el orden público. La reacción de la Real Audiencia, al menos en un primer momento, resultó ambigua e inquietante. El tribunal ordenó que la joven fuese trasladada a otra casa, «depositada» allí bajo supervisión conjunta del comandante y del cura párroco. Aquello equivalía, en la práctica, a devolverla a la esfera de control del mismo hombre contra quien clamaba protección. La situación se agravaba porque el párroco titular había fallecido y el cura interino dependía políticamente de Alburquerque.
Pero lo más extraordinario del caso fue la decisión de aquella muchacha a no resignarse. Escribió directamente al Capitán General, al Obispo de Caracas y finalmente al Rey. Sus cartas constituyen piezas de enorme valor histórico y humano. En ellas aparece una joven culta para su tiempo, capaz de construir un alegato moral y político contra el abuso de poder. Sus palabras muestran, además, una notable conciencia de la dignidad personal. Lejos de limitarse a implorar compasión, denunciaba la corrupción de los funcionarios que convertían la autoridad en instrumento de sus deseos, advirtiendo que el honor de la monarquía descansaba precisamente en la virtud de sus gobernantes y vasallos. Hay en sus escritos frases de una fuerza sorprendente, no se presenta únicamente como una víctima, sino como la voz de una sociedad aterrorizada. Describe a todo Puerto Cabello consternado por los excesos del comandante y acusa directamente a Alburquerque de sostener sus pasiones mediante el miedo. Incluso, señala el conflicto de intereses existente por el parentesco entre el funcionario y el Capitán General.
La perseverancia de la joven produjo finalmente efecto. El caso llegó a conocimiento de la Corona española. Una carta remitida, desde Aranjuez el 17 de abril de 1803, por José Caballero revela que el Rey había conocido «con mucho desagrado» la conducta de Alburquerque, «quien abusando de la autoridad de su mando, se vale de ella como instrumento de sus pasiones, atropellando a las mujeres». El documento ordenaba nombrar un juez comisionado para investigar secretamente los abusos cometidos por el comandante contra Ángela Pérez y otras mujeres del vecindario. Más importante aún, el Rey autorizaba relevar inmediatamente a Alburquerque de su cargo mientras se desarrollaba la investigación. La orden real es particularmente reveladora porque reconoce expresamente que aquellos excesos parecían formar parte habitual de la conducta del funcionario y que el escándalo había trascendido incluso a colonias extranjeras. La Corona exigía que el Capitán General actuara con imparcialidad, «desentendiéndose» del parentesco que lo unía al acusado.
No se conserva la resolución definitiva del proceso, pues el expediente guarda silencio. Sin embargo, el hecho fundamental que emerge de la historia es el de una joven huérfana que consigue que la máxima autoridad del imperio escuchara su denuncia, y separara del mando a un déspota comandante militar acusado de utilizar el poder para perseguir mujeres. El episodio permite asomarse a varias realidades de la entonces sociedad colonial; por un lado, evidencia la enorme vulnerabilidad de las mujeres frente a funcionarios investidos de autoridad casi absoluta, especialmente, en los pueblos lejanos. Pero también muestra el rechazo generalizado de tales prácticas, como se aprecia de la solidaridad y protección recibida de la familia Vieyra, el tesorero Sojo y muchos vecinos que arriesgaron tranquilidad y prestigio por defender a la joven.
Podría decirse que, a pesar del autoritarismo reinante, en ocasiones la justicia imperó. Sobre todo, la historia de Ángela Pérez revela que aún dentro de aquella estructura profundamente jerárquica y desigual, existían espacios para la resistencia moral. Hubiese podido guardar silencio y sucumbir a las apentencias de Alburquerque, pero en vez de someterse, decidió escribir, denunciar y apelar a instancias superiores con una firmeza extraordinaria, la misma que a lo largo de la historia han demostrado las mujeres en la defensa de sus derechos y conquista de nuevos espacios.
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@PepeSabatino
