HISTORIAR:

UN VIEJO OFICIO SIEMPRE RENOVADO

He querido para esta cita leer ante ustedes algunas pinceladas sobre la larga andadura de la historia escrita, o mejor: de la historiografía. Concretamente, hasta los albores de lo que se conoce como la “ciencia histórica”, que, lo único que nos deja en claro, es su final como parte de las Bellas Artes y su despegue, y no del todo, de la filosofía, para hacerse un saber fáctico hermanado con otros saberes de lo social, tratando de ser, como la definiera Marc Bloch, “la ciencia de los hombres en el tiempo”. 

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Con frecuencia se suele advertir acerca de la ambigüedad de la palabra historia. En efecto, son varios los significados que se cobijan con ese mismo significante. Aparte de designar aspectos distintos de lo que llamamos historia, aluden también a cambios ocurridos en su trayectoria como tradición intelectual. Veamos: 1. La historia como “res gestae”, como hechos o eventos acaecidos. Es la realidad histórica como tal y el objeto de su conocimiento. 2. La historia “rerum gestarum”, como reconstrucción e interpretación de los hechos históricos. Es la historia escrita, o la disciplina de la historia, distinta siempre de lo que fue en su origen y pasado. Los dos conceptos que siguen corresponden a formas de ejercicio crítico a los que puede someterse la producción historiográfica:

  1. La historia como historia de la historiografía, referida al estudio, mediante la recopilación y clasificación de la historia escrita, de los modos teóricos y metodológicos empleados en la creación del conocimiento histórico; así como lo relativo a su utilidad social. 4. La historia de las filosofías de la historia o del pensamiento filosófico histórico, parte o entidad separada de la anterior, entendido como la comprensión de los significados y sentidos dados tanto a la historiografía como a la realidad histórica a lo largo del tiempo.

Hay una propuesta para romper dicha ambigüedad que consiste en reservar el término “historiografía” para toda forma de conocimiento histórico, y la palabra” “historia” para los significados atribuidos a la realidad histórica como tal, vista como pasado, como mundo histórico, o como sujeto de la historiografía.

Como fuere, y admitiendo como lógicos sus distintos puntos de vista, el conocimiento histórico se refiere siempre a la vida en sociedad. Una vida, como dice el profesor Ángel Orcajo, en quien, con mucho, nos basamos, que primero se vive, luego se narra y después se juzga desde sus distintos niveles. Esa vida narrada, la historiografía, insistimos, no es siempre la misma. Aunque guarde cierta identidad. Poco, por ejemplo, tiene que ver la historiografía de hoy con la crónica medieval; y ni se diga con aquel género literario, tan apreciado y peculiar, que nació en la antigüedad clásica, bajo el signo de la veracidad, para resguardar la memoria de los hechos humanos trascendentales.    

La forma en que se escribe la Historia da lugar a una época teórica y metodológica. El objeto de estudio cambia y, con él, los modos en que los historiadores crean su saber, y así, de forma sucesiva, hasta llegar a la misma naturaleza del conocer histórico. Igualmente, varía el uso social o político de tal conocimiento. Ambas funciones parecen ser inevitables, y siempre han estado presentes, incluso desde su mismo origen. Funciones que cabe, conceptualmente, distinguir así: una cosa es el valor científico de un discurso histórico, es decir, su legitimidad teórica, que tiene valor por sí misma, pues el historiador, como científico, se interesa en el estudio del pasado. Y otra cosa es la utilidad social o ideológico-política, extracognoscitiva, en todo caso, que un discurso histórico pueda tomar en un momento determinado. Dejando en claro, de una vez, que, en Historia, no hay una vinculación necesaria entre la legitimidad y su utilidad.     

Todo discurso histórico se inscribe en una determinada realidad social donde puede resultar más o menos útil a la construcción de relatos por parte de un sector en pugna. Y su éxito dependerá, más que de cualidades teóricas, de ejercicios de liderazgo y de su capacidad para crear filiaciones (pertenencias) e identidades. De esto último, hay entre nosotros pruebas suficientes, pues hemos visto el intenso uso de un discurso político cuya legitimación es procurada a través de la creación de una Historia oficial.  

