La Trepadora fue la tercera novela de Rómulo Gallegos. Publicada en 1925, se está celebrando su centenario. Detener la mirada crítica sobre esta novela es importante no solo por el jubileo mismo, sino por sus planteamientos sobre la sociedad venezolana. Como parte de estos, abordaré el tema de las descendencias asimétricas.
Básicamente en las descendencias asimétricas un grupo de cognados no heredan los bienes del patrimonio familiar y están sometidos, en mayor o menor grado, a una situación real o potencial de desprecio social, a diferencia de las descendencias simétricas en las que los cognados tienen derechos y no sufren de desprecio social. Esto se aplica en Venezuela al caso del contraste entre la filiación legítima e ilegítima que eliminó el Código Civil de 1982.
Puede ocurrir también el supuesto de que no haya bienes heredables y el desprecio social no exista, por lo que la descendencia, a pesar de la existencia de hijos extramatrimoniales, se convierte de hecho en simétrica. Como parte de mi trabajo antropológico en comunidades indígenas y campesinas, he documentado casos como estos en algunas regiones del país, especialmente en áreas rurales, incluso acompañadas de situaciones estables o no de poliginia.
En la Venezuela de la década de 1920, las filiaciones legítimas e ilegítimas jugaban, sin embargo, un papel determinante en la estructura social y, por tanto, en la herencia de bienes y transmisión de propiedades. Las descendencias asimétricas iban acompañadas de una valoración desigual, según las circunstancias de cada una, como he expuesto.
Antes de La Trepadora, Gallegos había escrito las novelas Reinaldo Solar y El Forastero (esta última solo publicada en 1942, y cuya primera versión fue dada a conocer en 1980). Gallegos decía en relación a su trabajo como novelista que había escrito sus novelas con un oído puesto sobre las realidades venezolanas para denunciarlas. En otras palabras, además de una intención literaria, tenía, como fue común en la producción literaria hispanoamericana, un propósito político, de denuncia de realidades que en su opinión debían considerarse para su subsanación y para la construcción de un nuevo modelo de país.
La Trepadora retrata la Venezuela rural, predios que no están identificados plenamente como en el caso de Doña Bárbara o Canaima, por ejemplo. Por el relato y las descripciones se puede inferir que son zonas cercanas a la capital, los Valles del Tuy, Los Altos y su piedemonte. Gallegos tenía una vinculación especial con los Valles del Tuy y, en concreto con Charallave, porque su esposa, doña Teotiste Arocha Egui, era precisamente nativa de esa ciudad mirandina y pertenecía a familias muy arraigadas en esa población. En la descripción del pueblo cercano a la hacienda “Cantarrana”, donde transcurre la mayor parte de la acción de la novela, el autor presenta rasgos que recuerdan a Los Altos, quizá a San Diego de Los Altos o, en todo caso, el piedemonte de Los Altos, hoy llamado mirandinos, tal vez incluso Paracotos.
En la novela se retrata la vida de haciendas de pueblos pequeños, las problemáticas sociales y económicas vinculadas a este modo de vida; conflictos y tensiones entre grupos y clases sociales; la oposición entre el campo y la ciudad; el mestizaje, visto por supuesto con los ojos de la época. Sin embargo, no se puede hacer un análisis anacrónico. Los referentes sociocultural y geográfico de la novela eran las realidades y la situación de la Venezuela de hace cien o más años. Aunque de manera incipiente, se presenta la modernización de Venezuela, esa tensión entre lo nuevo y lo viejo que ya empezaba a cambiar lentamente. La novela lo refleja mediante la descripción de las visitas que se recibían en la hacienda “Cantarrana” y, en especial, en la parte final con la descripción de la ciudad de Caracas y los balnearios de Macuto y los contrastes que percibe allí Victoria Guanipa, la hija de Hilario y Guanipa Adelaida Salcedo. Para Victoria, el mundo, el que ella había tenido hasta ese momento, era la hacienda y el pequeño pueblo no identificado, reflejo del país rural todavía muy distante de los ámbitos urbanos que entonces apenas se asomaban a la perspectiva de los cambios que habría de generar la economía petrolera.
“Cantarrana” era la hacienda de don Jaime del Casal, heredada de sus mayores y dedicada a la producción de café. A su muerte, la compró Hilario Guanipa, su hijo mayor, habido en una unión anterior al matrimonio y, por ende, acorde con la legislación de la época, considerado “natural” o ilegítimo.
Modesta Guanipa, la madre de Hilario y una chica muy joven cuando lo tuvo, era una “mulatica”, como se describe en la novela, hija de una trabajadora de la hacienda, de los que se conocen con el nombre de “cogedores de café”. Estos eran quienes recolectaban el café, iban a las haciendas cuando se recogía la cosecha y, por lo general, regresaban a sus pueblos. Gregoria Guanipa, la madre de Modesta, era oriunda de Barlovento, tal vez de Caucagua, a juzgar por el apodo de Modesta·(“la flor de Caucagüita”) y la relación de unos tíos suyos con Capaya, una población cercana a Caucagua.
Horacio Biord
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