La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna constituye uno de los episodios más trascendentes en la historia sanitaria moderna, no solo por el alcance científico de su propósito, sino por el carácter profundamente humano de una empresa concebida para llevar la inmunización contra la viruela a los territorios americanos del Imperio español. Poco más de transcurridos dos siglos, cuando se evocan los hechos asociados a la expedición de Francisco Javier Balmis, persiste todavía una afirmación que con frecuencia escuchamos de que la vacuna llegó a Venezuela por el puerto de La Guaira. Sin embargo, la documentación histórica demuestra que el primer contacto de la expedición con territorio venezolano ocurrió en Puerto Cabello, el 20 de marzo de 1804, hecho este que motiva la revisión del episodio.

La expedición, organizada por orden del rey Carlos IV, buscaba difundir la vacuna de Jenner en América y establecer juntas permanentes que garantizaran su conservación y aplicación futura. El reto principal consistía en trasladar el fluido de la vacuna activo durante largas travesías oceánicas, razón por la cual se diseñó el conocido sistema de transmisión “brazo a brazo”, utilizando niños portadores sucesivos del virus vacuno. El 30 de noviembre de 1803, la expedición con Balmis al frente y acompañado de su equipo técnico, 22 niños y su cuidadora Isabel Sendales y Gómez, a bordo de la corbeta María Pita, partieron de la Coruña cruzando el Atlántico y continuando su ruta hacia los territorios americanos, tras escalas en Canarias y Puerto Rico. Fue precisamente luego de la salida de este último puerto, el 12 de marzo de 1804, cuando las condiciones del viaje alteraron el plan original. Aunque, inicialmente, Balmis pretendía desembarcar en La Guaira las circunstancias meteorológicas y otras dificultades a bordo le obligaron a modificar el itinerario.

Gracias a una carta escrita por Balmis desde Puerto Cabello, conocemos «que había salido con pocos niños porque el gobernador [Puerto Rico] le había opuesto toda clase de dificultades». Además, la pérdida de la vacuna parecía inminente, pues era imposible inocular a los otros niños que le quedaban «por su débil constitución aumentada con el mareo e incomodidades del viaje»; de hecho «llegó a verse en la mayor aflicción al hallarse sobre una costa desconocida con solo un niño con vacuna, y ésta en sazón de ser empleada en el mismo día». Por tal motivo, y sin muchas opciones Balmis decidió que el desembarque se haría en cualquier sitio de la costa, queriendo el destino que la embarcación echara anclas en nuestra tranquila rada, convirtiéndose al puerto carabobeño por cosas del azar en el lugar donde se inicia en tierra venezolana, la campaña de vacunación más ambiciosa de su tiempo.

El Dr. Ricardo Archila, en su trabajo La Expedición de Balmis en Venezuela (Caracas, 1969) –quien consultó un tomo relativo a la expedición que se conserva en el archivo del Concejo Municipal de Caracas y documentación existente en el Archivo General de la Nación– ofrece una valiosa información para valorar el significado de aquel desembarco: «Por lo visto, el primer contacto con la costa venezolana se hizo en situación conflictiva. Afortunadamente, la llegada a tierra habitada solucionó el grave problema. El Comandante de la Plaza, don Pedro Suárez de Urbina, pese a la sorpresa, mejor dicho, a la llegada inesperada de la Expedición, prestó toda clase de facilidades. Su proceder, decisivo y oportuno, mereció las «más expresivas gracias» por parte del señor Presidente y Capitán General. En consecuencia, Balmis, autorizado ampliamente para el caso, procedió a la vacunación inmediata de 28 niños «de los principales del pueblo». ¡Habíase salvado la vacuna!». El historiador Dr. Archila aclara, importante acotarlo, que no fueron 28 sino 25 niños los vacunados.