En el pasado remoto, la tendencia a identificar legitimidad y utilidad tenía su origen en la idea de una historia repetitiva e ineluctable, en la que los historiadores prescribían reglas de conducta bajo la presunción que se tenía de que, la ocurrencia de los procesos, obedecía a pautas fijadas de una vez por todas. Tal como fue en los primeros tiempos de la disciplina tanto en Grecia como en Roma. Más tarde, introducida las nociones de temporalidad, la historia con inicio, fin y direccionalidad, aporte del cristianismo medieval, con Agustín de Hipona, la confianza en una vinculación directa entre legitimidad y utilidad descansaba solo en la creencia de que la comprensión del pasado otorgaba pleno dominio del presente.

En la historia contemporánea hemos visto situaciones de ruptura total entre legitimidad y utilidad, en las que un discurso histórico de poder posee incluso la capacidad de disolver la lógica de la legitimidad, y someter la historia de un país a una intensa explotación ideológica. El papel de esta historia como ideología es la de crear identidades políticas y servir como una ideología de dominación, obrando a la par como un formidable obstáculo epistemológico al esclarecimiento racional y pluralista del pasado.  

Todo esto nos advierte sobre la centralidad que, culturalmente, ha tenido el discurso histórico en el mundo occidental. Así que cuando un país alcanza el nivel de abordar en libertad el estudio crítico de su propia historiografía, debe considerarse como una expresión de su desarrollo cultural y, al mismo tiempo, una evidencia de las muchas historias vividas y escritas, como dice Orcajo. Algo que suele tomar madurez y tiempo.

En Venezuela, por ejemplo, si se admite que la “Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela”, de José de Oviedo y Baños, y de 1723, es el primer trabajo historiográfico digno de tal condición, concluiríamos que solo fue más de dos siglos después cuando pudo comenzar, con don Mario Briceño Iragorry y luego con Carrera Damas, en mayor medida, el estudio crítico-histórico de la historiografía nacional. A Carrera corresponde el mérito de la fundación, en 1961, de la cátedra de Historia de Historiografía Venezolana en la Universidad Central de Venezuela, orientada como dijo a “sentar las bases de un cambio de la conciencia social y política”. 

En cuanto a la condición de historiógrafo de Oviedo y Baños, vale considerar el breve trabajo de Eduardo Arcila Farías, titulado “Ubicación de Oviedo y Baños en la Historiografía”. Allí, el autor señala la gran formación intelectual de Oviedo para el trabajo histórico, y la condición de la obra antes señalada como una gran realización. Según Arcila, Oviedo pudo beneficiarse de las ideas historiográficas y de la metodología de la segunda mitad del siglo XVII, cuando Bossuet, Mabillon y Bouquet “dieron a la Historia un nuevo sentido y nuevas normas que habrían de conducir a la escuela erudita”. A la que Oviedo abrazó “a plena conciencia” –dice Arcila–, proclamando el valor insuperable del documento y de lo que los metodólogos llaman “la crítica de las fuentes” como base de la reconstrucción de los hechos históricos. A decir verdad, esto sería lo que separa a Oviedo del resto de los cronistas, y lo que justificaría que se lo haya caracterizado como el último de los cronistas y el primer historiador. Hay controversia al respecto.

A la escuela erudita hay que atribuir dicho mérito, logrado en el marco de una idea medieval del mundo, y cuyo mayor impacto, como se dijo antes, sería de orden metodológico; lo que en su tiempo apoyaba la búsqueda de una Historia eclesiástica más creíble, depurada de fábulas, por lo que debía basarse, ante todo, en la autenticidad documental. Resultado del largo aprendizaje de la Iglesia en detectar la impostura y la alteración documental.

Ese y no otro, es el valor de la obra de Mabillon, publicada en 1681, llamada De Re Diplomática. En la que no hay aún algún asomo de teoría, entendida como un principio de explicación estructurante de la realidad, pues no se desprende de la concepción providencialista: Dios como protagonista y sujeto de la Historia; que tendrá en Bossuet, a fines del siglo XVII, su máxima expresión. La diplomática de Mabillon, por su parte, como las obras de Newton, Galileo, Descartes, de este siglo, tiene que ver con la importante “cuestión del método”, un elemento central del moderno pensamiento europeo.

