El término caleta proviene de cala, que según la RAE describe a una pequeña ensenada o entrada de mar en la costa. Aunque en países como Ecuador, México y Nicaragua aquel se refiere a una embarcación de tráfico costanero que sirve a las calas, en el nuestro el vocablo identifica al gremio de porteadores de mercancías, especialmente en los puertos marítimos, en otras palabras, los trabajadores que movilizan las mercancías de muelle a buque y viceversa. En tiempos del Instituto Nacional de Puertos los servicios de estiba y caleta llegaron a ser muy poderosos, bajo el amparo sindical de la Unión de Trabajadores de los Muelles (UTM), pero luego de la transferencia de los puertos a las regiones, a partir de 1991, el vocablo cayó en desuso, pues desde entonces se habla de los obreros o, simplemente, trabajadores portuarios.
Se trata de uno de los oficios más antiguos en la ciudad, teniendo en cuenta que en 1730 arriban a Puerto Cabello los tres primeros navíos de la Real Compañía Guipuzcoana, marcando el inicio de un intenso comercio bajo el monopolio de esta compañía hasta 1785 cuando desaparece. Comienza así el flujo comercial con Europa (Cacao, café, algodón y añil, entre otros), siendo indispensable el trabajo de los caleteros coloniales en el incipiente puerto. Bajo el monopolio de la Guipuzcoana, la principal ocupación de los blancos vizcaínos era el comercio y la navegación, las relaciones comerciales operaban entre puertos del mismo continente y aun cuando el comercio con la metrópolis fue abierto en 1798 todo lo importado de España —como lo señala el viajero francés Depons— llegaba en cuatro o cinco barcos al año, los cuales eran utilizados para exportar al mismo tiempo distintas especies a la Madre Patria. En cambio, no sucedía lo mismo con el servicio de cabotaje en el cual eran ocupados más de setenta embarcaciones de distintas capacidades, en el que Curazao y Jamaica acaparaban las dos terceras partes del servicio. Finalizada la guerra de independencia con la toma de la Plaza Fuerte (1823), comienza la reconstrucción de los muelles avivándose el comercio. Un testimonio de aquel movimiento comercial nos lo brinda John Hawkshaw, ingeniero inglés que la ciudad recibe hacia 1835, en sus Reminiscencias de Sudamérica. Según el visitante, las mercancías eran llevadas de los almacenes a los muelles en carretas tiradas por caballos, los que abundaban en la ciudad. En torno al puerto interior había un considerable espacio para el muelle, que había sido levantado usando un método que consistía en clavar estacas de vera erigiendo contra ellas un muro de coral, posteriormente los muelles eran pavimentados con el mismo material que se obtenía en gran abundancia de las pequeñas islas adyacentes.
En las primeras décadas del siglo XIX las actividades del gremio caletero ya se hacen sentir en los puertos. La historiadora Catalina Banko, en su trabajo El Comercio y las rutas del Atlántico: El Puerto de La Guaira (Siglos XIX y XX), apunta que la Caleta de La Guaira emerge con una fuerza sorprendente, dando cuenta de un curioso incidente en este puerto, ocurrido en 1845, cuando los caleteros reaccionan en defensa de un marinero español que había huido de un barco norteamericano donde de acuerdo con su propio relato, había sido sometido a duros castigos y humillaciones. Fue el caso que para impedir la entrega del marinero al capitán del barco, como lo había decidido el jefe civil de La Guaira, se alzaron los peones. De hecho, la historiadora Banko encuentra en este movimiento una temprana organización de los trabajadores portuarios. La modernización del puerto de La Guaira por los ingleses también desatará serios conflictos con ese gremio que, incluso, irá a la huelga en varias ocasiones hasta entrado el siglo pasado.
En Puerto Cabello los caleteros fueron menos conflictivos. Cada casa de comercio tenía su cuadrilla de peones que cosían, pesaban y arreglaban todo lo relativo al embarque, y que según algunas crónicas periodísticas eran bien y puntualmente pagadas por sus patronos. En febrero de 1873, sin embargo, un decreto ejecutivo de Guzmán Blanco asigna a las aduanas la creación de la Caleta, decreto este que el Administrador de la aduana local reglamentaría en mayo del año siguiente, limitando el servicio a 150 trabajadores y 25 carros tirados por bestias, organizados en 4 cuadrillas bajo el mando, dirección y vigilancia de capataces, con quienes debían entenderse las casas de comercio a los efectos de la contratación del servicio, desatando lo anterior una huelga de los caleteros por su desacuerdo con tal normativa. Bajo la administración de Francisco Linares Alcántara (1877), con ocasión de los serios daños ocasionados por una torrencial lluvia a las mercancías del vapor alemán Rhenania, mientras eran manejadas por la Caleta de la aduana, los comerciantes porteños reclaman por las fatales consecuencias del sistema de acarreo para la importación y exportación exigiendo cambios.
Los buques de pasaje tampoco estuvieron exentos de desafueros, tal y como se advierte de una nota titulada “Caleteros” aparecida en el El Comercio, del 1° de diciembre de 1891: «Ha tiempo que estábamos por decir algo acerca de esa patrulla de individuos que se instalan en los muelles cada vez que llega al puerto un vapor con pasajeros con el fin de bajarles de abordo el equipaje a estos. Santo y bueno que de ese modo busquen lograrse los medios de vida esos sujetos, pero sin el abuso que se toman, pidiendo a los incautos pasajeros escandalosos precios por cualquier insignificante bulto que le cargan. Este abuso que delatamos viene cometiéndose por esos hombres de mucho tiempo a esta parte, y es fuerza ya de que se le ponga coto a esos despojadores de los prójimos que desgraciadamente se ven precisados a caer en sus garras. No desmayaremos en esta tarea hasta tanto no se corrija el mal».
Si bien es cierto era uno de los oficios más antiguos y el gremio que contaba con el mayor número de trabajadores, la verdad fue uno muy mal remunerado, según un informe preparado en 1882 por el cónsul estadounidense Horatio Beach, pues los caleteros recibían 1,60 dólares por día, el mismo jornal que los peones y los cargadores de almacén.
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