Dijo alguien que en Puerto Cabello se conjugaban Esparta y Atenas, pues muchos de sus hijos abrazaron las armas para defender a la patria, mientras otros se dedicaron al comercio y a cultivar el intelecto, entregándose a los libros y a las artes en general. Pedro Montbrun, o Mombrun en ocasiones, forma parte de estos últimos. No es la primera vez que nos referimos a él, pues sobre la compra por el Gobierno nacional de su colección de prensa y otros impresos del siglo XIX, que hoy reposa en la hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, escribimos en el Boletín No. 281 de esa corporación, correspondiente a enero-marzo de 1988. Entonces nos llamó la atención una enigmática “M” manuscrita, estampada en muchas de las páginas del diario El Vigilante, periódico que circuló en el puerto entre 1859 y 1863, incógnita que quedaría despejada cuando nos topamos, al margen de uno de los números, con un mensaje que, de puño y letra, le enviaba a Pedro Montbrun su amigo el general Bartolomé Salom, ya radicado en el bucólico valle de San Esteban.

Nacido en la ciudad marinera el 17 de septiembre de 1800, desde muy joven fue un apasionado coleccionista de periódicos, folletos, hojas volantes y todo tipo de impresos relacionados con la vida política, social y cultural del país, pero también, junto a su hermano José Leandro, se dedicó a administrar los negocios de la familia, que tenía algunas haciendas y otras posesiones. Hijo de Domingo Montbrun y de María del Carmen Zamorán, ambos propietarios acomodados y firmes realistas durante los años de la guerra, Pedro creció en medio de los sobresaltos de la independencia, inclinándose por la república al punto de que el año 1828, y junto a su hermano, aparecen entre los firmantes de una representación que la municipalidad de Puerto Cabello envía al Libertador, con ocasión de la Gran Convención de Colombia, también conocida como la Convención de Ocaña. Su madre, propietaria de algunas embarcaciones dedicadas al comercio con las islas, dejó testimonio escrito de esa lealtad a la causa española en una carta de 1813, en la que afirmaba con claridad su deseo de servir «al gobierno… (…)… a favor de la causa española» y de contribuir, aun en la escasez, «a la victoria de nuestras armas». Aquel entorno familiar no impidió que Montbrun, ya en la Venezuela independiente, dedicara su vida adulta a labores civiles, administrativas y culturales, alejadas de toda estridencia política.

En el Puerto desempeñó tempranamente funciones públicas. Para 1834 ejercía el cargo de juez de paz de Patanemo, responsabilidad que, según sus propias palabras, resultaba pesada y demandante. En una carta dirigida en 1837 al jefe político del cantón Puerto Cabello, confesaba con franqueza: «no pareciéndome justo que yo solo cargue todo el peso de la administración de justicia… (…)… adjunto nota por si tuviere a bien elegir alguno de los que en ella se manifiestan». La pulcritud de su caligrafía y la forma cuidada de su firma, en ocasiones como Mombrun, delatan a un hombre de formación sólida y sensibilidad intelectual. Se desempeñó, en 1844, como secretario del gobierno regional.

Su vida estuvo estrechamente ligada a figuras centrales de la historia porteña y nacional. Cultivó una profunda amistad con Bartolomé Salom, prócer de la independencia, quien depositó en él una confianza absoluta. Fue Montbrun quien realizó en Caracas diligencias para que se reconociera el tiempo completo de servicio militar de Salom entre 1810 y 1816. Más aún, actuó como intermediario en el traslado de correspondencia fundamental, incluidas cartas de Simón Bolívar dirigidas a Salom, correspondientes a los años 1823 a 1829. José Félix Blanco, autor de los célebres Documentos para la historia pública del Libertador de Colombia, dejaba constancia de esa mediación al escribir: «la carta que Ud. tuvo la bondad de escribirme… me ha sido entregada… por nuestro amigo D. Pedro Mombrun».

Instalado definitivamente en Caracas, Montbrun desempeñó cargos de confianza, entre ellos la mayordomía de fábrica de la Catedral, función que le permitió organizar los archivos eclesiásticos metropolitanos. Paralelamente, continuó con fervor la tarea de reunir impresos, programas, aguinaldos y documentos de toda índole, formando una colección de valor incalculable para la historiografía venezolana, que fue adquirida hacia 1898, según una Memoria del Ministerio de Instrucción Pública. Parte de ese acervo se perdió trágicamente en el terremoto de 1900, cuando el desplome del techo de una de las salas de la Academia destruyó numerosos materiales, pérdida que subraya aun más la magnitud de lo que sí logró salvarse gracias a su empeño. La personalidad del personaje fue evocada con afecto e ironía por intelectuales de su tiempo. Arístides Rojas, en una nota de 1871, aludía a su devoción cotidiana por los próceres de la independencia y a su inclinación casi ritual por los documentos históricos, recordándole con humor que no le permitiría copiar ciertos papeles que en nada interesaban a su devoción patria. Ese comentario, lejos de ser trivial, revela hasta qué punto Montbrun era reconocido como un custodio celoso del pasado.

Don Pedro Montbrun murió en Caracas el 25 de abril de 1892, después de una vida austera, honrada y laboriosa. No dejó grandes discursos ni obras firmadas, pero sí algo más perdurable: la conservación de una memoria impresa sin la cual hoy sería imposible reconstruir numerosos aspectos de la historia venezolana del siglo XIX. Por tanto, no es exagerado afirmar, como se ha dicho con justicia en una nota biográfica aparecida en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, No. 20, del 28 de octubre de 1922, que «consagró en gran parte su vida a reunir y conservar para la República una de las más vastas y variadas colecciones de hojas volantes, opúsculos, folletos y demás impresos sobre la vida política, social y literaria de Venezuela».

@PepeSabatino
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