En el siglo XVIII, el “Siglo de las luces”, la razón y la ciencia serían conceptuadas como las bases del progreso humano. La razón se consagra como el elemento fundamental para conocer el mundo, el hombre y la historia. Una confianza que resulta, sin duda, de los avances científicos producidos por la revolución científica que transcurre entre los siglos XVI y XVII, y que comprende el giro copernicano del paso de la cosmología aristotélica al nacimiento de la física moderna. Un concierto de cambios profundos en el pensamiento europeo que servirían de fundamento al surgimiento tanto de la ciencia como de la filosofía modernas. Dando origen con ello a la tradición crítica que sostiene que la metafísica, al menos como se la conocía hasta entonces, por no estar basada en la observación, no puede generar conocimiento de la realidad, lo que pasa a ser un asunto propio de las ciencias empíricas.  

 

La que surge luego es la “historia filosófica”, contrapuesta a la metódica y eclesiástica historia erudita, con su foco en el pasado. Para Voltaire, como para Kant, es una historia profana, como la del modelo clásico. En la que la actualidad ocupa un lugar central.  Que continúa siendo narración escrita, pero sin ocuparse de hechos particulares, sino de las grandes acciones que afectan a muchos. Una Historia Universal. Debido a este principio los ilustrados intentarán establecer leyes universales para todos y para todas las épocas (como se podía hacer en la Física). Esta historia, que es un género literario, se aparta de la ficción porque proporciona un conocimiento resultado de una investigación, con base en testimonios o pruebas, pero ajena al estricto canon crítico erudito. Los “eruditos”, por su parte, pondrían muy poco interés en el afán explicativo y de racionalización globalizadora de la “historia filosófica”.

A la ciencia se la considera como el modelo perfecto de conocimiento y, por consiguiente, válido también para la Historia. Se piensa que si Newton ha sido capaz de descubrir las leyes de la mecánica, también habrá historiadores científicos capaces de descubrir las leyes de la Historia y de la sociedad. La historiografía ilustrada no se basta con el principio de legitimidad teórica, sino que usa a la Historia con carácter instrumental como elemento propagandístico contra el absolutismo y la religión. Una utilidad de tipo ideológico al servicio de la burguesía que pugna entonces por lograr su hegemonía.  

A este nuevo discurso filosófico de la “Historia Universal” se le añadió el problema del método científico. Era evidente que solo era posible aplicar este método si la naturaleza humana estaba gobernada por las mismas leyes del mundo físico, como pensaba Montesquieu; o si el método newtoniano era también aplicable al estudio de los asuntos humanos, como presumía Hume. Es Kant, en todo caso, quien dará la orientación principal. Así, las acciones humanas, en cuanto expresiones de la libertad, son asimiladas por éste a fenómenos observables. La Historia, como narración de tales fenómenos, pareciera asimilarse a las ciencias de la naturaleza, en la búsqueda de regularidades positivas a las que los hombres, en sus acciones individuales se ajustarían involuntariamente. Lo que la “historia filosófica” de Kant se proponía era encontrar el hilo conductor de la historia en el plan general de la Naturaleza.

Con la “historia filosófica”, aparentemente, habríamos llegado a las puertas de la “historia científica”. Veamos: la “historia filosófica” nos ha proporcionado: a) un concepto de historia profano, moderno y universal; b) dominado por un concepto de razón y una idea de progreso, en donde el presente transitorio es lo más relevante; c) guiada por un método científico capaz, como escribía Kant, de estudiar las causas de la evolución social y de predecir el futuro; y, de paso, encauzar la ambición de los jefes de Estado hacia el reconocimiento de la posteridad. Otro prodigio de la razón, pues

Orcajo, con un gran poder de síntesis, nos dice que el pensamiento filosófico histórico, que existe, aunque se le ignore, se ha movido fundamentalmente entre dos concepciones teóricas opuestas: una, la que subordina el acontecer histórico, la multiplicidad de los hechos, a la presencia de “leyes” o regularidades constantes y previsibles. Se trataría, en este caso, de visiones históricas donde el curso de lo ocurrido se explica en función de algún agente superior. Otra, la que considera la historia como resultado de acciones concretas, “como acontecimiento y sorpresa”, nos dice Orcajo, en la que los hechos son solamente hechos, particulares y singulares, resultado de la insegura causalidad humana. Y en la que el chisporroteo de hechos, anécdotas, no responde a un criterio de necesidad, ni siquiera de orden o racionalidad, pues ocurren sin tener un orden prescriptivo interno.   