Cuatro días permanecieron en el puerto, mientras reparaban la corbeta y se procedía a la reorganización de la expedición y la evaluación del estado del fluido, tomando Balmis la decisión de que la expedición se dividiera en dos grupos para garantizar el pronto arribo de la preciada vacuna a la capital. Uno, liderizado por Balmis acompañado del Ayudante Antonio Gutierrez, el Practicante Rafael Pérez, los Emfermeros Pedro Ortega y Ángel Cresto y un niño con los «granos vacunales», partiría por tierra con destino a Caracas en 24 de mayo; mientras que el otro, compuesto por el Practicante Manuel Julián Grajales, el Ayudante Francisco Pastor y dos niños con el fluido, lo harían por por mar a bordo del guaracostas Rambli, con destino a La Guaira, efectuando la vacunación en ese puerto. El Dr. Archila apunta, además, que el Vice-Director José Salvany permanecería en Puerto Cabello «para hacer una vacunación general, a fin de dar este beneficio y dar por perpetuada la vacuna en él», partiendo días más tarde al puerto guaireño en la corbeta de la expedición.

Cuando la expedición, finalmente, alcanzó Caracas después de su inesperado arribo a Puerto Cabello y del complejo traslado por tierra y mar, comenzó una de las fases más importantes de toda la misión en territorio venezolano. Lo ocurrido en la capital no fue simplemente una visita protocolar, allí se estableció el primer modelo institucional americano para la conservación y difusión permanente de la vacuna, y se sentaron las bases para la expansión sanitaria hacia otras regiones. La llegada de Balmis a la capital estuvo marcada por un ambiente muy distinto al que había encontrado en Puerto Rico.

Mientras en aquella isla había enfrentado reticencias y dificultades administrativas, en Caracas las autoridades civiles, eclesiásticas y médicas habían sido previamente informadas y prepararon una recepción favorable. El Gobernador y Capitán General Manuel de Guevara y Vasconcelos había dictado instrucciones para garantizar alojamiento, recursos económicos, colaboración médica y difusión pública de la campaña vacunadora, comprendiendo la magnitud del acontecimiento y su potencial beneficio para la población. Esta disposición previa facilitó que las actividades comenzaran casi inmediatamente. Uno de los primeros objetivos fue asegurar la conservación activa del fluido vacuno. La vacuna dependía aún del sistema de transmisión brazo a brazo, por lo que era indispensable iniciar nuevas inoculaciones en niños locales para mantener viva la cadena inmunológica. Se organizaron sesiones públicas de vacunación que tenían un doble propósito: sanitario y pedagógico. Por un lado, inmunizar a la población; por otro, demostrar ante la opinión pública la eficacia y seguridad del procedimiento, reduciendo temores y resistencias.

Paralelamente, Balmis dedicó esfuerzos importantes a la formación técnica de profesionales locales. Reunió a médicos y cirujanos, explicó el procedimiento correcto para la extracción y aplicación del fluido y advirtió sobre los errores que podían producir falsas vacunaciones, un problema que ya había observado en otras escalas del viaje. La intención era que la campaña no dependiera únicamente de su presencia temporal, sino que pudiera continuar una vez que la expedición abandonara el territorio. Sin embargo, el paso decisivo fue la creación de la Junta Central de la Vacuna en Caracas, considerada la primera organizada por la expedición en el continente americano. Esta Junta tendría la responsabilidad de conservar el fluido vacuno, supervisar las vacunaciones y distribuir la inmunización hacia otras ciudades y provincias. Su reglamento serviría posteriormente de modelo para otras capitales americanas, lo que demuestra el papel pionero desempeñado por Caracas dentro de la red sanitaria que la expedición pretendía construir.

Durante su permanencia en la capital se efectuaron numerosas inoculaciones no solo en Caracas sino también en poblaciones cercanas y en los puertos de La Guaira y Puerto Cabello. La vacunación dejó de ser una acción de urgencia para convertirse en un programa continuo, estructurado y respaldado oficialmente. El impacto de la presencia de Balmis fue notable y el entusiasmo que despertó la llegada de la vacuna quedó reflejado incluso en expresiones literarias, como la conocida “Oda a la vacuna” escrita por Andrés Bello en 1804, testimonio del valor simbólico que la sociedad caraqueña otorgó a aquella innovación médica.
La expedición que partirá con destino a Santa Fe de Bogotá fue percibida no solo como un acto científico, sino como un signo de progreso y modernidad, en el que Puerto Cabello también jugó un papel protagónico. Sin duda, un hecho digno de ser conocido por todos y a la espera de alguna modesta placa o monumento que perpetúe tan trascendente episodio para la ciudad.

@PepeSabatino
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