De la primera de las concepciones expuestas se desprende una ansiada historia nomotética, teleológica, holística, y esperanzadamente predictible. Los hechos históricos resultan de las determinaciones de una fuerza externa, que puede ser teológica o una ley cósmica, como lo llegó a plantear el idealismo alemán; pero en la que incluso se admite que las “leyes” de la historia puedan proceder del carácter de los procesos económicos, sociales, etc., como luego lo asumiría el marxismo. Se trata, en todo caso, de una teorización de la historia, que se sobrepone a los acontecimientos sociales, unificándolos en un inflexible curso predeterminado donde pierden su carácter contingente y particular. En tal concepción, insiste Orcajo, la filosofía asfixia a la historia, y el mejor historiógrafo sería el filósofo.  

La segunda de las concepciones consideradas, la que estima que los hechos son solo hechos, y resultado de acciones concretas, contingentes, sirve como marco teórico de una historiografía ideográfica (solo hechos particulares o singulares), la de las minihistorias, y en la que no hay rigidez lineal ni unidad del proceso histórico. En este caso el trabajo del historiador consistiría, como dice Orcajo, en la “pesquisa policial y minuciosa” de las fuentes para establecer los hechos, que se edifican a partir de las huellas que los actos humanos dejan en piedras o documentos, en costumbres, códigos, normas, valores, etc. Lo que ha hecho decir a Umberto Eco que la “Historia es la práctica semiótica por excelencia, toda vez que nombra, y para hacerlo reconstruye contando lo que ya no está, pero partiendo de algo que nos ha quedado.”

Pues bien, ya en el siglo XIX, y ante la vana esperanza de un Newton historiador capaz de descubrir las leyes de la historia y de la sociedad, la historiografía sigue su curso. Los historiadores en uso de sus prácticas, y con algunas ideas en claro que deja la revolución científica, como esa de que la realidad histórica no ejecuta ningún libreto metafísico previo, se lanzan a la aventura de una Historia renovada, que se conocerá como la de la ciencia histórica, o Historia contemporánea. 

LA NUEVA CIENCIA HISTÓRICA

En efecto, entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX se abre paso un nuevo modo de historiar, en el que se conjugan varias influencias, pero en las que sobresalen, con desigual peso, la escuela histórica alemana y el positivismo de origen francés; este último, basado en la creencia de que la ciencia histórica, para ser ciencia, debía imitar necesariamente a las ciencias de la naturaleza. El historicismo, por su parte, defenderá la naturaleza individual de los hechos históricos, la constatación de estos a través del análisis documental, y el establecimiento de un nuevo sujeto histórico (frente al universalismo ilustrado): el Estado nación.

Esta Historia puede ser vista como una reacción frente a las teorías grandiosas, delirantes y excesivas, del racionalismo, del providencialismo y la influencia hegeliana, y se dará a conocer por la búsqueda de una historiografía de estricta fidelidad a los hechos mismos, sin teorías ni juicios valórales. Según Leopold von Ranke (1795-1886), historiador y catedrático, y uno de sus principales iniciadores, el objetivo de la Historia no puede ser otro que mostrar exactamente “cómo sucedieron las cosas”, y olvidarse del por qué y para qué, pues lo que interesa y se supone que es suficiente, “es dar cuenta de la facticidad del hecho histórico y de sus mutuas relaciones inmediatas”, para lo que cuentan solo las fuentes primarias oficiales. Esta sería, pues, su legitimidad teórica.

Según esta óptica, el discurso científico histórico se debe constituir con base en los juicios de hecho y nada más. Así se igualaban el hecho histórico y el hecho objetivo, material, de las ciencias de la naturaleza. Lo cual se hacía con la prescindencia de la significación y las complejidades del hecho histórico, de sus presupuestos ontológico, epistemológico, valoral, histórico, que se hallan fuera de las fuentes históricas; y que vienen de otras partes, mayormente de la filosofía. Pero esto sería la crítica de la posteridad.

 

Por otra parte, la extensa obra de Ranke, así como el desarrollo de historiografía alemana de este tiempo, queda directamente asociada al proyecto de construcción nacional que, una vez finalizadas las Guerras Napoleónicas, concibe el derrotado reino prusiano para crear un nuevo consenso cohesionador de su sociedad. Esta sería la utilidad de orden político-ideológica, extracognoscitiva, de esta nueva producción historiográfica.